Hay muchas teorías sobre el ascenso de Donald Trump en la política norteamericana, pero nadie sabe bien cómo llegó a ser un candidato competitivo en las elecciones. Claramente es un tipo que deja en offside no sólo a Peña Nieto, sino también a los politólogos: no encaja en las categorías derivadas de la distinción izquierda/derecha. No para de insistir en una agenda ultraconservadora contra la inmigración y, al mismo tiempo, se hace cargo críticas típicas de la izquierda contra el sistema económico norteamericano y global. Se para sobre el núcleo duro del conservadurismo norteamericano -el estado mínimo-, pero al mismo tiempo exige mayores impuestos para Wall Street. A contramano de una firme tendencia hacia la diversidad cultural que marca a la sociedad norteamericana contemporánea, su discurso xenófobo gana terreno.
Algunos creen que vivimos una época reactiva a la globalización. Así, la relativización de las fronteras, la expansión del multiculturalismo y el avance de los derechos civiles se vería en peligro frente al ascenso de los nacionalismos en Europa, Gran Bretaña y EE.UU. Sin embargo, el nacionalismo en los Estados Unidos no es una prerrogativa exclusiva de Trump, ni siquiera de los republicanos. Tampoco es anti-sistémico, por lo menos para ellos. La política norteamericana descansa sobre una serie de premisas que conforman el consenso básico que hace que, para nosotros, republicanos y demócratas sean tan parecidos. La idea de que el interés nacional ocupa la mayor de las jerarquías es un punto de partida para empezar a hablar.
De hecho, en algún sentido, Hillary es mucho más nacionalista que Trump. Por lo menos cuenta con el apoyo directo del complejo militar industrial, histórico guardián del interés nacional de los EE.UU. Por otro lado, se presenta como una garantía del Nation building (intervención norteamericana en otros Estados). Basta recordar su frase referida a Muammar el Gadafi, we came, we saw, he died, para ilustrar su identificación con esos intereses.
Trump no expresa a todo el nacionalismo norteamericano, sino a una de sus variantes. Podríamos llamarlo un nacionalismo nostálgico, en el sentido de que se basa en la restitución de una identidad originaria que se vería en peligro con la oleada de inmigrantes latinoamericanos. Hace poco tuve la oportunidad de escuchar a un profesor norteamericano (Dr. Michael Hannahan, UMass Amherst) hacer una comparación muy certera que ilustra esta mirada anclada en el pasado de Trump: sus batallas se asemejan a las de los anti-federalistas. Salvando las distancias, lo que movía a los críticos del federalismo era una profunda desconfianza hacia la modernidad en todas sus formas, desde la constitución hasta la república representativa, pasando por la industria. “Make America great again” es una propuesta para refugiarse en el pasado frente a un mundo que cambia vertiginosamente.
Sin embargo, lo que hace crecer a Trump es otra cosa. Es lo mismo que hizo que Bernie Sanders haga tanto ruido. En un contexto en el cual las ideas y relaciones que sostienen la economía doméstica e internacional son constantemente discutidas, la política tradicional carece de herramientas para dar respuestas a las preguntas de la sociedad. ¿Por qué se deben firmar tratados de libre comercio? ¿Por qué los Estados Unidos deben intervenir militarmente en otros países? ¿Por qué los ciudadanos de, digamos, Michigan deben pagar la OTAN con sus impuestos? Trump pone en duda todo eso. Esa es su plataforma.
En abril de este año, una encuesta realizada en Harvard mostró que un 51% de los millenials -18 a 29 años- rechaza el capitalismo (http://iop.harvard.edu/youth-poll/harvard-iop-spring-2016-poll ). Si bien la palabra “capitalismo” tiene una variada multiplicidad de sentidos, la encuesta muestra un descontento entre los jóvenes respecto al statu quo. Hay que cambiar el sistema, que no anda del todo bien. La misma encuesta muestra una extrema impopularidad de Trump y una gran aceptación de Sanders en esa franja etaria de la población. Sin embargo, lo que fortalece al candidato republicano es una buena lectura de ese descontento.
El hecho de que los discursos de Trump abunden en falacias, estadísticas erróneas y datos incomprobables, abona su perfil de candidato de la duda y el descontento. Ya no importa si lo que está diciendo es verdad o mentira, porque todos los políticos mienten. A raíz de esta campaña presidencial (y del referéndum que dio lugar al Brexit británico), en el mundo del análisis político anglosajón se expandió el término “política de la post-verdad”. Si bien desde que existe, la política siempre tuvo una completa independencia de la razón científica (por más que algunos liberales sigan creyendo lo contrario), el hecho de que haya candidatos que digan cosas demasiado falsas y sigan en campaña, exacerba esa condición de la política. No hay hechos, sólo interpretaciones. Trump es un candidato muy posmoderno, porque la crisis del consenso norteamericano sobre su lugar en el mundo lo favorece.
La política norteamericana vive una profunda polarización y, por ende, se torna impredecible. Nadie sabe si Trump está cerca o lejos de ganar las elecciones. Aun cuando el reciente desmayo de Hillary o escándalo de los mails probablemente lo acerque mucho más de lo que él mismo esperaba. Lo que está claro es que las instituciones que durante años marcaron el rumbo del país, ya no tienen la legitimidad que solían tener. Resulta inevitable vincularlo con lo que llaman el “ascenso del resto” en el orden internacional y la consecuente difusión del poder. El lugar de los EE.UU. en el mundo ya no es tan claro como antes y los políticos no lo estarían entendiendo del todo. Trump, que no es un político, sí.
Una visible reacción a esos cambios en el tablero geopolítico es la aparición, en varios documentos estratégicos de doctrina militar y seguridad nacional, de la idea de que la guerra inter-estatal vuelve a ser posible para los Estados Unidos (para ver sólo uno de ellos, ir a http://www.jcs.mil/Portals/36/Documents/Publications/2015_National_Military_Strategy.pdf) Ante el “ascenso del resto”, el complejo militar industrial vuelve a hablar de la posibilidad de guerras inter-estatales y menciona a Rusia, Iran y China como casos de Estados constituyen una amenaza para el normal desarrollo de la comunidad internacional. Se entiende porqué, para los militares norteamericanos, Trump sería una catástrofe. En las elecciones de 2016, las advertencias que supo hacer Eisenhower sobre el complejo militar industrial parecieran tener más vigencia que nunca.
Hace poco, el economista en Jefe del FMI, Maurice Obstfeld señaló, con preocupación, que Trump y el Brexit expresan una contradicción entre el nacionalismo y las relaciones internacionales de comercio. Esto es algo muy raro para un organismo que históricamente se presentó como promotor de la neutralidad política en economía. Pero, además, es una falacia que descansa en un prejuicio sobre el nacionalismo. Una vez más, estos fenómenos expresan una versión extrema del nacionalismo, pero no lo agotan. De hecho, en el sistema internacional de comercio los Estados siguen teniendo como principal objetivo defender el interés nacional. Lo que pasa es que los engranajes están haciendo ruido. El hecho de que un economista tenga que hablar de política implica que hay cosas que ya no son tan claras como solían ser.
Es curioso cómo, en Sudamérica, los liberales nativos siguen estas cuestiones con preocupación por el orden global, que se vería amenazado por estos nuevos nacionalismos. Siempre resultó inentendible la manera en que los principales admiradores argentinos de los Estados Unidos aplican políticas en Argentina que los norteamericanos jamás aplicarían en su propio país. La primera lección de la política norteamericana es que la primacía del interés nacional forma parte de un consenso básico que contiene a todas las fuerzas políticas. Y sin embargo, lo primero que hacen los liberales argentinos es identificar nacionalismo con aislacionismo y promover una ‘apertura al mundo’ en la que nunca se contempla el temita de la soberanía. A un presidente yanqui jamás se le ocurriría permitir monopolios en el mercado, desproteger la economía nacional o usar las fuerzas armadas para la seguridad interior. Para ellos, Trump también expresa la crisis de un sistema político basado en el libre mercado (http://www.lanacion.com.ar/1936639-macri-y-massa-en-medio-de-un-debate-crucial).
Ni demócratas ni republicanos lograron sintetizar un proyecto claro que disipe la confusión contemporánea. Tanto Clinton como Trump expresan ideas e intereses que constantemente juegan con la contradicción. Lo que las elecciones del 2016 ponen de manifiesto es que los norteamericanos no están solo eligiendo un presidente, sino que están comenzando a elegir un nuevo proyecto nacional, están volviendo a discutir aquello que define a su nacionalismo. Nunca es tarea fácil volver a discutir los principios. Y el país que siempre tuvo el mejor sistema digestivo para los conflictos nacionales, esta remandola. Desde la guerra civil, hasta el crack del 29, pasando por la segregación racial, ninguno de los conflictos internos logró tumbar la idea de unidad nacional que todos los norteamericanos tienen grabada en su identidad cultural. Como señaló Jorge Argüello en un libro de imprescindible lectura para comprender estas elecciones, “las dificultades actuales y la incertidumbre ante el futuro cocinaron reacciones y discursos más típicos de una nación en construcción que de una potencia consolidada.” (http://www.editorialcapin.com.ar/libros/capital-intelectual/historia-urgente-de-estados-unidos)