Escrito por Federico Dalponte    Martes, 23 de Marzo de 2010 20:07   
Relato de un golpe
Junta MilitarLos años ‘70 tiñeron a la realidad Argentina del mismo modo que sucedió en todo el mundo occidental. Un mundo occidental en pleno conflicto ideológico, disputándose a cada paso el futuro de la humanidad y movilizando a una sociedad joven que parecía despertar de un letargo histórico para tomar en sus manos su propio destino.

Lejos de pretender forzar comparaciones con los diversos golpes institucionales que el país y el pueblo sufrieron desde el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930, lo cierto es que los hechos que precedieron a la más sanguinaria y despiadada dictadura militar de toda la historia de este país evidencian la presencia de factores distintivos que explican el por qué de su lamentable trascendencia. El autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional iniciado en 1976 fue, sin dudas, un plan premeditado de apropiación de las instituciones democráticas para eclipsar al modelo de sociedad existente antes del golpe. Conservadurismo político, neoliberalismo económico y persecución política.

Con el fallecimiento del recientemente electo Presidente Juan Domingo Perón en julio de 1974, la responsabilidad mayor de conducir a un país sumido en la violencia política y con un movimiento peronista en plena ebullición interna recayó  en su viuda y por entonces vicepresidente, María Estela Martínez de Perón. La muerte del viejo líder preanunciaba un desenlace trágico. Definitivamente la inhabilidad política de la nueva mandataria terminaría por ser también un factor determinante para la irrupción de los máximos comandos militares en el gobierno civil.

La situación interna del gobierno dejaba traslucir la carencia de rumbo cierto. La conducción del vacilante Poder Ejecutivo se encontraba influenciada notoriamente por la mano del nefasto ministro de Acción Social y ex secretario privado de Perón, José López Rega. “El Brujo”, como se lo conocía, será inmortalizado por la memoria colectiva como el ideólogo de la tristemente recordada Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), organización conducida desde las esferas mismas del Gobierno para institucionalizar la persecución política. La división del movimiento peronista, incluso antes de la muerte misma del General, pronosticaba ser decisiva para las horas futuras; del afianzamiento de la burocracia sindical de la CGT al paso a la clandestinidad de Montoneros en septiembre de 1974. En horas cruciales el ala revolucionaria del peronismo había optado por una abierta oposición al gobierno de Isabel Perón.
isabel perón
Por su parte, desde el punto de vista económico, el arribo del ministro Celestino Rodrigo en junio del ‘75 no trajo precisamente solución a las finanzas de un Estado en situación crítica. Las medidas económicas impuestas y conocidas por la historia como el “Rodrigazo”, no hicieron más que acelerar el proceso inflacionario y, por ende, devaluatorio del peso. A la fragilidad institucional se le sumaba entonces una crisis económica que parecía tornarse incontrolable.

Mientras tanto, allí esperaban agazapados los hombres de uniforme y botas. La formación e instrucciones impartidas por los Estados Unidos con el objeto de frenar el avance comunista y socialista en el mundo occidental habían calado hondo entre las filas locales bajo la ficción de la Doctrina de la Seguridad Nacional. La ola de terrorismo de Estado ya había comenzado a andar por América Latina. El asalto al poder por parte de Videla, Massera y Agosti no tardaría en llegar.

El curso de la historia parecía irreversible y viciosamente circular. Ciertamente una economía en crisis y la paradójica situación política de un gobierno que había perdido toda base de sustentación generaron el escenario ideal para que el 24 de Marzo de 1976 una Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla despojara a María Estela Martínez de Perón de su rol institucional bajo la promesa ficticia de reestablecer el orden y la paz social. Por supuesto, el tiempo se encargaría de demostrar que la única aptitud de aquellos hombres de botas residía, precisamente, en la capacidad de proliferar la sangre, la muerte y el dolor hacia todo un pueblo que no pudo o no quiso ver lo que se escondía detrás de esos uniformes.
 
Autor de la nota: Federico Dalponte

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