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| La vieja costumbre del bipartidismo |
![]() Paradójicamente se han juntado en la misma semana dos acontecimientos que comparten cierta entidad de cara al futuro político de la Argentina. Por un lado, el cumplimiento del vigésimo sexto aniversario del triunfo del Radicalismo que dio inicio a la recuperación de la democracia a través del Dr. Raúl Alfonsín, y, por el otro, la presentación en público del proyecto de reforma política que impulsa el Gobierno de Cristina Fernández.
Ciertamente una rápida mirada hacia lo que acontecía en 1983 da cuenta de la relevancia del bipartidismo como sistema predominante en la política nacional, lo que es fácilmente demostrable con sólo decir que entre la UCR y el PJ cosecharon el 92% de los votos afirmativos en aquella elección presidencial. Lejos, muy lejos, quedaría el Partido Intransigente, siendo la tercera fuerza con poco más del 2% de los votos. Es dable destacar que el sistema electoral vigente en la época no imponía mayores dificultades para la postulación de candidatos a Presidente y bien puede esto observarse si se toma en cuenta la decena de partidos que participaron en aquella elección. Sin embargo, el bipartidismo se consolidaba como una situación de hecho; bastará mencionar que sólo la UCR, el PJ, el PI y el MID lograrían pasar la barrera del 1% de los votos. Este bipartidismo de hecho se mantuvo incólume en la elección de 1989 cuando los dos partidos mayoritarios alcanzaron conjuntamente cerca del 85% de los votos afirmativos, quedando en un tercer lugar la Alianza de Centro con casi el 7%. Sin embargo hacia 1995 comenzaría a darse aquel fenómeno que hoy contemplamos como la dispersión o fragmentación de los dos partidos políticos mayoritarios. En aquel tiempo el surgimiento del FREPASO de “Chacho” Álvarez terminaría por irrumpir en la escena política como una tercera alternativa, aunque debiéndose tener en cuenta el claro origen peronista de esta nueva fuerza. Si se considerase al FREPASO como una opción no peronista ni radical, lo cierto es que las dos fuerzas tradicionales de la política argentina cosecharon aquel año poco más del 64% de los votos afirmativos, lo que es un magro resultado comparado con el 92% acumulado en el ´83. Aunque, claro está, si tomáramos al FREJUPO (Frente Justicialista de Unidad Popular) de Carlos Menem y al FREPASO como una sola y única masa de votos peronistas, la realidad indica que, conjuntamente con la UCR, alcanzarían casi el 93% de los votos. Todo un dato si se pretende reafirmar el sostenimiento del bipartidismo. Poco cambiaría aquello en términos cuantitativos en 1999 si se toma en cuenta que el FREPASO, en vez de mantenerse como tercera alternativa en discordia, se acopló a la UCR en la recordada Alianza que postuló a Fernando De la Rúa. En esta elección, la Alianza entre la UCR y el FREPASO se enfrentó a una concertación Justicialista con Eduardo Duhalde como candidato a presidente, con quienes cosecharon conjuntamente más del 82% de los votos afirmativos. Pero cuando parecía que el bipartidismo se mantendría inconmovible por varias décadas más estalló la crisis económica y social del año 2001, en la que todo el sistema político tradicional fue víctima de una pérdida de legitimidad y prestigio como no se viera nunca antes. Y asistiendo los partidos tradicionales a un inédito proceso de desmembramiento, desapareció frente a las elecciones presidenciales del 2003 aquella vieja polarización de fuerzas tan común a lo largo de la historia argentina. Frente a los cuatro partidos políticos que habían logrado pasar la barrera del 1% en 1983, veinte años después aquella cantidad se había duplicado. En comparación, no sólo es llamativo que la primera fuerza hubiera obtenido poco más del 24% frente al abrumador 52% de Alfonsín al salir de la dictadura, sino que más llamativo aún es que hacia el 2003 cinco fuerzas políticas habían logrado alcanzar los dos dígitos en el porcentaje de votos obtenido (Menem con el 24,45%, Kirchner con el 22,24%, López Murphy con el 16,37%, Rodríguez Saá con el 14,11% y Carrió con el 14,05%). Ahora bien, si tomáramos en cuenta el origen de los candidatos que compitieron aquel año, resulta claro que, en su mayoría, no son más que expresiones novadas de los dos partidos políticos tradicionales. Las tres vertientes del PJ en disputa alcanzaron más del 60% de los votos si es que se suma lo obtenido por Menem, Kirchner y Rodríguez Saá. Mientras que, por su parte, lo obtenido por Carrió y López Murphy debe inevitablemente anexarse a lo alcanzado por la UCR oficial a través de Leopoldo Moreau, para alcanzar en total casi el 33% de los votos afirmativos. Una vez más, la reunificación del bipartidismo tradicional alcanzó en aquel año 2003 más del 93% de los votos emitidos por un más que confundido electorado. Mientras tanto, la primera opción no peronista ni radical en aparecer sería la Izquierda Unida con el 1,72% de los votos, seguida por el reunificado Partido Socialista con el 1,12%. Esta suerte de esquema de bipartidismo de hecho iniciado en el 2003 no es más que lo que se repite aún en la actualidad, aunque con un esquema más difuso. Lo cierto es que en las elecciones presidenciales del 2007, Cristina Kirchner, de claro origen peronista, llevó como candidato a vicepresidente al pseudo radical Julio Cobos. Por su parte, la ex radical Elisa Carrió estuvo acompañada por Rubén Giustiniani, Presidente del Partido Socialista. Y finalmente, para no entrar en mayores análisis, el peronista Roberto Lavagna fue secundado por Gerardo Morales, Presidente de la Unión Cívica Radical. Panorama traumático, aunque sin mencionar las postulaciones del ex radical López Muyphy, ni de los peronistas Pino Solanas, Rodríguez Saá y Jorge Sobisch. Para comenzar a concluir el análisis, no parece necesario aclarar que la reforma política impulsada por el Gobierno Nacional tiene el claro objetivo de retornar al bipartidismo, aunque ya no como una situación de hecho, sino como un presupuesto de derecho. Las exigencias que se prevén en el proyecto para las candidaturas presidenciales impedirán que los partidos con insuficiente cantidad de afiliados ni anclaje multidistrital se presenten como fuerzas nacionales. Entre las principales víctimas, el proyecto oficial se cobraría las aspiraciones presidenciales de Proyecto Sur (Fernando “Pino” Solanas), CONFE (Julio Cobos), Unión Celeste y Blanco (Francisco de Narváez) y PRO (Mauricio Macri). Todos, necesariamente, deberían competir en elecciones internas abiertas y simultáneas en sus partidos de origen si es que no logran ampliar sus propios espacios políticos. Tras lo visto, la fragmentación de las opciones clásicas parece haber encontrado su límite en la ley. De ser así, pese a las posturas denegatorias ya adelantadas por la oposición, el bipartidismo se transformaría nuevamente en una consecuencia casi natural. Sin embargo, no obstante el debate sobre esta nueva reforma electoral, pocos han sabido preguntarse y meditar sobre cómo generar confianza por parte de la sociedad en sus dirigentes. Con multiplicidad de opciones o con sólo dos, lo cierto es que la participación ciudadana en la actividad política, con la creencia de ser ésta el motor de transformación, continúa siendo alarmantemente baja. En definitiva, por mucho que se discuta, el bipartidismo será consecuencia de una decisión de la sociedad y no de la ley. |
