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| Sobre formas y reformas políticas |
![]() Dos semanas atrás el Gobierno Nacional volvió a tomar las riendas de la política argentina e instaló el debate en torno a la reforma política como un nuevo frente de batalla. En parte, esa ha sido la estrategia post-derrota electoral de junio pasado: tomar la iniciativa y sorprender a todos. Cuando los partidos políticos opositores se encargaron de hablar de pobreza, marginación, crispación social y ataque a los medios, el kirchnerismo viró a la reforma política.
Ahora es un hecho. El proyecto de ley presentado pretende ¿ordenar? los partidos políticos de un sistema que, según el oficialismo, tiende al “multipartidismo exagerado”. La realidad política, como muchas veces ha ocurrido en la historia, no se condice con la teoría –o incluso los argumentos-. La justificación son los más de 700 partidos políticos reconocidos en el país. ¿Alguien recuerda una elección donde haya visto esa cantidad de boletas en el cuarto oscuro? De modo que conviene tomar algunas reservas a la hora de analizar este nuevo intento de reforma política. Las principales fallas están, creo, en el mecanismo de primarias adoptado. Retomando un viejo reclamo de la sociedad argentina generado en la crisis del 2001, el nuevo sistema pretende establecer un mecanismo de internas abiertas, simultáneas y obligatorias para la totalidad de los partidos políticos reconocidos. No sólo establece que aquel que no compita en estas primarias no podrá participar de las elecciones generales, sino que incluso da una vuelta de tuerca más para reducir el multipartidismo exagerado, a través de dos herramientas. Primero, será candidato a la elección general aquel presidente, vice o aquella lista de diputados y senadores nacionales que gane la interna, y cuyo partido haya obtenido un mínimo de 3% del padrón nacional en 5 distritos mínimo. Segundo, si alguno de estos cargos no presenta oposición interna y termina obteniendo la candidatura automáticamente, también deberá justificar ese piso de votos. ¿Ganadores y perdedores? En primer lugar, favorecerá a aquellos partidos que hayan logrado construir una estructura partidaria a nivel nacional lo suficientemente fuerte como para alcanzar ese porcentaje –PJ, UCR y puede llegar a entrar la Coalición Cívica-. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, ello obligará a los partidos regionales o provinciales a extender sus redes de contactos y clientelares para movilizar mayores adhesiones –nacientes y renovados partidos como Proyecto Sur, PS, PRO y otros partidos provinciales menores-. Pero los dolores de cabeza no afectarán únicamente a los dirigentes partidarios. También los habrá para los electores. Por lo menos en la primer ronda de elecciones primarias –habrá que ver cómo se promulga la ley finalmente- existirán en el cuarto oscuro tantas boletas como partidos políticos existen. Si el oficialismo argumenta que lo que dificulta el ejercicio de la democracia es la enorme cantidad de partidos –repito: 700-, imaginen lo que será si se incluyeran las distintas líneas o divisiones internas de cada uno. Calculadora en mano. Los electores sí podrán estar contentos con que se eliminan las listas espejo –se permite una sola candidatura por elección-, pero no por el silencio en torno a las testimoniales, invento kirchnerista. No resulta tampoco muy claro de qué manera pretende la nueva ley normalizar la vida interna de los partidos post-elecciones primarias. Si dos facciones se disputan la candidatura presidencial y una de ellas pierde, no podrá integrar la fórmula que participe de las elecciones generales, ni tampoco se podrá alterar su orden. Sí se permitirá reasignar lugar en las listas de diputados. Supuesto teórico básico: si el cargo a presidente es lo que más cotiza en la política moderna y puede llegar a ser el motor de acuerdos intra-partidarios, ¿qué impedirá una fractura interna a través de un acuerdo entre ambas facciones si una de ellas está impedida de participar en la fórmula? La normativa no tendería hacia el “multipartidismo ordenado” o bipartidismo, sino todo lo contrario. Ello se ve reforzado por el hecho que, como bien ha establecido la bibliografía académica, en las elecciones internas siempre salen favorecidos los candidatos que mejor representan la ideología partidaria. Los extremos, por lo general. En ese caso, no sería elegido el candidato más moderado que apunte al electorado medio, atraiga así más votos en la general y balancee entre los polos internos. Nuevo dolor de cabeza para los dirigentes: pérdida del electorado medio, el que define una elección. De modo que un simple vistazo permite considerar que hay algunas cuestiones de la política actual que encontrarán solución inmediata –la ausencia de listas espejo-pero las modificaciones mencionadas pretenden normalizar un sistema político que traerá nuevas anormalidades o potenciará las ya existentes. Si la reforma política intenta evitar que el multipartidismo sea exagerado, no se debe empezar por cambiar las reglas de juego. Primero la cultura política y la vida interna partidaria. Luego se complementa a nivel sistémico. |

