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| Guilermo O'Donnell: “Argentina presenta importantes rasgos autoritarios” |
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El destacado politólogo Guillermo O’Donnell concedió una entrevista a politicargentina.com en la que sostuvo que la personalización de la política se debe a un desencanto general, en el que incluso los propios líderes de los partidos reniegan de su condición. Además, habló sobre los riesgos del autoritarismo en América Latina y criticó a quienes dicen que los jóvenes y la política no van de la mano. De lado el posiblemente. Sin lugar a dudas, Guillermo O’Donnell es el politólogo más importante de Argentina. Doctorado en Yale, afirma que hay muy poca institucionalización de los partidos políticos y advierte que es un período de gran personalización de la política. “Ahora esto es un fenómeno universal, pero en algunos países, incluido Argentina, está con particular fuerza”, señala y agrega: “La mayor parte de la opinión pública más que distinguir a los partidos por sus nombres, los distingue por el nombre de sus líderes, lo que demuestra un nivel de personalización muy alto y alarmante para el futuro de una democracia representativa”. A su vez, remarca que se ve una negación de identidad de los partidos políticos como tales, lo que contribuye a su desprestigio: “No se animan a nombrarlos, ahora son espacios y no partidos. Hay una vergüenza por parte de los mismos dirigentes de los partidos y es una forma de minimizar o denigrar la propia institución que se supone que ellos lideran”. -¿Se podría hablar de una despolitización de la política? -Es un indicio de la crisis de los partidos políticos, de su alejamiento con respecto a la ciudadanía y también de ser pseudos políticos, políticos apolíticos, dirigentes políticos que no se animan a nombrar a sus partidos como partidos. Es un caldo propicio para que salgan aventureros diciendo: “Yo no soy político y quiero que me voten”. -¿Por qué sucede esto? -Tiene que ver con el desencanto desde mucho lugares de buena parte de la ciudadanía, que ha confiado y se ha entusiasmado con tal o cual partido, más una sucesión de golpes de Estado, el ver que el país se está quedando mientras el resto avanza rápidamente, la sensación de terrible crisis de la educación pública y la creciente desigualdad tienden a un enojo y un escepticismo, con una mirada desconfiada a lo que se nos dice desde la política. Hay una responsabilidad fundamental de la mal llamada clase política en devolver esta confianza. -¿Puede marcar un punto de inflexión de este desencanto? -El período del Proceso no sólo fue de represión brutal, sino que también lo fue de escisión social, donde se arrancaron consciente e intencionalmente las raíces igualitarias y se reprimió buena parte de la voluntad popular. Los efectos, los estamos pagando todavía. Lo que llevó a terminar este régimen maldito fue la gran esperanza que teníamos de que iba a volver la democracia, con mayor libertad y equidad social. Eso no pasó. Fue una enorme esperanza, muy buena para acabar con el régimen maldito, pero que levantó tanto las expectativas que la confrontación con la realidad fue durísima. A partir de entonces, fue aumentando el escepticismo hasta llegar al menemato y Cavallo, que fue destructivo, desmoralizador. Su show y su impunidad mediática fueron un golpe terrible. Los argentinos sentimos que se nos insultaba desde la política a nuestras esperanzas y orgullos. -Sin embargo, desde 2001 puede verse un renovado interés por las cuestiones políticas, pero más bien desde lo social. -El 2001 y el “que se vayan todos” fueron una expresión de la sociedad que ya no puede creer en esa política, de que uno se quiere constituir como un actor, no un suplente. Sin embargo, nuestras identidades y memorias demostraron que la sociedad sola, sin una política y un Estado que la acompañe, tiende a agotarse a sí misma porque siempre hacen falta política y Estado. -¿Qué piensa de la iniciativa del Gobierno sobre la reforma política? -No conozco el tema. He escuchado opiniones críticas y otras favorables por gente que ni ha leído el texto. Me parece un horror criticar sin haberlo leído. -El 2001 marcó la fragmentación del bipartidismo, ¿cree que es posible que se vuelva a constituir un sistema político así? -No soy ningún adepto al bipartidismo. Se dice que en Estados Unidos funciona bien, por lo tanto, el bipartidismo se desea. Pero muchas democracias están muy bien con sistemas multipartidarios. Yo creo que las alianzas sin hiperpresidencialismo, en el Congreso, sirven a la democracia. -Además, la Unión Cívica Radical y el peronismo están demasiado atomizados en sí mismos. Caso del peronismo, ¿es un partido nacional o una coalición de partidos federales? -El peronismo fue y hoy, casi más que nunca, es una coalición de movimientos, partidos y agrupaciones locales. Ha tenido esa capacidad de absorber casi toda la política. Pero al absorber demasiado tiende a la implosión y realmente no puede articularse internamente como algo coherente porque contiene demasiado. Por otra parte, es el único competidor con tres etiquetas. Es un fenómeno único en el mundo. No existen muchas figuras nuevas en el peronismo. Sí hay presidenciables. -¿Qué hay del radicalismo? -En el radicalismo central no hay ningún candidato. Buena parte de la estructura se fue con Cobos y el partido viene de un proceso de desintegración abismal. En cuanto a la recuperación de votos, sí la hubo, pero el voto radical propio es un misterio. Autoritarismos en América Latina Guillermo O’Donnell es reconocido por sus ensayos, publicaciones y estudios sobre el Estado burocrático-autoritario y la calidad democrática en los países suramericanos donde gobernaron dictaduras militares. El politólogo nota que en Argentina, como en varias naciones de América Latina, existe un agudo presidencialismo. “No es casual que en países como Venezuela, Perú, Ecuador y Argentina acentúen aún más los rasgos de una gran tradición presidencialista. Han pasado a un hiperpresidencialismo que implica devorar a los otros poderes políticos y cuando hablan de gobierno, se refieren al Poder Ejecutivo”, asegura, aunque indica que en otros países como Uruguay, Chile y Costa Rica hay un mayor equilibrio entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. -¿Observa riesgos de autoritarismo en la región? - El hiperpresidencialismo es una tendencia intrínseca a la extralimitación, a invadir y a aterrizar más allá de los límites constitucionales sobre la jurisprudencia de otras instituciones. Esa estructura extralimitativa del hiperpresidencialismo tiene en sí misma una potencial amenaza brutal. Es en sí mismo un riesgo de autoritarismo muy grande. -¿Se refiere al gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, que es un Gobierno centrado en su figura, por ejemplo? -Al caso de Chávez, de Correa, de Ortega, también del kirchnerismo son casos de extralimitaciones actuales y potenciales que no tienen una gran justificación. Bolivia es otra situación especial, porque Evo Morales encarna con mucha fuerza toda una estructura inmensa de población que ha sido explotada, asesinada, ignorada y excluida. El surgimiento de algo tan profundo y tan identitario como el que hay en Bolivia a mí me mueve el pulgar mucho más positivamente. -Desde su conocimiento sobre los procesos militares en América Latina, ¿qué opina del golpe en Honduras a fines de junio de este año? -Me parece un horror, primero y fundamental. La experiencia de América Latina dice que nada justifica este golpe. Por otro lado, también hay que decir que el presidente Manuel Zelaya casi se dedicó a hacer todo lo posible para que este golpe existiera, lo cual no se justifica que se haya hecho, pero incluye un mensaje de cierta prudencia por parte de los presidentes que, como Zelaya, se encuentran extralimitados constitucionalmente. Además, Honduras es un país de una constitución social e histórica mucho más tradicionalista, con la creación de una oligarquía para nada modernizante, lo cual tendió a hacer un carácter anacrónico de este tipo de golpe de Estado. -¿Cuáles son los rasgos de autoritarismo que ve en el kirchnerismo? -Esa tendencia a la extralimitación. Se desliza fácilmente en algunas cosas a cuestiones autoritarias. No en el sentido de represión, sino en no respetar la frontera del otro. Es un Estado muy trasgresor en ese aspecto. -En un ensayo afirmó que la sociedad argentina aún conservaba rasgos autoritarios y que, por eso, la dictadura militar había triunfado, ¿esto es aún así? -Argentina presenta importantes rasgos autoritarios. Ha quedado mucha herencia no sólo del Proceso, sino desde el Golpe del `30 en adelante. Uno ve ese autoritarismo en muchas relaciones sociales. La democracia no ha avanzado mucho en digerir esos bolsones y arrinconarlos. -¿Cómo califica la democracia en Argentina? -Deja mucho que desear, pero no hay que olvidar que estas fallas son infinitamente preferibles a las dictaduras. Tiene que ser un recordatorio permanente. La opción alternativa es autoritarismo y es mucho peor. Los jóvenes y la política Para Guillermo O’Donnell, uno de los autores más leídos en las carreras de Ciencias Sociales, no es que los jóvenes no se interesan en la política, sino que se trata de una generalización excesiva e injusta. “Lo que pasa es que los jóvenes que están más alienados o que rompen cosas están en las primeras páginas de los diarios. Es un problema de visibilidad, no se ve el resto”, explica. Sin embargo, O’Donnell no niega que hay problemas estructurales que afectan a la gente joven. “Hay un drama social tremendo, que no depende de ellos, como el desempleo y la decadencia de la escuela pública, que no cumple con su misión básica de preparar generaciones para ser ciudadanos plenos en su país”, aclara e indica que cuánto más pobre es el barrio donde se ubica un colegio, peor es su equipamiento y la preparación de los docentes. “Al pobre y marginal hay que darle la mejor escuela y la mejor dotación de material. El Estado en lugar de compensador se convierte en un reproductor”, subraya. Por último, O’Donnell concluye que el Estado refuerza y refleja la desigualdad social: “Esto es un mecanismo de exclusión, de discriminación y sería un terrible error culpar a los jóvenes. Ellos son víctimas y no autores de esta situación estructural e injusta acumulada que los patea al costado”, concluye. |