Escrito por Federico Dalponte    Lunes, 26 de Octubre de 2009 16:31   
Confrontando

 

“El día que los dieciséis millones de habitantes seamos capaces de patear todos sobre el mismo arco, habremos ganado el partido”, había sostenido cierta vez el General Perón. “Error lamentable, ese día no habrá partido, nadie podrá ganar porque todos pertenecerán al mismo equipo; no habrá adversarios”, se apresuró a responderle Alfredo Palacios. El disenso, en definitiva, nunca ha dejado de ser una de las bases de la democracia.

Durante las últimas semanas se ha pretendido instalar la idea de que la sociedad argentina está viviendo en un constante clima de confrontación interna y que tales confrontaciones son un estorbo para la paz social. Lo cierto es que, pese al ideario colectivo, la confrontación en los últimos años se ha deformado de tal manera que ya ni siquiera podemos hablar de una confrontación real y efectiva. Presenciamos en estos tiempos el acaecimiento de una confrontación subjetivada, donde la finalidad última del disenso es la descalificación lisa y llana del sujeto opositor. El modelo de confrontación actual es una herencia noventista que ha quedado más cerca de las discusiones de la farándula que de los debates sobre un modelo de país.

No obstante, mientras estemos ocupados en darnos cuenta que el fondo de las álgidas discusiones se encuentra lleno de banalidades, sí será necesario repensar los medios y las formas en que se llevan a cabo tales discordancias. “A los compañeros se les fue la mano”, confesó Luis D´elía al pretender defender el violento escrache del que fuera víctima el senador y titular de la UCR Gerardo Morales.

El ataque en Jujuy al Presidente del Radicalismo conformó, junto con la toma del Concejo Deliberante de Mar del Plata por parte de manifestantes K y agrupaciones de izquierda, un cóctel explosivo de violencia política que tuvo, por supuesto, su correlato en el ámbito mediático. “Hay una planificación de la violencia por parte del Gobierno. Está roto el pacto de unidad y de paz. Tenemos que lograr eso, porque si todo el mundo hace de todo nos asesinamos entre nosotros”, disparó Elisa Carrió. Por su parte, la senadora de la Coalición Cívica María Eugenia Estenssoro había denunciado anteriormente el presunto financiamiento por parte del Gobierno de grupos armados para que ataquen a los dirigentes opositores. La denuncia sin pruebas, como era de esperar, obtuvo una rápida respuesta por parte del Jefe de Gabinete Aníbal Fernández, quien calificó sin titubeos de “estupideces” a tales acusaciones.

Si existe o no violencia en el modo en que se desarrolla la militancia política, si ha subido el nivel de intolerancia, si ha menguado el respeto entre los actores sociales, son cosas que difícilmente puedan ser acá resueltas. Sin embargo, si algo parece quedar claro es la enorme distancia que existe entre la violencia política y la confrontación. Paradigmáticamente, el insignificante acto de verborragia del que fue protagonista Francisco de Narváez en Guernica la semana pasada parece ser a las claras un episodio más de violencia verbal. Y si bien su magnitud y trascendencia pública pueden ser puestas en tela de juicio, no quedan dudas que no bastan dos o tres improperios para afirmar que existe una confrontación de ideas políticas entre De Narváez y el Gobierno. Sin dudas, nada han aportado los dichos del dirigente de Unión-PRO al debate real y profundo que el país se merece.

No confronta la dirigencia política, ni violenta ni pacíficamente, sobre el rol del Estado en la economía. No confronta sobre la relevancia de la educación como método de transformación social, no confronta sobre el modo en que debiese ser reformado el sistema tributario. En cualquier caso, la dirigencia política no confronta proyectos ni ideas, sino que se limita al intercambio mediático de declaraciones violentas. Y por su parte, pareciera ocioso decirlo, la militancia política y social de segunda línea poco aporta siendo sujeto activo de escraches o manifestaciones de este tipo.

Bienvenida la confrontación de proyectos e ideas en un país sin políticas de Estado ni modelo de país afianzado. Bienvenida la confrontación como sinónimo de disenso democrático, de debate y discusión madura. En ese sentido, bienvenida sea la confrontación pacífica. Por lo pronto, nos quedan los desacreditados episodios de violencia política. Y la violencia, al fin de cuentas, no es más que la consecuencia del fracaso del diálogo. 

 

 

Federico Dalponte

 

 

 

 
Autor de la nota: Federico Dalponte

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