12.09.2026 / TERRORISMO GLOBAL

Al Qaeda, 25 años después del 11-S: cómo cambió el yihadismo

A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda ya no posee la estructura centralizada ni la capacidad operativa que tuvo bajo el liderazgo de Osama bin Laden. Sin embargo, sus filiales se expandieron en África y Asia y el yihadismo se transformó en una red mucho más descentralizada, con organizaciones capaces de controlar territorios y explotar conflictos locales.



Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda es una organización muy diferente de aquella que consiguió planificar desde Afganistán una operación coordinada contra Estados Unidos que provocó casi 3.000 muertos y cambió durante décadas la política internacional. Su dirección fue diezmada, perdió buena parte de su capacidad para organizar atentados globales y quedó desplazada del centro de la escena por el ascenso del Estado Islámico (Daesh). Pero eso no significó el final del movimiento que ayudó a construir.

La transformación es, en buena medida, geográfica. Mientras la amenaza de un nuevo ataque organizado desde una conducción central perdió peso respecto de los primeros años posteriores al 11-S, organizaciones vinculadas a Al Qaeda consolidaron posiciones en Somalia, el Sahel, Yemen y partes de Asia. El fenómeno yihadista dejó de depender de una única estructura internacional y pasó a mezclarse cada vez más con guerras civiles, Estados debilitados, insurgencias locales y disputas territoriales.

La conclusión aparece incluso en el último informe del equipo de monitoreo de Naciones Unidas sobre Al Qaeda y Daesh: la amenaza es actualmente "multipolar" y se intensificó especialmente en África Occidental, el Sahel y Asia Meridional. Ya no existe, según el organismo, un único país o región que pueda ser considerado el centro mundial de la actividad yihadista. 

De Bin Laden a una organización sin un liderazgo visible

Al Qaeda nació a fines de la década de 1980 alrededor de Osama bin Laden y de las redes de combatientes extranjeros que habían participado de la guerra contra la ocupación soviética de Afganistán. Durante los años siguientes construyó una estructura internacional cuyo objetivo era atacar directamente a Estados Unidos y sus aliados.

El 11 de septiembre de 2001 representó el punto máximo de esa estrategia. También provocó una reacción que terminó destruyendo buena parte de la organización que había preparado los atentados. Estados Unidos invadió Afganistán, derribó al gobierno talibán que protegía a Al Qaeda y lanzó una campaña internacional para perseguir a sus dirigentes.

Bin Laden fue asesinado por fuerzas estadounidenses en Pakistán en 2011. Su sucesor, Ayman al-Zawahiri, murió en 2022 durante un ataque con drones de Estados Unidos en Kabul. Actualmente, Sayf al-Adl - un veterano dirigente egipcio de la organización - es considerado por Naciones Unidas y servicios de inteligencia como el líder de facto de Al Qaeda.

Pero su situación explica parte del cambio. La conducción continúa cohesionada, aunque se encuentra aislada, y existen cuestionamientos internos al liderazgo de Al-Adl. Al mismo tiempo, según Naciones Unidas, la organización todavía conserva la aspiración de realizar grandes atentados fuera de los territorios donde operan sus filiales.

La estrategia parece haber cambiado: menos exposición de dirigentes, estructuras más pequeñas y una mayor autonomía para las organizaciones regionales. En otras palabras, matar a un dirigente tiene hoy menos posibilidades de desarticular toda la red que durante los primeros años de la llamada "guerra contra el terrorismo".

La ruptura que cambió el yihadismo mundial

El mayor desafío para Al Qaeda no provino, sin embargo, de Estados Unidos sino de su propio universo político y militar.

Su filial iraquí terminó rompiendo con la conducción central y dio origen al Estado Islámico. En 2014, Daesh proclamó un "califato" sobre amplias regiones de Irak y Siria y llegó a controlar ciudades importantes como Mosul y Raqqa. La diferencia no era solamente organizativa. Al Qaeda había privilegiado durante años una estrategia gradual: insertar filiales dentro de conflictos locales, construir alianzas y evitar, cuando fuera conveniente, imponer abiertamente su marca. Daesh apostó en cambio por conquistar territorio, declarar inmediatamente un Estado y utilizar una violencia extrema como instrumento propagandístico.

Durante algunos años pareció que el Estado Islámico había reemplazado definitivamente a Al Qaeda como principal referencia del yihadismo internacional. Pero la derrota territorial del "califato" en Siria e Irak tampoco terminó con el fenómeno. Las dos organizaciones sobrevivieron mediante filiales regionales y actualmente compiten, cooperan indirectamente o conviven en distintos escenarios. El resultado es un mapa mucho más fragmentado que el existente en 2001.

África se convirtió en uno de los principales escenarios

El mejor ejemplo de esa transformación está en África. En Somalia, Al Shabaab se convirtió en una de las organizaciones más importantes vinculadas a Al Qaeda. Su capacidad excede ampliamente la realización de atentados: administra territorios, recauda impuestos, extorsiona actividades económicas y mantiene una insurgencia que desde hace años desafía al Estado somalí.

Más al oeste, el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en inglés), afiliado a Al Qaeda, consiguió expandirse por el Sahel aprovechando la debilidad estatal, los conflictos comunitarios y la sucesión de golpes militares en países como Mali, Burkina Faso y Níger.

Naciones Unidas advirtió este año que JNIM continuó ampliando el territorio bajo su control, llegó a imponer un bloqueo de combustible alrededor de Bamako y realizó su primer ataque en Nigeria. El grupo también fortaleció sus finanzas mediante secuestros y rescates. La evolución de Mali muestra hasta qué punto el fenómeno dejó de parecerse al modelo del 11-S. Allí, JNIM llegó incluso a establecer una alianza circunstancial con rebeldes independentistas tuareg para combatir a la junta militar y sus aliados rusos. En abril lanzaron una importante ofensiva y consiguieron tomar Kidal, una ciudad estratégica del norte del país.

No se trata de una organización escondida exclusivamente en cuevas o campos de entrenamiento preparando un ataque contra Nueva York, París o Londres. Se trata también de actores que participan directamente de guerras por el control de territorios, rutas comerciales, poblaciones y recursos. Ese cambio vuelve más difícil separar al terrorismo internacional de las dinámicas políticas locales.

Afganistán y una historia que volvió al punto de partida

Hay además una paradoja particularmente significativa. Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 porque el régimen talibán había permitido que Al Qaeda utilizara el país como santuario. Dos décadas después, Washington retiró sus últimas tropas y los talibanes recuperaron Kabul en agosto de 2021.

El gobierno afgano sostiene que no permite que Al Qaeda utilice su territorio para amenazar a otros países. Sin embargo, informes internacionales continúan señalando vínculos entre ambas organizaciones. La muerte de Al-Zawahiri en Kabul en 2022 fue la evidencia más espectacular de esa relación: el líder de Al Qaeda vivía en la capital afgana cuando fue localizado y asesinado por Estados Unidos. Al Qaeda también mantiene vínculos con Tehrik-e Taliban Pakistan (TTP), los talibanes paquistaníes, otro ejemplo de cómo la red sobrevivió mediante relaciones regionales antes que mediante una única cadena de mando mundial.

El éxito y el fracaso de la guerra contra el terrorismo

La historia de estos 25 años admite dos lecturas simultáneas. Desde el punto de vista estrictamente operativo, Estados Unidos y sus aliados consiguieron uno de sus principales objetivos: destruir la estructura que había organizado el 11-S. Al Qaeda perdió a sus líderes históricos, sus comunicaciones fueron perseguidas durante décadas y su capacidad para planificar desde un centro único operaciones internacionales complejas disminuyó considerablemente.

Pero la guerra iniciada como respuesta al 11-S también produjo consecuencias mucho más difíciles de medir.

La invasión de Irak en 2003 abrió un escenario que terminó favoreciendo el crecimiento de Al Qaeda en Irak y, posteriormente, del Estado Islámico. Las guerras prolongadas, el colapso de Estados y los conflictos posteriores generaron nuevos espacios para organizaciones yihadistas.

Yves Trotignon, exintegrante de los servicios de inteligencia franceses y especialista en terrorismo, planteó en una entrevista con Le Monde que una de las trampas de Al Qaeda fueron precisamente esas "guerras largas": conflictos que consumieron enormes recursos occidentales y contribuyeron a generar nuevos ciclos de radicalización. Le Monde: las guerras largas que siguieron al 11-S. La amenaza, además, cambió de escala. La sofisticada estructura transnacional necesaria para organizar una operación como la del 11-S perdió centralidad frente a organizaciones regionales, células pequeñas e individuos radicalizados capaces de actuar con mucha menos coordinación.

La rama yemení de Al Qaeda fue pionera en esa transformación mediante propaganda dirigida directamente a públicos occidentales y materiales destinados a incentivar ataques sin necesidad de integrar físicamente una estructura terrorista. 

Un enemigo más débil, pero un problema más disperso

Por eso, preguntar si Al Qaeda sobrevivió al 11-S puede llevar a una conclusión engañosa. La organización central que dirigía Bin Laden es indudablemente más débil. Ya no ocupa el lugar dominante que tenía dentro del yihadismo internacional y enfrenta desde hace más de una década la competencia del Estado Islámico.

Pero las condiciones que permiten crecer a sus filiales no desaparecieron. En algunos lugares incluso se profundizaron.

El Sahel reúne actualmente Estados con enormes dificultades para controlar su territorio, gobiernos surgidos de golpes militares, conflictos étnicos, pobreza, desplazamientos masivos, intervención de potencias extranjeras y extensas zonas rurales donde la presencia estatal es mínima. Allí, las organizaciones vinculadas a Al Qaeda pueden presentarse simultáneamente como insurgencias, autoridades locales, redes económicas y movimientos religiosos armados. Ese modelo es menos espectacular que el que llevó al 11 de septiembre de 2001, pero puede resultar extraordinariamente resistente.

El director general del servicio de inteligencia británico MI5, Ken McCallum, advirtió al cumplirse el aniversario que Al Qaeda está debilitada pero que tanto esa organización como otros grupos extremistas todavía conservan la intención de realizar ataques masivos. Su principal advertencia fue que el próximo gran golpe podría surgir precisamente de un escenario al que los servicios de seguridad no estén prestando suficiente atención. 

Veinticinco años después, esa puede ser la principal transformación: Al Qaeda perdió buena parte de la estructura que convirtió su nombre en sinónimo del terrorismo global, pero el fenómeno que ayudó a expandir ya no necesita de una única organización, un único líder ni un único territorio para sobrevivir.