El final del litigio más penoso que se recuerde en la historia económica contemporánea argentina en relación a nuestra deuda externa se encuentra cada vez más cerca. Se ha arribado a un acuerdo con prácticamente todos los acreedores no reestructurados, y si bien el reloj corre y los tiempos apremian, el 14 de Abril (fecha impuesta por el Juez Thomas Griesa como límite para el pago del acuerdo) debería ser más que para lograr ponerle un sello final y convertir el conflicto con los holdouts en parte de nuestro pasado. Ese pasado que deberemos entre todos no solo intentar utilizarlo para aprender de nuestros errores sino también para asegurarnos no tener que volver a repetirlo.
La mayoría de la opinión pública se ha inclinado en pos de la resolución del conflicto con los holdouts. En términos generales la opinión pública desea que éste conflicto se resuelva. En lo que no hay consenso es en las formas: si es correcto o no pagarle a los holdouts emitiendo nueva deuda, si se debe pagar en efectivo o si las quitas deberían haber sido mayores a las acordadas. Existe un puñado de opiniones que no están dispuestos a que Argentina solucione el conflicto con los fondos en litigio sin importar las consecuencias que esto siga trayendo al país lo que en principio haría suponer que la negativa sería por cuestiones puramente ideológicas.
Lo cierto es que el fin del litigio está cerca y luego de la aprobación del Congreso Nacional todo estaría encaminado hacia la normalización definitiva de nuestros compromisos externos de deuda pública.
Las ventajas que pueden desprenderse del acceso a los mercados de crédito internacionales son numerosas, aunque ello no asegura que indefectiblemente el camino tenga un desenlace feliz. A veces se confunden las posibilidades con las realidades. Y no es para preocuparse, sino para prestar atención. Hubo muchas épocas en la historia argentina que estuvieron signadas por el alto endeudamiento. En los años 90 los planes de estabilización y la Ley de Convertibilidad fueron sostenibles en el tiempo gracias a un alto endeudamiento externo que actuaba de contrapeso a los desbarajustes fiscales: el déficit fiscal no es una novedad impuesta por el último gobierno Kirchnerista sino que es un mal que siempre tuvo en vilo a las finanzas argentinas. En la última década el endeudamiento también fue otra de las grandes realidades: si bien la imposibilidad de endeudarnos con el exterior hizo que no se generaran incrementos en nuestra deuda pública externa, si lo hizo nuestra deuda interna con los organismos del estado, entre ellos el ANSES y el Banco Central. Solo en el último gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner se han erosionado de las reservas más de 25.000 millones de dólares. El desendeudamiento que ostentan haber realizado en los años kirchneristas es irrelevante ante la contundencia de la degradación generada en las reservas y en el estado financiero del fisco nacional.
El endeudamiento es parte de nuestra historia, pero parte también de la realidad del mundo. La diferencia radica en cual sea el destino de ese endeudamiento. Si el mismo se utiliza como en los años 90 para cubrir déficit fiscal y gastos corrientes, nuestro destino será similar al que vivimos en el 2001. Si en cambio el crédito externo se utiliza para orientar el desarrollo, invertir en infraestructura y apoyar las inversiones y el crecimiento de las empresas, y todo eso es acompañado por una disciplina fiscal inquebrantable que evite por todos los medios generar déficit fiscales inmanejables, otra será la historia.
La deuda soberana no es buena ni mala por sí misma. Lo es en tal caso en virtud de su utilización económica y social. Si se toma deuda para solventar el actual déficit fiscal que ostenta la Argentina, no transcurrirá mucho tiempo en que la deuda se incremente, se vuelva a convertir en impagable y no hayamos obtenido más provecho que el de volver a tener serios inconvenientes financieros con el mundo, habiendo malgastado nuestros años. Una sociedad no puede vivir permanentemente por encima de sus posibilidades. Y para tener más riqueza deberá en tal caso volverse más productiva y desarrollada.
Será en tal caso responsabilidad de todos conducirnos hacia un futuro de progreso y desarrollo, produciendo para el mundo y volver a ser una tierra de oportunidades para todos, pero especialmente con estabilidad y previsibilidad, ambas cualidades que hemos dejado de lado conforme han pasado los años
Dr. Manuel Adorni
Especialista en economía y finanzas. Docente universitario. Contador público.
Twitter: @madorni
E-mail: [email protected]