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| “Los que sobrevivimos no somos los mejores, los mejores murieron” |
El abogado rosarino repasa su militancia como Montonero en los '70 y sus sensaciones durante la detención. Fanático de Newell’s, se arrepiente de haber salido con la ex novia de un amigo. Los intelectuales, sus creencias religiosas y la incapacidad para ser feliz.
Quien alguna vez haya oído el apellido Bielsa lo asocia de inmediato con una devoción casi obsecuente por Newell’s Old Boys de Rosario. Y el amor es correspondido: hace unas semanas, el presidente de la institución, Guillermo Lorente –con la aprobación de toda la parcialidad rojinegra-, comunicó que el estadio del club iba a llevar el nombre del ex director técnico de la selección argentina Marcelo Bielsa. Motivos que, durante el superclásico rosarino, hicieron deteriorar hasta el absurdo los nervios del periodista: la entrevista con el ex funcionario estaba pactada para dos días después del partido. Finalmente, el encuentro concluyó en un salomónico empate. - ¿Festejaron la igualdad o perdieron tres puntos? - Yo tengo una cábala que es mirarlo solo por tele. Y la verdad que estaba sereno porque me parece que son esa clase de partidos que si nos embocaba el tercero Emilio Zelaya hubiese terminado en catástrofe. Lo empatamos y lo pudimos ganar. Así que me parece que, como no soy un tipo exitista, hay una linda armonía entre la comisión directiva, los jugadores y los simpatizantes de Newell’s, después de 14 años de dictadura. No lo festejé ni lamenté la pérdida de los dos puntos. - Se analizó por catorce años por “una cierta incapacidad militante para ser feliz”. ¿Todavía le pasa? - Sí, absolutamente. Eso es una cuestión estructural que tiene que ver con dónde fijas la vara. Si está muy alta siempre hay insatisfacción, que es un obstáculo a la felicidad. Felices son momentos, pero no el estado de alma. Ahora estoy leyendo una novela maravillosa del premio Nobel de Literatura de hace tres años, Orhan Pamuk, que se llama Museo de la inocencia. Es de un tipo que se enamora estando comprometido y relata los 60 o 70 días que dura ese amor. Es la literatura de un hombre feliz. - ¿Por qué es tan autocrítico? A veces suena a autoflagelación. - No es autoflagelación en lo más mínimo, pero tampoco me parece decente mentir. Depende con quien uno compare. Cuando vos escribís una página, si lo comparás con lo que pueda escribir Mariano Closs, a lo mejor te parece que es digna de un Nobel. Si la comparas con lo que son tus referentes literarios, te parece una bazofia. Bueno, yo no me comparo con Mariano Closs. No quisiera aparecer como la figura del poeta maldito que bebe ajenjo durante las noches y se viste con una capa y sufre y escribe poesía negra. Sin embargo, hay cosas que lo demuestran: jamás releo un libro que escribí. Ni una página. Y eso tiene que ver con no mortificarme con la comparación. Además de la pasión por Newell’s, los hermanos Bielsa hombres –tienen una hermana menor, María Eugenia, arquitecta y ex vicegobernadora de Santa Fe- comparten el apodo. Según el ex canciller, “locos en la Argentina son los que transitan caminos infrecuentes”. - ¿Eso se lo podría definir como contracultural? - Todas las cosas son imposibles mientras te parecen imposibles. Un loco es eso, es un tipo que cree que son posibles, cosas que a los demás le parecen imposibles. Y no diría estrictamente contracultural, pero me parece que son individuos que no son escuchados en ciertos momentos. Un par de jueves atrás publiqué un artículo en La Nación que estuvo motivado porque me fastidian enormemente esos tipos que dicen “me da vergüenza ser argentino”. No la frase, la operación cultural, porque consiste en decir “yo no soy argentino, soy más que eso”. Tenés que leer los post de esa nota: es un electroencefalograma plano. “¡Por qué no le decís a tu jefe Kirchner, ya que te gusta tanto la argentina! ¡Por qué no se sacrifica él, y esa puta, esa yegua!”. Bueno, en ese sentido sí es contracultural. “No me pases llamados, Chiquilina”, le pide el abogado a su secretaría. Bielsa prende su segundo cigarrillo y continúa con su exposición, la cual irá subiendo de tono a medida que recuerda las repercusiones de su artículo. Luego de que se tranquiliza, el reportaje toma otro camino: la relación con su familia durante su militancia como Montonero. - ¿Cómo fue equilibrar la tradición antiperonista de su familia con su militancia? - No, no hubo ningún balance, hubo una ruptura brutal. Yo me fui a vivir solo a los 18 años. Fue muy traumático, porque yo tengo y tenía mucho afecto por mi madre, teníamos una familia ordenada, los tres hijos vivíamos en la misma casa, que demoró casi una década en construirse antes de mudarnos, que había costado mucho sacrificio. Y ahí irrumpió la política, comenzaron las discusiones con mi viejo, con mis tíos, hasta que un día me mandé a mudar. El balance se fue haciendo con los años, mis padres lograron entender –con mucha suerte, porque podrían tener un hijo desaparecido- qué perseguía ese joven que decía las cosas que decía. Hay una frase: “La vida es muy inclemente para los jóvenes que piensan demasiado y para los viejos que sienten demasiado”. Y me parece que ese fue mi caso, yo era un joven que pensaba demasiado. Ese exceso de elaboración y compromiso lesiono la vida familiar. La detención que sufrió en junio del 77 es un tema sensible para el ex canciller y sin embargo no le escapa: “Yo salí mejor de lo que entre como ser humano. Me di cuenta que había una barrera que no estaba dispuesto a traspasar, que era la delación. Pero, respecto a esa historia, la miro con una obsesión por entenderla. No delaté no por razones ideológicas, sino porque en el límite entre la delación y la muerte yo me quería morir.” - ¿Qué fue lo primero que pensó? - Lo primero que pensé cuando me secuestraron fue: “Por fin”. Y hay otra cosa que también digo siempre: los que sobrevivimos no somos los mejores, los mejores se murieron. La mejor era Susana Piri Lugones, que mientras la torturaban los puteaba: “Hijos de re mil putas, mi viejo fue el que inventó la picana y ustedes son unos putos”. Esa era una mejor, porque no tenía miedo. Yo tampoco tenía miedo, pero porque me quería morir. Bielsa explica que, por razones de honestidad y coherencia ideológica, no juzga a ninguno de sus compañeros de otrora. Pero enseguida aclara: “Puedo juzgar a un tipo que fue muy cruel conmigo, Pedro el Tío Retamar, un tipo inexplicablemente cruel. Ese tipo, para mí, es un hijo de puta. Pero no por haberse quebrado, sino porque me verdugueaba”. - ¿Hay algo que quiera destacar de ese episodio? - Hace unos días fui a ver a la cárcel a uno de los que acaso el tribunal determine que fueron mis secuestradores y mis torturadores. Porque estoy escribiendo una novela sobre un compañero de esa época y quería saber si me podía dar unos datos que me interesaban mucho. El detenido pidió hablar en presencia de la policía. Y había dos, uno grande y un jovencito. Cuando me iba, el jovencito me dice: “Dios mío, qué horror lo que acabo de escuchar, ¿qué sintió usted?” Y yo le dije: “Si para algo sirve una experiencia como esa es para transformarla en conciencia y poder transmitirla, de modo que quien la reciba sea un poco más sabio y comprenda un poco más la condición humana”. El conductor de Café las palabras forma parte de ese abstracto y selecto grupo que son los intelectuales. Sin embargo, y a contramano de los conceptos instalados, Bielsa es muy creyente. - ¿Cómo complementa esos dos aspectos? - Yo he tenido testimonios tangibles de la existencia de algo que nos trasciende. Entonces, ¿cómo no creer? El tema es al revés, no es para cualquiera no creer, yo no puedo formar parte de ese grupo de los que, con mucha convicción, no creen. - Usted es amigo de Eduardo Van Der Kooy y escribió un libro con él. ¿Tienen una visión muy distinta de la realidad Argentina hoy por hoy? - Eduardo está muy condicionado, entonces yo prefiero no hablar con él de política. En algún momento fue un panegirista del gobierno. Yo nunca me moví del lugar donde estuve. Prefiero la coherencia a ser un barrilete de los intereses corporativos. Como lo conozco y es una gran persona, estoy seguro que él está sufriendo. Y te doy un dato objetivo: su prosa. Es crujiente, no es esa prosa donde él sentía que el rumbo de dirección del país era la que él apetecía. La hora acordada de tiempo para la nota se empieza a esfumar, al igual que el tercer cigarrillo del abogado. Bielsa define a Horacio Verbitsky –con quien tuvo un conflicto que derivó en un intercambio epistolar- y a Marcos Aguinis como “dos caras de una moneda idéntica” y se emociona hasta el paroxismo con una reflexión sobre los movimientos populares. Sólo queda tiempo para la autocrítica. - ¿Reconoce algún error, en términos personales, que quiera destacar? - (Piensa varios segundos) A pesar de que ya no estaba más de novia con un amigo, haber salido con la ex novia de ese amigo. Eso es un dolor que me va a acompañar por el resto de mi vida. No debí haberlo hecho porque a él le hizo mucho daño, y yo lo sabía. |
