Alberta, una de las provincias más ricas y conservadoras de Canadá, rechazó de manera contundente avanzar hacia una eventual independencia del país. Más del 76% de los votantes eligió continuar dentro de Canadá, frente a cerca del 24% que respaldó iniciar el procedimiento constitucional que podía desembocar en un segundo referéndum, esta vez vinculante, sobre la separación.
El resultado fue una victoria política para el primer ministro canadiense, Mark Carney, pero tuvo además una dimensión internacional: representó un revés para la presión ejercida por Donald Trump sobre Canadá y para sectores del separatismo de Alberta que durante los últimos meses buscaron respaldo político en Estados Unidos.
"No se metan con Canadá", resumió Thomas Lukaszuk, exlegislador provincial y uno de los responsables de Forever Canadian, la organización que encabezó la campaña contra la separación, en un mensaje dirigido explícitamente a Trump durante los festejos por el resultado.
La conexión entre los separatistas y Estados Unidos
El vínculo entre la disputa interna canadiense y Washington se convirtió en uno de los elementos centrales de la campaña.
Dirigentes separatistas de Alberta viajaron en distintas oportunidades a la capital estadounidense y mantuvieron reuniones en el Departamento de Estado. También recibieron asesoramiento de operadores republicanos.
El secretario del Tesoro de Trump, Scott Bessent, describió públicamente a Alberta como un "socio natural" de Estados Unidos. Elon Musk, uno de los principales aliados y financistas del presidente estadounidense, fue todavía más explícito y escribió en X que Alberta "debería separarse" de Canadá.
El propio Trump no hizo campaña formalmente por la independencia de Alberta, pero sus reiteradas amenazas contra la integridad territorial canadiense quedaron inevitablemente asociadas al debate.
Desde su regreso a la Casa Blanca, el mandatario estadounidense insistió en varias oportunidades con la posibilidad de convertir a Canadá en el "estado 51" de Estados Unidos y lanzó una guerra comercial contra su vecino del norte.
Para Carney, ambos fenómenos estaban relacionados. Días antes de la votación advirtió que había actores externos que buscaban debilitar al país: "Algunos fuera de nuestras fronteras están trabajando para quebrarnos para poder poseernos", afirmó, sin mencionar directamente a Trump.
Una provincia petrolera y conservadora
Alberta no es una provincia cualquiera. Con unos cinco millones de habitantes y enormes reservas de hidrocarburos, constituye el corazón de la industria petrolera canadiense y produjo alrededor del 84% del petróleo del país durante 2025.
El separatismo tiene allí raíces anteriores a Trump. Una parte de la población considera desde hace años que Ottawa recibe demasiado dinero de Alberta mientras limita mediante regulaciones ambientales el desarrollo de su industria energética.
El conflicto se profundizó durante los gobiernos del liberal Justin Trudeau. Los sectores más conservadores acusaron al Ejecutivo federal de perjudicar deliberadamente a la provincia y reclamaron mayor autonomía.
Ese descontento permitió el crecimiento de organizaciones separatistas, aunque la independencia nunca consiguió convertirse en una posición mayoritaria.
La primera ministra provincial, la conservadora Danielle Smith, tampoco defendió formalmente la separación. Votó por permanecer en Canadá, pero habilitó la consulta después de meses de presión del sector independentista de su propio espacio político.
La pregunta sometida a votación ni siquiera proponía una independencia inmediata. Los ciudadanos debían decidir entre continuar como provincia canadiense o iniciar el procedimiento legal necesario para convocar posteriormente un referéndum vinculante sobre la separación.
La respuesta fue contundente: aproximadamente tres de cada cuatro votantes eligieron Canadá.
Trump terminó fortaleciendo la identidad canadiense
La paradoja para Trump es que su ofensiva contra Canadá parece haber contribuido a fortalecer aquello que pretendía debilitar.
Sus amenazas de anexión, la guerra comercial y sus ataques al Gobierno canadiense ayudaron a convertir la defensa de la soberanía nacional en uno de los grandes temas políticos del país.
Carney utilizó ese escenario para defender una Canadá menos dependiente económicamente de Estados Unidos y presentar la unidad nacional como una condición necesaria para enfrentar a Washington.
The Guardian interpretó el resultado precisamente en esos términos: el rechazo de Alberta al separatismo fortaleció a Carney frente a Trump y debilitó la posibilidad de que Washington utilizara las divisiones territoriales canadienses como una herramienta de presión.
La votación tampoco elimina las tensiones internas. Cerca de una cuarta parte de los electores respaldó avanzar hacia una consulta independentista y los grupos separatistas adelantaron que continuarán con su campaña. Alberta mantiene además profundas diferencias con Ottawa sobre petróleo, medio ambiente, inmigración y distribución de recursos fiscales.
Pero el resultado dejó una señal política difícil de ignorar. En una de las provincias más conservadoras, petroleras y políticamente cercanas a la derecha estadounidense, más del 76% de los votantes rechazó abrir el camino hacia la ruptura de Canadá.
Para Carney fue una victoria sobre el separatismo. Y, en un país sometido durante meses a las amenazas territoriales y comerciales de Washington, también fue una derrota para la estrategia de Trump.