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| El Primer Mundo: mito o posibilidad |
![]() Las posibilidades de Latinoamérica para integrar el Primer Mundo en un análisis a través de su historia económica, sus limitaciones en el futuro, y el caso prometedor de Brasil.
Mejor nivel de salarios, más poder adquisitivo, tecnología de punta, servicios públicos eficientes, una distribución de la renta más equitativa, empleos más calificados. Estas son, entre otras, las características económicas de los países denominados del Primer Mundo. Las de nuestra región, en cambio, son mucho menos alentadoras. Aun así, varios fueron los presidentes latinoamericanos que han prometido a su población colocar a su país dentro de los primermundistas. La Argentina no escapó a esa corriente y durante una reciente década parecía una clara posibilidad y realidad. Hoy en día muchos son los que critican el distanciamiento con los mercados internacionales y reclaman una reinserción de nuestra economía en la rueda internacional, esperando que ese camino conduzca a una reactivación de la actividad productiva. Sin embargo, los modelos económicos latinoamericanos que buscaban esta inserción al Primer Mundo no han logrado cumplir el objetivo, pese a la actitud entusiasta de quienes los dirigían. Cabe preguntarse entonces si es posible para Latinoamérica formar parte de los países industrializados. La herencia del Primer Mundo Toda generación carga, con mayor o menor peso, la herencia de la generación anterior. La herencia económica moderna de América Latina tiene su punto de partida en el siglo XVI, cuando los países europeos llegaron al continente con el objetivo de aprovechar sus abundantes recursos en detrimento de las culturas existentes. Desde este punto de partida, los planes de Europa para el continente americano no cambiaron a lo largo de los siglos. España e Inglaterra, y otros países también, llevaron a cabo la colonización, explotación y saqueo del continente. En el siglo XX, fue una potencia americana, los Estados Unidos, quienes reemplazaron a las naciones europeas en ese rol. La relación de los países latinoamericanos con las potencias económicas dejó una huella imborrable, un daño estructural que se refleja en el elevado nivel de pobreza y la baja calidad de vida de la mayoría de los habitantes, entre otras consecuencias. Por lo tanto, el primer paso para formar parte del Primer Mundo consistiría en suprimir los efectos que el mismo generó en América Latina. Se trata de un paso muy difícil de dar, por no decir imposible. Una barrera natural infranqueable Pero de lograrse, el futuro presenta un panorama tan desalentador como el pasado. Si América Latina alcanzase el estatuto de Primer Mundo, esto significaría que el nivel de vida, la producción, la tecnología y el nivel de consumo se equipararían al de los países industrializados. En su libro “Patas Arriba”, Eduardo Galeano sostiene que de ocurrir semejante cosa, el mundo dejaría de existir puesto que no alcanzarían los recursos naturales para sostener el consumo primermundista latinoamericano. Por lo tanto, los discursos entusiastas de algunos políticos chocan de lleno con la cruda realidad de la naturaleza. El planeta no puede permitirse una América industrializada, por lo que la estructura económica mundial tampoco lo permitirá. El libre mercado, un camino tramposo A pesar de esa imposibilidad natural, el anhelo por formar parte de esa privilegiada casta de naciones no parece tener freno en un sector de la sociedad y de la política que lo acompaña. Muchos sugieren, casi como receta de cocina, que el método para alcanzar al Primer Mundo es el libre mercado. Eso fue exactamente lo que hicieron las colonias americanas una vez declaradas sus independencias: abrieron sus puertas de par en par a las mercancías extranjeras, inglesas principalmente. Pero fue inversamente lo que hicieron potencias como Inglaterra o, más tarde, Estados Unidos. El desarrollo económico inglés se logró en primer lugar trabando el libre comercio para proteger y estimular a la industria local. En América, la consecuencia directa de esta apertura comercial fue el exterminio de las industrias locales. Lo único que América Latina tenía para ofrecer al mundo era lo mismo que ofrecía cuando no era independiente: las materias primas. Así, el libre mercado hizo de la región un exportador de materias primas e importador de manufacturas y créditos. Si países industrializados es sinónimo de Primer Mundo, es cuando menos sospechoso pensar que la exportación de materias primas será la clave para pertenecer a ese mundo. La única excepción fue la de Paraguay durante la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, su desarrollo industrial y autonomía financiera fueron aniquilados, en 1865, junto a más de la mitad de la población en la Guerra de la Triple Alianza. Pero aun con todos estos antecedentes de lo que hizo en América, el libre mercado todavía sigue siendo visto como la forma no sólo de estar con el Primer Mundo, sino también de ser como ellos. Argentina tuvo otra experiencia en la última década del siglo pasado cuando Carlos Menem accedió al poder. Nuevamente se abrieron las puertas del libre mercado, estimulado por la ley de convertibilidad. Las importaciones entraron masivamente a precios tan bajos que la industria local no podía enfrentar, sufriendo un nuevo exterminio que elevó trágicamente el desempleo y convirtió la desgracia de la pobreza en una tragedia. Junto a los productos importados, también entró una importantísima deuda externa que condicionó a todos los gobiernos que sucedieron al de Menem, condicionando estrictamente la agenda económica. El huevo de hierro y la promesa brasileña El término Países Subdesarrollados, o Tercer Mundo, ha sido reemplazado en el lenguaje económico y geográfico por el de Países Emergentes o Países en Vías de Desarrollo. Este formalismo tiene por objetivo alimentar de esperanza a los países que componen esta lista. La idea de emergencia implica que se puede escapar de la superficie y el ahogo. Pero considerando el pasado de la región americana, y las imposibilidades del futuro, el cambio de nomenclatura no es más que un espejismo. América Latina, y otros continentes en vías de desarrollo, crecen dentro de un huevo de hierro: incapaz de romperse. Crecer más allá de ciertas fronteras no parece ser posible. Sanar la herida de la historia económica es una tarea durísima que está lejos de completarse. En la región, la excepción que se transforma en promesa se llama Brasil. Parece asomarse como una futura potencia. Su emergencia parece estar próxima. Brasil organizará la Copa del Mundo de fútbol en 2014, y los Juegos Olímpicos en 2016. Los países industrializados empiezan a interesarse más y más por él mientras su prestigio internacional crece a buen ritmo. Estos mismos países fueron los que, hace casi dos siglos, se interesaron de igual manera para explotar el oro y el café brasileños, esclavizando a la mano de obra necesaria para el emprendimiento. Pero Brasil tiene, también, enorme problemas. Las favelas son un reflejo de la profunda desigualdad económica de su población, sumado al cada vez más preocupante conflicto del narcotráfico. Es muy grande la fuerza que mantiene a Brasil dentro del huevo de hierro, por lo que mayor deberá ser la que pretenda romperlo. |
