Vivir solo cuesta vida: Indio Solari, artesano de la identidad popular argentina y del corazón del rock nacional
Carlos "Indio" Solari construyó una forma de pensar, de sentir y de habitar la cultura argentina que trascendió generaciones. Entre la política, la poesía y las multitudes, dejó una huella imposible de medir porque eligió el camino de la rebeldía y el compromiso, de la dignidad y la lealtad. En esta nota su pensamiento, su construcción política y social. El Indio es eterno.
por Morena Marcos
No era un artista que tocaba bien, o que escribía bien, era un artesano de la cultura nacional, de la identidad del rock nacional, y de generaciones atravesadas por su pulso contracultural, por su pulsión de vida. Nadie como él -con una sola frase, multisemántica- que definiera una época, un estado de ánimo, una forma de ver el mundo. El "Indio" Solari es eso, con sus palabras —en canciones, en entrevistas, en discursos desde el escenario o desde sus redes— trascendió su persona para convertirse en parte del lenguaje cotidiano, de la identidad del ser argentino.
Rebelde, profundo, poético, intelectual, lúcido, logró modificar la forma en que una sociedad se piensa a sí misma: Política, amor, libertad, lealtad, excesos y múltiples temáticas, tuvieron lugar en el discurso ricotero de la mano de Solari. No era un hombre que hablara mucho. Pero cuando lo hacía, dejaba marca, y eso se reflejaba en las birras de la esquina con la banda de tu calle en pleno debate “para mi esa frase de Los Redondos significa que…”. El Indio nos proponía pensar.
LA EXCEPCIONALIDAD DEL MÍSTER
Por todos estos motivos, -la dignidad, la estimación y el respeto a su público-, la desaparición física del Indio deja un vacío inmenso en la cultura argentina, pero sobre todo obliga a preguntarse por qué un cantante de rock con pinta de profesor de Filosofía y Letras terminó convirtiéndose en una referencia capaz de atravesar clases sociales, generaciones y fronteras ideológicas y nos deja una responsabilidad, una tarea, una misión.
Por estas horas, quien escribe esta nota y todos aquellos que se vieron tocados en algún punto por este artista popular, solo tenemos lugar para el duelo, para contar anécdotas, para recordar tantos momentos que nos regaló. A todos nos agarró por sorpresa, pese a ser algo para lo que nos veníamos preparando, desde aquella noticia en 2016: “Mr. Parkinson me viene pisando los talones”. Y no es casualidad que hayamos corrido a hablarnos con las personas mas cercanas: eso era el Indio, familia, amigos y amores. Por eso fue casi un acto reflejo ante tal sensación de horfandad. Y me permito, a título personal, contarle al lector de Política Argentina que no quiero escribir una necrológica, quiero escribir una nota sobre su pensamiento, su pensamiento cultural, político y cómo ayudó a construir narrativa, a discutir el sentido común, como se construyó una identidad de la cultura nacional en general y de la música nacional en particular en torno a su prisma.
¿Porqué El Indio decía que Los Redondos eran una banda de combate? ¿Porqué está en tatuajes, murales, remeras? ¿Cómo -pese a su fobia social estaba profundamente conectado con la gente y con el sentir popular? ¿De dónde salía esa capacidad de lectura, esa sensibilidad incomparable? ¿Cómo hizo un hombre que detestaba la exposición pública para convertirse en una de las voces más influyentes de la Argentina contemporánea? La respuesta no está en un sólo lugar. El Indio no bajaba línea. No escribía consignas. No repartía respuestas prefabricadas. Son las palabras, los símbolos que construyó, la sensibilidad que ayudó a moldear durante más de cuatro décadas.
Mientras buena parte de la música popular apostaba por mensajes directos, Solari eligió el camino contrario: letras cargadas de múltiples sentidos, personajes ambiguos, relatos abiertos y metáforas que parecían imposibles de descifrar para aquel que se resistiera a dejarse llevar por su lírica. Sin embargo, miles de personas encontraron allí una verdad. Porque no era un críptico, era un intelectual, lúcido, profundo, con gran respeto por su público. "Mucha gente tendía a menospreciar a nuestro público. Pretenden que no pueden entender lo que les estoy diciendo porque mis letras son crípticas. Pero en los momentos claves de la canción, soy bruscamente claro", escribió en su autobiografía. Y tenía razón.
Detrás de las capas de poesía aparecía siempre una definición precisa sobre el poder, la desigualdad, la libertad, el deseo o la condición humana. Por eso sus canciones sobrevivieron a las épocas, sobrevivieron oscuridad y miedo, atravesaron la argentinidad e incluso en la democracia seguían teniendo esa vibra dadaísta, clandestina y escandalosa. Porque no hablaban únicamente del presente: Hablaban de nosotros.
EL PENSAMIENTO POLÍTICO DEL INDIO
En uno de sus primeros registros fílmicos en la televisión nacional el Indio dejó una de sus intervenciones más interesantes y profundamente políticas y reveladoras sobre su perspectiva. “¡Un último secuestro no! ¡El de tu estado de ánimo, no!”, reza Ya nadie va a escuchar tu remera de Oktubre (trilogía que se completa con Bang! Bang! estás muerto, y Un baión para el ojo idiota). En esa entrevista para el programa “Subterráqueos” que dió en 1985 en el marco de la presentación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en Stud Free Pub, Indio habló de “el estado de ánimo y el riesgo de vivir”. “La vida para mí no es algo que se deba proteger entre algodones. Debe estar expuesta, porque la vida es decidir estar vivo, es decidir no estar solo y que la vida aparezca como una pulsión de mayor importancia”, expresaba.
Carlos Solari nunca eligió tomar un lugar en la escena política: eligió una posición mucho más incómoda, comprometió toda su presencia pública y escénica. Se definía como un hombre de izquierda, pero desconfiaba de las etiquetas cerradas. Era brutalmente honesto y concreto para posicionarse. "Yo soy un tipo de izquierda, pero antes que eso me considero un artista", decía. Y agregaba una idea que explica buena parte de su recorrido: "El artista no tiene que formar parte del sentido común de la sociedad. Tiene que estar en la frontera". Esa frontera fue el lugar desde donde construyó su obra.
A contramano del poder hegemónico y de las lógicas del mercado, el Indio -sin buscarlo- construyó una comunidad cultural, un colectivo. Por eso los Redondos (como sus bandas posteriores) eran, según sus propias palabras, una "banda de combate". No porque respondieran a una estructura partidaria ni porque hicieran propaganda. Eran una banda de combate porque se negaban a cumplir la función de “entretener mientras todo alrededor se derrumbaba”. “Yo he tenido bandas de combate, no he tenido bandas de entretenimiento. No me parece bueno tener entretenida a la gente mientras le están metiendo la mano en el bolsillo", explicó años después en una nota, un 17 de octubre. La frase resume su ética y ese lugar incómodo que eligió siempre ocupar.
En esa insurrección que lo atravesaba y lo identificaba siempre, Indio se reflejaba e incomodaba: algo que puede verse claramente en un fragmento de otra de las entrevistas que más sintetizan su ser popular, algo de la escencia que nos conquistó: "En los nervios de los jóvenes hay mucha más información del futuro de lo que los tipos de nuestra edad pueden tener para aconsejarlos", decía un flaco pelado con gafas oscuras a sus 47 años en la única conferencia de prensa histórica que brindó la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en 1997 en la ciudad de Olavarría.
Nunca esquivó el bulto: se refirió en varias oportunidades a su posición y fue fiel a su forma de pensar. Entre algunas de sus declaraciones más concretas, en una nota con La Garganta Poderosa en el 2011 dijo: “No creo que haya dogmas políticos que solucionen los problemas políticos para siempre. Son eventuales, circunstanciales. Por ejemplo, yo tengo una buena opinión de lo que está pasando en este momento, y eso no me pone en las filas del kirchnerismo, ni mucho menos. Simplemente, como ciudadano, me doy cuenta de que están pasando cosas importantes”. Entre otras de las pautas que el músico proporcionó públicamente acerca de su ideología política fue su vehemente antimacrismo, y más tarde su antimileísmo.
Tiempo después, en el marco del Día de la Lealtad, habló en una esta entrevista que ya se mencionó en esta nota, pero que caló hondo en el pulso político del país y ratificó la vigencia de su pensamiento frente al escenario neoliberal actual. Coherente siempre con su fiel defensa a las juventudes y a la militancia cultural, Solari analizó el desencanto social con la política tradicional y así habló sobre el voto actual: "La gente está cansada de la rosca y eligen cualquier cosa que parezca novedosa. Nos han dicho en la cara que nos van a joder y los votaron" y se autodefinió como "un artista peronista. Los artistas peronistas somos los que damos lo que tenemos para dar, la gloria que tenemos para ofrecer, y no mucho más que eso". Siempre, en algún punto, donde se pensaran las entrañas del argentinismo están la voz del Indio y sus palabras.
LAS MISAS, EL INDIO, SU PÚBLICO Y LA IDENTIDAD RICOTERA
Su elegancia y fineza, su intelecto, su lucidez, su presencia tan tranquilamente inmensa y confiada frente a un público masivo e imposiblemente desbordado definían el equilibrio perfecto entre su lírica inalcanzable e indefinible, y la liturgia ricotera de la gira a todo trapo y a todo dar: desde la familia en la ruta tomando mate camino a la misa hasta el fisura con días enteros de gira desmayado en las puertas de ese concierto al que nunca pudo acudir.
“Yo voy en trenes, no tengo adónde ir”. “Me voy corriendo a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle”. “El futuro ya llegó”. El Drácula con tacones. Preso en mi ciudad. Los ojos ciegos bien abiertos. “Violencia es mentir”. Esa masa comprendiéndolo, entendiéndolo de una forma visceral, interpelada a puntos imposibles de dimensionar. Ese grupo humano que “no maridaba con el sold out”.
EL INDIO, ETERNO
El rock, para el Indio era una herramienta para pensar. Quizás por eso terminó generando uno de los fenómenos populares más extraordinarios de la historia argentina. Las misas ricoteras de la mano de su contraculturalidad, y su deprecio por el marketing desafiaron cualquier lógica de la industria musical. Miles y miles de personas viajábamos durante horas para asistir a recitales en múltiples puntos del país que muchas veces se transformaban en verdaderas peregrinaciones.
No íbamos solamente a escuchar canciones, íbamos al encuentro, a ver qué tenía para decirnos, a sentirnos parte de algo, parte de todo. Un fenómeno que no sólo llamó la atención de periodistas, sociólogos y músicos de distintas partes del mundo, sino que también intentaron comprender y no pudieron: cómo un artista prácticamente ausente de los medios podía convocar todo eso. Pocas figuras estuvieron tan íntima y delicadamente conectadas con el sentir popular argentino.
“CON LO QUE CUESTA ARMAR UN FULL”
En la mañana de este viernes, Carlos Solari cumplió su misión secreta: “En fin... la muerte de todas las cosas será un espectáculo emocionante”, decía en el libro -justamente- titulado La vida es una misión secreta de 2022. Y se fue a los 77 años, en su casa. “A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póquer sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos. Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante. ¡Con lo que cuesta armar un full…!“, apuntaba en una de las entrañables entrevistas con Marcelo Figueras para Recuerdos que mienten un poco (2019) y parafraseando una de las canciones favoritas de quién les escribe, Gualicho, de Último bondi a Finisterre.
Por todo esto nos entendimos siempre tan cercanos a su persona: desde el regalo de un recital en plena pandemia en medio de un paisaje lejano y abandonado en Epecuén que nos dió la cercanía que teníamos prohibida inmediatamente, que nos hizo sentir a esa calidez masiva y ricotera... hasta el regalo de Pool, Averna y Papusa, uno de los pocos temas que no habíamos llegado a escuchar en vivo en ese último recital de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, donde apareció virtualmente y nos mostró por primera vez -desde su alejamiento de los escenarios- su persona entera, su cuerpo sin ediciones, con contracciones físicas y un visible deterioro que para nada desestimaba su elegancia de siempre, pero que nos preparaba para esta noticia que no queríamos recibir.
Los pueblos no olvidamos a aquellos que nos dieron felicidad, y su vida descansa en cada abrazo transpirado y eufórico en medio del pogo más grande del mundo, en cada viaje por la ruta palpitándolo, en cada palabra vinculada a su compromiso con la memoria, con el pueblo, con la libertad real y con la vida. Por eso en su recuerdo, en su legado y en su memoria sentimos la grandeza del pueblo.
Resulta imposible mensurar su legado, el Indio deja algo que cala en lo más profundo de las almas de quienes nos dejamos tocar por su arte. Una sensibilidad, un lenguaje, una manera de habitar el mundo. Y acaso por eso millones de argentinos sienten hoy que se fue alguien cercano, se sienten huérfanos. Pero el Indio vive donde resuena una de sus verdades más hermosas: