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| El Senado, ante el nuevo mapa político |
![]() La política nacional parece estar signada desde hace tiempo por un juego de suma cero. Esta regla posibilitó procesar los conflictos institucionales mientras el oficialismo articuló una fuerza política amplia y mayoritaria, lo cual le permitía imponer su voluntad por la fuerza del número, y relegar a la oposición a un papel de tibio fiscalizador.
Pues bien, las elecciones legislativas del 28 de junio alteraron este escenario de “gobierno unificado”, dejando al Frente para la Victoria como la primera minoría en ambas Cámaras y a un heterogéneo arco opositor con mayor capacidad de veto. El voto popular interrumpió, parcialmente, el poder concedido al oficialismo desde el 2003 hasta el 2007. He aquí una de las virtudes de la democracia: el poder político es finito y las mayorías, circunstanciales y contingentes. Las apocalípticas advertencias de Carrió sobre “la tiranía kirchnerista” no son más que vanas palabras. En este marco, la sesión de ayer en el Senado en la que se debía votar la conformación de las comisiones demostró que ni el oficialismo ni la oposición se han adaptado a la nueva coyuntura política. Sin negociación y concesiones entre las partes, al no lograr quórum propio, el desenlace será siempre el de dos bloques impotentes. La importancia que tienen las comisiones en el poder legislativo depende en gran medida de la organización interna del Congreso. En un Parlamento descentralizado como es el de Estados Unidos, las comisiones son el elemento clave que determina el tiempo y el funcionamiento de las cámaras. Un Congreso fuertemente centralizado como el brasilero, por su parte, le asigna menor relevancia a las comisiones. Aquí, el pulso legislativo es controlado por los jefes de los bloques mayoritarios. Argentina, en este continuo de centralización-descentralización del Congreso que acabamos de proponer, se sitúa en una posición intermedia entre Estados Unidos y Brasil. De allí que la conformación de las comisiones no sea un tema irrelevante. Volviendo a la frustrada votación del miércoles en el Senado, resultó paradójico que fuera justo el ex-presidente Menem quien, con su ausencia, ayudara al oficialismo a retacearle el quórum a la oposición. Proliferaron las especulaciones en torno al senador por La Rioja y un virtual arreglo con el kirchnerismo. La explicación más plausible y menos “pintoresca” es que Menem se ausentó para castigar al peronismo disidente por el ninguneo al que lo sometieron en el último tiempo. De ser cierta esta versión, al inter-bloque opositor no le resta más que acercar posiciones con el riojano, por ejemplo, otorgándole un lugar de relevancia en alguna comisión importante. Así, la victoria de la oposición en esta batalla legislativa, hoy postergada, será doblemente festejada mañana. A poco menos de dos años de las elecciones presidenciales, a la oposición le alcanza con estar unida no por el amor, sino por el espanto. Sin embargo, a medida que el horizonte electoral se recorte más nítidamente, las carencias de una oposición que no tiene proyecto colectivo alguno más que el de mostrarse ante la opinión pública como aquello que niega al kirchnerismo se revelarán insuficientes. Llegado el caso, no alcanzará con apelar a ciertas imprecisiones retóricas como la República o las instituciones, y será momento de definir qué (inconfesable) modelo de país se va a defender. |
