Javier Milei y
Federico Sturzenegger encontraron en las estadísticas oficiales dos datos para exhibir como prueba del supuesto éxito de su gestión: el fuerte crecimiento que registra el salario de los trabajadores no registrados y un aumento de 509.876 puestos de trabajo entre el primer trimestre de 2023 y el primero de 2026.
El Presidente llegó a afirmar que los salarios informales están “literalmente volando” y que le ganaron a la inflación en más de 60%. Sturzenegger, por su parte, celebró que durante la presidencia de Milei se hubieran creado más de medio millón de puestos.
El problema no es que las cifras no existan. El problema está en cómo se las presenta y qué conclusión se pretende sacar de ellas. En una entrevista con Radio con Vos, el economista especializado en mercado laboral
Luis Campos desarmó los argumentos oficiales y marcó
cuatro claves para entender qué hay detrás de esos números, que, básicamente, exhiben que las afirmaciones implican una mentira, que lo argentinos perdieron poder adquisitivo, que el mercado laboral no está creando nuevos puestos de trabajo y que aquellos que produce son complemente precarios. “Milei se está haciendo trampa al solitario” , advirtió.
1. El dato del salario informal tiene un problema de origen
La primera cuestión está en la fuente estadística. El dato que utiliza Milei para afirmar que los salarios informales “están volando” proviene de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC. Allí los encuestadores preguntan a las personas por sus ingresos y, a partir de esas respuestas, se estima la evolución de las remuneraciones de los trabajadores no registrados.
Pero el INDEC no utiliza esa misma fuente para medir los salarios registrados. Para los trabajadores privados y públicos registrados utiliza otras fuentes, entre ellas los registros administrativos, como el SIPA, que es el Sistema Integrado Previsional Argentino: los datos previsionales que todos los empleadores formales suben e implican que hacen declaraciones juradas todos los meses indicando entre otras cosas cuánto le pagaron a sus trabajadores, y eso va a un gran registro que la Secretaría de Empleo convierte en informes todos los meses.
Esta diferencia resulta fundamental porque, según Campos, la EPH viene mostrando resultados llamativos en materia de ingresos, no solamente para los trabajadores informales sino también para los formales.
El economista comparó los datos disponibles para el primer trimestre de 2026 con los del primer trimestre de 2023. Mientras que el SIPA muestra que el salario privado registrado se encontraba aproximadamente en el mismo nivel real que tres años antes, la EPH indicaba que el salario de los trabajadores formales -incluyendo públicos y privados- había aumentado casi 10%.
Es decir, la propia EPH produce una evolución salarial muy diferente cuando se la contrasta con los registros administrativos disponibles para el empleo formal.
Por eso,
el problema no es solamente que el Gobierno elija un número que le conviene y compare un tipo de salario con datos de una fuente producida a través de una encuesta cuyo cuestionario modificó con otros de otra fuente mucho más dura. Es que además toma como evidencia contundente un indicador que los especialistas vienen observando con cautela por sus inconsistencias metodológicas.
Por eso, de mínima y como resumió Campos durante la entrevista, esos datos deben tomarse “con muchas pinzas”.
2. La comparación con los monotributistas tiene una trampa
El segundo argumento oficial sostiene que los trabajadores que se desempeñan bajo modalidades más flexibles, como el monotributo, tienen ingresos similares o incluso superiores a los asalariados registrados.
También acá hay una diferencia que cambia completamente la lectura:
Campos explicó que el ingreso de los monotributistas puede ser parecido al promedio de todos los asalariados, pero eso ocurre porque dentro de ese promedio se mezclan trabajadores registrados y no registrados.
Los asalariados registrados tienen ingresos considerablemente superiores al promedio que surge al combinar ambas categorías. De hecho, el promedio de los salarios informales, es decir no registrados, es de 700 mil pesos.
Por eso, decir simplemente que un monotributista gana lo mismo que “un asalariado” puede ser estadísticamente cierto y, al mismo tiempo, ser falso si lo que se pretende demostrar es que el monotributo ofrece ingresos equivalentes al empleo registrado, que perdió alrededor de 250 mil puestos desde que gobierna Milei.
La comparación correcta debería hacerse entre monotributistas y asalariados registrados. Y ahí la conclusión cambia.
3. Los 500 mil puestos no son nuevos ni mucho menos empleos de calidad
La tercera clave está en el famoso medio millón de puestos de trabajo que celebró Sturzenegger. El dato de 509.876 puestos adicionales surge del informe de generación del ingreso e insumo de mano de obra del INDEC. Pero hay una primera precisión relevante: la comparación toma como punto de partida el primer trimestre de 2023, casi nueve meses antes de la asunción de Milei. Si se toma el primer trimestre de 2024 como referencia, el aumento es menor.
Pero incluso aceptando la cifra de 509.876, el problema central está en qué tipo de ocupaciones explican ese crecimiento. Campos señaló que
lo que más aumenta es el trabajo por cuenta propia. Y dentro de ese universo no predominan necesariamente los profesionales independientes, los emprendedores o los monotributistas que el Gobierno utiliza como ejemplo.
Una parte sustancial corresponde a trabajo por cuenta propia informal, sin registro de ningún tipo. O sea changas.
La diferencia es decisiva: no se trata necesariamente de personas que abandonaron voluntariamente un empleo formal porque encontraron una alternativa mejor. En muchos casos, son trabajadores cuyos ingresos no alcanzan y que salen a buscar una segunda ocupación para completar lo que necesitan para vivir. La estadística contabiliza esa nueva ocupación como un puesto de trabajo adicional.
Desde el punto de vista económico y social, que una persona tenga que sumar una changa informal para compensar la pérdida de poder adquisitivo difícilmente pueda interpretarse como una mejora del mercado laboral. Por ende, los trabajadores asalariados formales que perdieron sus empleos y tuvieron que pasar al monotributo ganan menos, y muchos de los que no lo perdieron pero encuentran insuficientes sus ingresos salieron a sumar una ocupación precaria para llegar a fin de mes. Esos factores explican mayormente los "nuevos" puestos".
4. Más ocupaciones pueden significar más precariedad, no más bienestar
La cuarta clave completa la explicación. Una persona puede conservar su empleo y, al mismo tiempo, comenzar a hacer trabajos informales adicionales. Para las estadísticas laborales, aparece un nuevo puesto. Para el trabajador, puede significar que el salario de su ocupación principal ya no alcanza.
Por eso, crecimiento de la cantidad de puestos y crecimiento del empleo de calidad no son necesariamente la misma cosa.
El propio desglose de los datos muestra una transformación en la composición del mercado laboral: mientras el empleo asalariado registrado retrocede, aumentan las modalidades no registradas y, especialmente, el cuentapropismo. El análisis de los datos oficiales también muestra que una parte importante del incremento corresponde a ocupaciones independientes de baja productividad.
Para Campos, esta dinámica no puede presentarse simplemente como una elección voluntaria de los trabajadores por formas “más flexibles” de contratación.
De hecho, marcó que existen incentivos institucionales para que el empleo formal pierda peso, entre ellos los cambios introducidos por la Ley Bases, que modificaron las condiciones vinculadas con los despidos y las sanciones por empleo no registrado.
La cuestión, entonces, no es si las estadísticas oficiales muestran más ocupaciones. Las muestran. La discusión es qué tipo de ocupaciones están creciendo, si son o no son más personas con nuevos trabajos o las menos personas con más de una ocupacuón y por qué sucede.
Conclusión: los datos que el Gobierno deja afuera convierten a los que elige en falsos
Los argumentos de Milei y Sturzenegger parten de datos reales, pero los presentan de una manera tan parcial que los convierte en falsos.
En el caso de los salarios, toman como evidencia principal una medición de la EPH que también presenta comportamientos difíciles de conciliar con otras fuentes para los trabajadores formales. En el caso del empleo, contabilizan todas las ocupaciones por igual, aunque detrás del aumento aparecen con fuerza el cuentapropismo y el trabajo informal.
Así, una persona que conserva un empleo pero sale a hacer una changa para completar sus ingresos puede aparecer estadísticamente como un puesto de trabajo nuevo.
El Gobierno puede mostrar entonces una cifra creciente de ocupaciones. Lo que esa cifra no demuestra, por sí sola, es que haya 500 mil personas nuevas con empleos de calidad, ni que el mercado laboral esté mejorando, ni mucho menos que los trabajadores estén ganando más.
La discusión de fondo es justamente esa: no alcanza con contar puestos; hay que mirar qué trabajos son, cuánto pagan, qué derechos tienen y por qué las personas llegan a necesitarlos.
Y ahí es donde el relato oficial sobre una supuesta mejora generalizada del mercado laboral encuentra sus principales límites.