Organizaciones internacionales advirtieron sobre un aumento de la violencia, la criminalización y las restricciones contra defensores ambientales en distintos países.
Los conflictos vinculados a la minería, los combustibles fósiles, la deforestación y los agronegocios continúan convirtiendo a América Latina en una de las regiones más peligrosas para el activismo ambiental.
Defender un río, oponerse a una mina o denunciar la tala ilegal puede costar cada vez más caro. Un informe difundido por organizaciones internacionales y recogido por
Inside Climate News alertó sobre el aumento global de los ataques contra defensores ambientales, una tendencia que combina violencia física, persecución judicial y nuevas restricciones a la participación ciudadana.
Según los especialistas,
el fenómeno no se limita a asesinatos o agresiones. En numerosos países se multiplican las detenciones arbitrarias, la vigilancia digital, las campañas de difamación y las demandas judiciales destinadas a desgastar a activistas, comunidades indígenas y organizaciones sociales que cuestionan proyectos extractivos o denuncian daños ambientales.
América Latina sigue siendo la región más peligrosa
La situación resulta especialmente grave en América Latina, donde desde hace años se concentra una gran proporción de los asesinatos de defensores ambientales registrados a nivel mundial. Los conflictos suelen estar vinculados a disputas por la tierra, actividades mineras, explotación petrolera, expansión de la frontera agrícola y proyectos de infraestructura.
Países como Colombia, Brasil, México y Honduras aparecen de manera recurrente en los relevamientos de organizaciones de derechos humanos debido a los riesgos que enfrentan líderes comunitarios, pueblos indígenas y activistas ambientales.
Los investigadores señalan que muchas de estas personas se encuentran en la primera línea de conflictos por recursos naturales de alto valor económico. En numerosos casos, las amenazas provienen de actores privados, grupos criminales o incluso autoridades estatales que consideran a los movimientos ambientales como obstáculos para determinados proyectos de inversión.
La criminalización reemplaza a la violencia abierta
Una de las tendencias que más preocupa a las organizaciones internacionales es el crecimiento de formas menos visibles de persecución. En lugar de recurrir únicamente a la violencia directa, gobiernos y empresas utilizan cada vez más herramientas legales y administrativas para limitar la actividad de los defensores ambientales.
Entre ellas se encuentran las llamadas demandas estratégicas contra la participación pública (SLAPP, por sus siglas en inglés), procesos judiciales costosos que buscan intimidar a periodistas, investigadores y activistas mediante litigios prolongados. También se registran restricciones a las protestas, controles sobre el financiamiento de organizaciones civiles y mecanismos de vigilancia sobre dirigentes comunitarios.
Según los especialistas, estas prácticas generan un efecto disuasorio que reduce la participación ciudadana en debates sobre proyectos con impacto ambiental, incluso cuando las comunidades afectadas tienen derecho a ser consultadas.
La transición energética también genera conflictos
El informe destaca que la transición hacia energías más limpias no eliminó las tensiones en torno a los recursos naturales. Por el contrario, la creciente demanda global de minerales considerados estratégicos para la electrificación de la economía está generando nuevos conflictos territoriales.
El litio, el cobre, el níquel y otros minerales clave para baterías, vehículos eléctricos y tecnologías renovables se encuentran en regiones donde viven comunidades indígenas o poblaciones rurales que reclaman mayor participación en las decisiones sobre la explotación de esos recursos.
Los autores advierten que la lucha contra el cambio climático no puede desarrollarse a costa de los derechos humanos. Sostienen que la transición energética solo será sostenible si incorpora mecanismos efectivos de consulta, protección y participación para las comunidades afectadas.
Una señal de alerta para las democracias
Las organizaciones que monitorean la situación de los militantes ambientales sostienen que el problema trasciende la agenda ecológica. La posibilidad de cuestionar proyectos económicos, denunciar daños ambientales y participar en decisiones públicas forma parte de derechos fundamentales vinculados a la libertad de expresión, la organización comunitaria y la participación democrática.
Por ese motivo, consideran que el aumento de la violencia y la criminalización contra activistas ambientales constituye también una señal de deterioro de los espacios democráticos en distintas regiones del mundo.