15.06.2016 / Opinión

El barro

Nota de opinión luego de la detención del ex secretario de Obras Públicas José López.

por Santiago Aragón




Confusión. No indecisión momentánea ante el camino a seguir. No. Estructural. Decisiva. De la que obliga a repensar las categorías de lo que conocimos y cómo lo hicimos. Barro. Fango. Lodo. Mugre. 

     El neorrealismo italiano de, paradójicamente, un tal López atiborrado de billetes forzando la entrada a un convento para atesorar el dinero, es síntoma y es imagen. Pero no es reflejo. No referencia la lucha por la justicia social. Ni el deseo de un país más justo. Tampoco la voluntad manifiesta y militante de millones de argentinos que creen que nadie se realiza en un país que no se realiza.

     Es, sí, síntoma de un modo enfermo de concebir la política, las relaciones contractuales y el manejo de las instituciones, políticas y mediáticas. En el grotesco de la detención y su registro están los datos de la descomposición del sistema que López representó. El que deja el destino de un proyecto colectivo en la discrecionalidad de manejo de un tipo capaz de convertir su psicosis en asunto de estado.

     Fue un alud lo de López. Se llevó puestas las discusiones acerca de la inequidad del país que se viene. Comprometió el ideario de los movimientos nacionales. Truncó los sueños de retorno de los que añoran liderazgos. Postergó la discusión sobre el verdadero sentido de la política. Ensució todas las banderas en las que creemos. Dejó ruinas enlodadas, conclusiones de sobrecito de azúcar acerca de la “corrupción intrínseca del populismo”, relaciones causales hilarantes de “si te hacemos faltar esto es porque se chorearon todo lo otro”. En ese barro vamos a discutir de acá en adelante.

     Es el grotesco asaltando la realidad desde su propia caricatura. Caricaturas que venimos naturalizando desde hace tiempo. Que por asimiladas son imperceptibles. La política charlada en los programas de espectáculos. Los dirigentes reducidos a celebridades de cotillón. Los líderes cuestionados por miras estrechas que ajustan las acciones de otros a su capacidad de analizarlas.

     Lo novedoso de lo de López es el desmoronamiento. El desborde. El alud inesperado. Pero ese barro en la práctica política se volvió material frecuente.

     Bajo la lógica de que el chiquero democratiza asimilamos la conversión del sistema a una lucha lineal de buenos contra malos de novela, sin matices ni complejidades. Así se trasladan las categorías domésticas del amigo enemigo al análisis global.

     El barro contagia. Así, aunque Francisco denuncie que “la noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras. Las crisis económicas internacionales han mostrado con crudeza los efectos dañinos que trae aparejado el desconocimiento de un destino común, del cual no pueden ser excluidos quienes vienen detrás de nosotros”1 es cuestionado por quienes creen que la estrategia se reduce a operaciones políticas de calibre chico, reclamándole humildad y equidistancia en sus acciones ¿El razonamiento? Si el Papa es argentino merece un tratamiento “a la criolla” de sus labores. Lodo. Manoseo.
     También se manchan, por extensión de regla, representantes en apariencia tan distintas como Bonafini o Barrientos. Si Francisco es reducido a árbitro doméstico de las disputas de las fuerzas políticas que ellas representan, se banalizan también sus causas. Así, se revuelca la memoria de los desaparecidos y el derecho a un plato de comida para todos los argentinos. Banderas que Bonafini y Barrientos representan con dignidad pero que en un sistema binario como el que nos convoca son excluyentes y se definen en la agenda de visitas a Roma.

    Mugre en la que le discutimos autoridad moral a un hombre capaz de sostener ante el mundo que “en las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres”2.

     La obsesión discepoliana por el barro obliga a recordar que si venís en falsa escuadra el destino es el fangal. Ahí se inscribe el pecado original de sostener a cualquier canalla por propio al mismo tiempo que discutíamos las lealtades de los que ya habían demostrado serlo. Ahí se anotan también las inexactitudes de diseño político que nos obligan a sentir vergüenza de desguarecer a la gente ante la tormenta que sabíamos venidera. Ahí, todavía hoy, las excusas tibias y los argumentos forzados para explicar lo inexplicable, en el caso López inclusive.

     Por mucho tiempo no va a haber más que barro. Prefiero elegirlo como destino que como condena. Busco el original. El de aquel que con mediación de un soplo divino dio origen a todo lo que los hombres somos. El barro inaugural. Ese que nos fundó porqué encontró su forma y porque halló, además, la inspiración que le dio vida.
     Hay que asumir el barro. Entender que la forma y el soplo son igual de necesarios. Pensarse de cero. Volver a defender el poder aluvional de la creación.

1- Laudato si. V.  159
2- Laudato si. IV. 158