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| La vuelta de los Talibán |
![]() A quince años de su nacimiento y a ocho de su presunta derrota a causa de la invasión norteamericana, el grupo islámico retoma el conflicto bélico en Asia Central y domina el mercado de heroína.
“El esquema norteamericano ha fracasado en Afganistán por no reparar en que la heterogeneidad es parte del territorio”, plantea Nicolás Fernández Bravo, profesor de Historia de Asia y África Contemporánea de la UBA acerca de la renovación del conflicto afgano y la debilitada intervención norteamericana. “La supuesta ‘ausencia de organización política’ es la prueba exacta de la contradicción: ¿no es precisamente la validez de la resistencia la que nos habla de una organización política?”, agrega. La derrota de los Talibán celebrada por los Estados Unidos a principios de siglo dejó de tener credibilidad. En los últimos tres años los atentados terroristas en el norte paquistaní e Islamabad, denotan una renovación de la insurgencia islámica. “Lo más probable es que los Talibán hayan sido golpeados en los primeros dos años de guerra y ahora hayan logrado recomponerse para pasar a la ofensiva”, propone Eduardo Martínez, profesor de geopolítica y especialista en Medio Oriente y Asia Central. La invasión norteamericana se lanzó en 2001 detrás de Osama Bin Laden, el Talibán marcado como mentor de los atentados del 11 de septiembre. En los ‘90, la Casa Blanca financió a los muyahidín (ver Los Orígenes del Guerrero) para que combatieran a los rusos. Según Fernández Bravo, Afganistán representa un “deshecho de la guerra fría que nunca pudo ser resuelto en el seno de las Naciones Unidas”. “Si las fuerzas soviéticas no pudieron prevalecer en Afganistán con 300 mil efectivos, resulta difícil pensar que puedan hacerlo los actuales ocupantes frente al avance extremista, que además cuenta con sólidos apoyos en Pakistán”, observa el escritor y analista internacional Horacio Calderón. Hoy el ejército norteamericano entrena al afgano para que combata a los Talibán. Sin embargo, el presidente norteamericano, Barak Obama, ha basado su estrategia basándose en un aumento de tropas estadounidenses. Treinta mil serían los soldados que se sumarían en territorio asiático, empero, Obama predijo una retirada de sus fuerzas para 2011. “Proclaman el fin del régimen Talibán”, titulaba la prensa mundial en diciembre de 2001. Hoy el escenario es diferente: “Los Talibán matan a miembros de la ONU en Afganistán a semanas de las elecciones”, publicaba The Economist en octubre de 2009. Todas las semanas hay un nuevo atentado en las cercanías de los bastiones Talibán, en el norte pakistaní y al sur de Afganistán. LOS ORÍGENES DEL GUERRERO El origen de los Talibán, pertenecientes a la etnia pashtún, está relacionado con los muyahidín, los veteranos de las yihad o guerras santas. La yihad es para los Talibán la manera de santificarse ante su dios y de justificar su existencia. Los muyahidín combatieron en la guerra civil que comenzó con la retirada del ejército comunista en 1989. Por ese entonces, Afganistán se veía infestado de jefes militares que intentaban adjudicarse el terreno que habían dejado los rusos. En 1994 dos de las provincias más importantes eran controladas por la etnia tayika, mientras el norte era controlado por uzbekos. El punto neurálgico del desorden general y el vacío de autoridad se centraba en Kandahar, al sur, donde grupos de estudiantes de las escuelas del Islam comenzaron a movilizarse. Entre ellos se encontraba el hoy líder espiritual talibán, Mohamed Omar. “Su punto de reunión era en las esquinas. Seguían un Islam Saudita, parecido al de Bin Laden y básicamente querían imponer la Sharia como la ley civil de Afganistán”, explica Martínez. Ellos fueron los precursores Talibán, y los preceptos que propusieron siguen siendo los que se adjudican en la actualidad: restaurar la paz, desarmar a la población, reforzar la Sharia y defender la integridad del carácter islámico de Afganistán. Además, los Talibán se hicieron fuertes en el narcotráfico de heroína y opio, actividad que permite el financiamiento de la organización. En un informe de la Agencia de Naciones Unidas contra la Droga y el Narcotrafico, en 2006 la cosecha de opio en Afganistán superó todos los records y cifró unas 6.100 toneladas. Esta producción proveyó a los Talibán con cerca de 400 millones de dólares. En países con altos índices de consumo de heroína, como lo es Rusia, los números son alarmantes: cada año mueren cerca de 400.000 rusos por el consumo del narcótico. “Los Talibán no eran odiados, la población los prefería antes que los soviéticos y particularmente ante un gobierno modernizador, que atentaba contra estructuras sociales muy consolidadas”, explica Martínez. ESTADOS UNIDOS Y LOS MUYAHIDÍN En los ‘90 EE.UU. financió a los muyahidínes para que hicieran una yihad contra los rusos. Según Fernández Bravo, Afganistán representa un “deshecho de la guerra fría que nunca pudo ser resuelto en el seno de las Naciones Unidas”. En los ‘80, los intereses de los Estados Unidos en la zona eran varios: ganarle a Rusia la pulseada por el territorio, controlar el comercio de opio y construir un oleoducto entre Pakistán, Afganistán y Turkmenistán que dominara el espectro energético de la zona. Por estos motivos la Casa Blanca aportó, a través del servicio secrecto paquistaní (ISI), entre cuatro y cinco billones de dólares a los muyahidín. “La recomposición Talibán se basa, o por lo menos eso parece, en un reclutamiento cada vez mayor de familiares de víctimas de bombardeos aliados y de gente afectada por el desafío a sus tradiciones y estructuras culturales, más cercanas al islamismo talibán que al occidentalismo”, reflexiona Pablo Pozzi, jefe de la Cátedera Historia de los Estados Unidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Hoy por hoy, las intenciones del gobierno norteamericano en la región son totalmente incompatibles con la naturaleza de su sociedad y menos aún, con los Talibán. |



