25.07.2017 / Opinión

La estrategia de hablar siempre de otra cosa

Un análisis de la estrategia discursiva el oficialismo.

por Julieta Waisgold




El discurso político siempre tiene un adversario. Es a través de ese otro que los sujetos políticos construyen también su propia identidad. Pero una cosa es que el adversario exista, y otra es el lugar que ocupa en el discurso propio.

Durante toda la gestión, y más acentuadamente en los últimos años de su gobierno, el kirchnerismo hizo un doble juego por el que construía su identidad poniendo en escena a los sectores más postergados, a la vez que señalaba con dureza a su rival. El adversario estaba ahí afuera, en algún lugar entre el poder económico y de instalación de agenda mediática de Clarín, y la encarnación política del PRO.

Ernestina Herrera de Noble, Héctor Magnetto, el juez Thomas Griesa o el presidente Mauricio Macri eran nominados por su nombre y apellido. Eran personas con quien medirse y con quien disputar.

Doce años después de la asunción de Néstor Kirchner, llegó al gobierno un proyecto político cuyo primer anuncio público fue la rebaja y quita de retenciones para el agro. Y que apenas unos meses después, mostró sin ruborizarse, a su presidente tomando vacaciones en la casa patagónica de su amigo, accionista de Edenor y magnate inglés, Joseph Lewis.

Con la asunción del PRO en diciembre de 2015, se dio a luz una fórmula redundante que permitiría articular el discurso de un modo distinto al de la gestión kirchnerista. Se trataba del poder en el poder, hablándole, también, al poder.

Por la propia comodidad de su punto de partida, sumada a las condiciones de estabilidad del país en 2015, la gestión de Cambiemos no parece haber querido construir un discurso político hegemónico con adversarios materializables y constantes; sino más bien uno que se desarrolla en un aparente terreno neutral, capilar y pegadizo, en donde el rival se parece más a un horizonte (a veces más visibilizado, otras menos) a donde no llegar.

Si se le presta atención a estos dos primeros años de gestión, se puede ver que no es tan frecuente que Mauricio Macri nombre a la ex presidenta Cristina Kirchner. Los nombres propios de los adversarios suelen aparecer mencionados con más frecuencia por el jefe de Gabinete o algún protagonista político de turno. Muchas veces son los propios medios de comunicación, a través de notas o columnas de opinión, los que enuncian el nombre y apellido del rival y la estrategia política del gobierno. 

Esta multiplicidad de voceros, interlocutores y formas de nominar, va de la mano de un discurso centrado en el sentido común y la gestión.

El sentido común del PRO se expresa en todos los dispositivos del discurso: el “llano” de las redes sociales en lugar de las emisiones por cadena nacional, los productos audiovisuales que oscilan entre la gestión y el intimismo en vez de ser “propaganda política”, la estética fotográfica que juega a ser conceptual y despojada, en lugar de mostrar multitudes movilizadas, el enfoque de las noticias que buscan mostrar apertura y veracidad; y la propia forma cercana, no problematizadora y mayormente “apolítica” de enunciación del Presidente. Todos los soportes son convergentes. Tienden a despolitizar, a la vez que asignan un valor negativo al pasado y uno positivo al cambio.

Al construir su discurso alrededor del sentido común, el actual Gobierno margina la discusión política, y deja de lado la posibilidad de identificar a su rival como alguien con quien entablar el disenso republicano que él mismo dice representar.

Para ponerlo gráficamente la posición del PRO en relación a sus rivales sería como esa vieja y remanida frase que dice que “no hay con quién discutir”.

La fisura en esta operación discursiva reside en la paradoja de que, al final, la crítica opositora se da más allá de lo que el gobierno prolijamente busca decir. Si se analiza, el discurso opositor se termina nutriendo como consecuencia de las fallas del PRO, sus faltas y el contraste con la realidad.

Así, por ejemplo, en la memoria del rival kirchnerista quedan celosamente guardadas la pregunta de Mirtha Legrand acerca de la jubilación mínima que el presidente no supo responder, la entrevista en la que dijo desconocer con precisión cuál era el número de desaparecidos y la frase del ex ministro de Economía, Alfonso Prat Gay, midiendo en pizzas el aumento de las facturas de luz.

Por otra parte, algunos consultores de comunicación hablan de humanización de la política, y el macrismo dice que hay que aproximar la imagen de los políticos mostrando aspectos más humanos. En todo caso parece ser que todos coinciden en algo: la política es eso que está por fuera de lo afectivo y hay que usar recursos que vienen de otro tipo de discursos para hacer que se acerque a la gente.

La segunda semana de julio tanto el presidente como la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, pusieron en sus redes sociales un video en donde ella hace alusión a lo bien que se sintió volviendo a su barrio de crianza. El video que subió al Facebook Macri, muestra la carnicería a donde iba la gobernadora, el interior de la casa de sus padres y finaliza con un primer plano de una Vidal que con emoción y tono suave termina de hilvanar el espacio de lo íntimo.

La foto de Balcarce, el simpático perrito del presidente sentado en el sillón presidencial, las imágenes de Macri bailando un vals con Antonia, la sonrisa de Antonia en plena campaña, o el baile del presidente el día de la asunción en el balcón de la Casa Rosada, al igual que el video de Vidal y muchas otras piezas más, apuntan a la identificación emocional.

Si se presta atención, ahí lejos puede verse a la política con las manos dentro de los bolsillos, mirando de reojo y silbando bajito.

Mientras cierran fábricas y el consumo sigue cayendo, será el tono cercano e intimista de los dirigentes el que venga a poner paños fríos. Porque es esa cercanía y esa afectividad lo que nos indica que el actual gobierno está haciendo lo posible para que estemos mejor. ¿Cómo no creerle a alguien que se muestra abierto?

El macrismo parece querer suspender el sentido que le da el kirchnerismo a la política. La búsqueda es que al final de todo su mensaje sea como la frase de Jelinek “lo dejo a tu criterio”. 

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