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| No todos |
![]() Empecé estas mismas lineas con una idea incoherente y casi tranquilizadora: no hablar del Fallo Cromañón. Hablar de cualquier cosa -del burrito Ortega, iniciativas de Terragno, una avalancha en Mendoza- pero no tocar la incandescente brasa de la actualidad. No puedo aportarle nada al caos socio-jurídico-mediático que desató un fallo -que no es cualquiera- por la muerte de 194 personas hace cinco años en una trampa de cemento y candados -la disco de Once, llamémosle Cromañón-. Lo pensé, me dije que no escribiría sobre Cromañón -“no escribiré sobre Cromañon”, juré y repetí en voz alta-, pero no pude evitarlo.
Hablemos del asunto: por esta vez, quizá uno se crea con derecho a opinar, después de todo, tengo amigos que estuvieron esa noche, que me invitaron a ver una banda que -todavía- se llama Callejeros, medio parecida a Los Redondos en algunos cortes -otra de las tantas bandas hijas-no-reconocidas del movimiento ricotero-, y fueron a Cromañón, y yo no fui, y esa noche ya preparábamos las comidas para el fin de año, la tía se encargaría de la ensalada de tomate y radicheta, y entonces pasó lo que todos sabemos que pasó y nadie creyó que pasaría, y los pibes que corrían de un lado para el otro, y mis amigos en la tele -juro que los vi, buscando compañeros, hermanos, novias-, improvisando maniobras de resucitación, sacando gente desconocida. Eso pasó hace unos cinco años. Puedo hablar porque lo viví, y no hay excusa: algún que otro adultomayorresponsable podrá decir que los que no la vivieron - “en los setenta vos no habías nacido”, dicen- no pueden opinar. Pero ahora sí. Y ahora, tal vez, es cuando hay que opinar. Aunque no sé muy bien de qué. Otra vez, después de cinco años, vi en la tele a los sobrevivientes de Cromañón, agitando banderas y gritando por la absolución de Callejeros -no todos-. Y también estaban los padres, diciendo que si la Justicia -sí, con mayúsculas- no es justa, ellos harán “lo suyo”, justicia por mano propia, porque aunque son flaquitos y algunos muy viejos, están dispuestos a que sus nietos, hijos, amigos descansen en paz. Y también estaba el dolor de ya no tener. Eso. A secas, sin disconformidades. Un dolor que parece ancestral, que se arrastra y despierta todo el tiempo. Más allá del reclamo y la opinable conclusión de nuestros jueces -humanos, subjetivos, distintos a nosotros-, al final de todo, después de los palos de la policía y de los cantitos de los gruppies desubicados y el fanatismo vacío y los padres que aseguran que van a salir a buscar más culpables y los insultos y la emoción violenta que aún se queda en algunos cuerpos, lo único que queda es lo primero, pegado a la víscera emocional, el dolor ancestral o el vacío: todavía hay gente que no respeta ni eso. http://www.nadienuncanada.blogspot.com/ |
