04.08.2026 / Cultura y Política

“Nadie pidió esta derogación”: el sector editorial frena el avance de Milei contra la Ley de Defensa de la Actividad Librera

Frente al intento del Gobierno Nacional de desregular el mercado, Víctor Malumián, Cecilia Fanti y Alejandro Dujovne advirtieron a Política Argentina sobre qué significa y las implicancias a futuro de esta embestida contra la industria del libro. "Esto no va a ir a buen puerto”, alertaron.

por Débora López





Baja de precios de los libros, aumento de las ventas y mayor fomento de la competencia. La ecuación del Gobierno de Javier Milei para defender la derogación de la Ley 25.542, más conocida como Ley del Libro o de Defensa de la Actividad Librera, que nació en plena crisis de 2001 -con un amplio consenso del sector editorial y librero- para ponerle un freno a los supermercados y grandes cadenas que utilizaban los libros como un mero anzuelo comercial, destruyendo así a las librerías de barrio. A 21 años de su sanción, el sector mantiene su postura de aquel entonces y protege la normativa a capa y espada.

¿Quién pidió la derogación de la ley? Nadie, así lo expresaron de manera contundente referentes del sector a Política Argentina. Así como también manifestaron que ningún integrante del Gobierno se preocupó en consultar cuáles son las problemáticas transversales que atraviesa la industria del libro y debatir con especialistas sobre sus posibles soluciones.




Víctor Malumián, escritor, responsable de la editorial Godot y co-creador de la FED (Feria de editores), consideró que “no está bueno que una ley que fue discutida en el Senado y en Diputados, a través de un consenso de especialistas, ahora una persona unilateralmente la derogue, que además no tiene particular conocimiento sobre el área”.



Cecilia Fanti, escritora, dueña de la librería porteña Céspedes y vicepresidenta de la Cámara Argentina del Libro (CALI), afirmó que “el único que puede ganar algo con la derogación, dentro de un marco meramente retórico, es el Gobierno”. “Puede anotarse un poroto en su batalla cultural”, enfatizó.




Alejandro Dujovne, investigador del CONICET y director del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), coincidió en que “es parte de una cruzada del gobierno en su fundamentalismo de mercado”. “No puede concebir la vida social o la realidad cultural, sino a través de un mercado que define el valor de las cosas”, explicó.


LA COMPETENCIA
El libro no es un producto cualquiera, sino fundamentalmente un bien cultural. Por lo cual, requiere -según los referentes del sector- de una discusión más profunda, que no se limite únicamente al análisis de la oferta y la demanda.

“Es un bien frágil que requiere de cierta mirada y de cierta política estatal en pos de lo que la cultura le aporta a la sociedad.  Si prescindimos de la idea del libro en tanto bien cultural y solamente pensamos en la competencia, naturalmente tenés una competencia desleal porque los eslabones de la cadena son muy diferentes entre sí”, planteó Fanti.

Malumián afirmó que la ley 25.542 “genera condiciones para que todos puedan competir en igualdad de posibilidades y no que alguien porque tenga muchísimo más dinero, pueda tomar todas las decisiones que quiera porque tiene una espalda, en términos de magnitud financiera, contra un pequeño jugador”.

Del mismo modo, Dujovne sostuvo que con la derogación se verán “beneficiados actores externos al sistema que tienen una capacidad de incidencia enorme porque tienen mucho poder económico, mucha capacidad económica, cuando en realidad tampoco es que el libro sea un bien central en su mercado”.

Por ejemplo, Mercado Libre es uno de esos actores que podría verse beneficiado por la derogación, aunque no completamente, ya que los libros representan al día de hoy un margen de ganancia muy pequeña para la plataforma, así como también depende de que terceros -como las librerías- publiquen y vendan a los usuarios. Caso contrario sucede con Amazon, que sí vende directamente los libros.

“(Mercado Libre) podría verse beneficiado por el poder de compra y el volumen de clientes, así como también por el público cautivo que tiene adentro de la plataforma. No es que ganaría dinero con la venta de los libros, sino que los utilizaría para venderte cosas que le dan muchísima más rentabilidad y flujo de caja”, precisó Fanti.

“Ni una gran plataforma ni un supermercado saca su rentabilidad de la venta de los libros, sino que el libro le da prestigio para que vos te quedes ahí adentro y compres un montón de otros bienes”, reiteró Fanti.

De esta manera, Mercado Libre o las grandes cadenas podrían sacar provecho de la desregulación, no por la rentabilidad directa del libro, sino por el tráfico o prestigio que genera, mientras que las editoriales independientes y librerías barriales serían las principales perjudicadas.

EL PRECIO DE LOS LIBROS Y LAS VENTAS
“En Argentina existe una ley que no te permite vender libros baratos, te obliga a venderlos a un precio uniforme en todo el país”, escribió Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación y Transformación del Estado, en su cuenta de X.

Ese argumento es -en gran medida- el caballito de batalla del Gobierno para justificar la desregulación: la ley es la principal responsable de que los libros estén caros y sean “inaccesibles” para los consumidores. Por ende, esta falta de acceso -desde la perspectiva gubernamental- genera una caída en las ventas.

 

Frente a ese argumento, resulta imprescindible mencionar una salvedad: el Estado no define el precio de un libro, pero sí regula el mercado a través de la Ley 25.542, que establece un precio uniforme. El valor de cada título que se vende a los consumidores en todo el país, lo decide libremente cada editorial o importador de acuerdo a determinados criterios. En síntesis, un mismo título debe venderse al mismo precio en cualquier lugar de la Argentina, ya sea una gran cadena, una librería de barrio, un supermercado o una plataforma comercial. El precio no lo pone el Estado. Todos compiten y en igualdad de condiciones.

Sobre este ítem, tanto Fanti como Dujovne y Malumián, se refirieron a la “simplicidad” argumental del oficialismo y a la negación de otros problemas.

“Es la forma sencilla y de politiquería barata de explicar las cosas. Podes encontrar un libro de 60 mil ejemplares a 60.000 pesos y decir ‘qué caro que está’, pero si mirás el PPP (Precio de Venta al Público Promedio) de las independientes está mucho más accesible y no está tan lejos de dos cafés con un tostado”, explicó Malumián.

“¿Podría ser más barato? Todo podría ser más barato. Si mirás también el precio promedio de un ejemplar en España, no está tan lejos del precio promedio que tiene una independiente acá. Obviamente, lo primero que uno va a responder es que los sueldos promedios de España no son los mismos que los de Argentina.  Entonces, quizás, no es que el libro como objeto está completamente fuera de mercado. Tiene el mismo precio internacional, pero el problema es que los sueldos no están al mismo nivel”, sostuvo.

Y planteó: “Si los salarios están más bajos acá, ¿por qué el libro tiene los mismos costos? Eso es porque el papel tiene un costo que es internacional y la imprenta tiene maquinaria que no puede competir en la producción que tienen los otros países”.

Si querés desregular algo, desregulá el IVA en el papel para la producción de libros. Eso va a afectar seguro el precio en la venta al público”, lanzó Malumián.

En el mismo sentido, Dujovne señaló: “Se puede discutir la estructura de costos, pero lo cierto es que el libro, hoy por hoy, no está caro en relación a otros productos. En todo caso, se va convirtiendo en un bien de lujo porque la gente hasta compra menos leche. ¿Cuánta gente va al restaurante hoy? Antes, la gente en Buenos Aires iba una vez por semana, cada 15 días. Hoy se redujo. Si te acostumbras a eso, se cambian los hábitos. Entonces, como pasa en un restaurante, pasa también con la lectura”.

Por su parte, Fanti dijo: “Pensar que hay menos lectores o que nuestros índices de lectura son los más bajos de la región porque los libros están caros por culpa de los editores y de los libreros es de un reduccionismo muy grande, pero que prende muy fácil. Siempre el discurso del fanático prende fácil porque es muy simple de decir y de direccionar”.

“Lo que no se está diciendo es que la industria viene atravesando una crisis sostenida muy grande en los últimos dos años y que tiene que ver también con la crisis del sector de venta minorista. El gobierno no lo reconoce. No reconociendo eso es muy difícil reconocer que en realidad lo que vos estás atravesando es una crisis de otras características, que no se soluciona derogando la ley de Defensa de la Actividad Librera”, remarcó.

LA EXPERIENCIA INTERNACIONAL
Los referentes del sector también expusieron los casos internacionales, que demuestran los efectos negativos de una desregulación, así como también los positivos de un marco regulatorio.

Países como el Reino Unido abandonó el precio fijo de los libros: la consecuencia inmediata no fue una rebaja sostenida, sino el cierre de más de la mitad de sus librerías y editoriales y una brutal concentración del mercado en manos de multinacionales y plataformas, que luego encarecieron los precios.

Por el contrario, países como Francia y Alemania mantuvieron el precio único, protegiendo sus redes de librerías y preservando la diversidad editorial frente a los algoritmos. La Ley Lang de 1981 —el modelo explícito de la norma argentina— fijó el precio único partiendo de una definición que Jack Lang enunció entonces y que sigue siendo el corazón del asunto: el libro no es un producto como los demás.

En este marco, Dujovne también explicó la situación en España: “No solamente es el principal motor del mundo editorial de lengua castellana, sino que tiene una cantidad de políticas que van acompañando sostenidamente y ha hecho que América Latina se transforme en buena medida en su mercado. España es el primer o segundo país industrial cultural en términos de producto, lo que significa que es enorme en términos de comercialización, tanto interno como de comercio exterior”.

“Entonces no es que se trata de un sector de la economía cultural irrelevante, sino que bien acompañado y con políticas sostenidas y bien trabajadas, puede ser muy significativo en términos de empleo y en términos estrictamente económicos, más allá de lo que significa en términos culturales”, afirmó.

De esta manera, se desprende la importancia del libro en tanto que es producto de toda una cadena productiva, en la que intervienen distintos actores. La producción de un libro genera empleo, ganancias para un país y apuesta a la diversidad bibliográfica. La desregulación atentaría de lleno contra eso.

Cuando reducís el libro a una sola mercancía, te estás olvidando que es mucho más que papel impreso entre dos tapas. Eso tiene un proceso intangible, muy abstracto, que es el escritor que se sentó a escribir, el editor que apostó a eso, el corrector. El libro que llega a las manos del lector es resultado de toda una cadena productiva, en la que intervienen un montón de actores y que se ha probado sumamente virtuosa en el marco de esta ley”, sostuvo Fanti y que trae a colación nuevamente la concepción mercantilista del Gobierno respecto al libro.

En ese sentido, Dujovne sostuvo que la desregulación toca distintos niveles: “Uno de ellos tiene que ver con la clase de libros que empiezan a priorizarse en esa nueva forma de comercialización y cuáles empiezan a correrse porque el cambio de un punto de venta hacia otro, lo que termina afectando es que haya libros que se comercialicen más que otros y entonces se fortalecen o se refuerzan aquellos libros de alta rotación, de venta masiva, es decir, frente a libros que son propios de un dispositivo comercial que es la librería, que son los libros de catálogo, de rotación media o lenta”.

Así, manifestó “empieza a reconfigurarse y a perder lugar ciertos libros y si pierden lugar, por lo tanto, dejan de ser rentables. Y si dejan de ser rentables, quienes los publican, dejan de publicarlos. Es decir, editoriales que vivían de eso no pueden seguir funcionando y, por lo tanto, dejan de seguir publicando autores que publican esa clase de libros. De esta manera, el mercado de transformarse va a terminar estrechando las posibilidades de ciertos autores y de una renovación. Se va a ir fortaleciendo lo estandarizado, lo previsible en cierta clase de títulos, que a priori se saben que ya tienen un público establecido”.

Otros de los niveles apunta a las pequeñas librerías y su impacto en la sociedad, lo cual se vería afectado ante una posible derogación: “Por su propia naturaleza, por la necesidad de sobrevivir, hacen un esfuerzo mayor, una inversión más sostenida en el tiempo de acercar lectores a un catálogo más amplio, más curado. La librería es un espacio físico visible con una vidriera, en un barrio, pueblo o una ciudad donde antes no había, lo que genera una percepción acerca del libro distinta. Ahora, si otra librería crea un programa de actividades, ahí ya se genera una vida social y cultural. Pero al gobierno no le interesa esto porque no es una variable que tenga en su horizonte”.

EL DÍA DESPUÉS DE LA DESREGULACIÓN
Lo que se construyó en más de dos décadas, no será fácil de reconstruir, en caso que se revierta la derogación de la normativa. Así lo consideraron tanto Fanti como Dujovne y Malumián. Aunque también la gran pregunta para hacerse es: ¿qué quedará para iniciar una reconstrucción?

“Basta con mirar lo que ha sucedido en otros países para poder hacerse una idea. En Inglaterra, cuando se derogó la ley, cerraron librerías independientes y hasta grandes cadenas. Es muy sensible que esta ley se pierda. Ya se sabe de antemano que esto no va a ir a buen puerto”, expresó Malumián, quien -a contramano de la propuesta oficialista- lleva adelante la Feria de Editores (una propuesta que involucra una diversidad de sellos independientes), que desde el jueves 6 de agosto hasta el domingo 9, en el Complejo C Art Media de Chacarita, celebrará sus 15 años de existencia.

Y reiteró: “Nadie pidió la derogación desde el sector editorial y librero. Hemos pedido un montón de cosas y nunca se han hecho. Igual tampoco es tan raro porque no tienen Ministerio de Cultura. El Secretario de Cultura no conoce del rubro, evidentemente no tiene asesores que le puedan indicar cuál debería ser su postura, la que fuera que él quiera tomar, que no sea una alineación ciega y restricta al Presidente. Debería tener algún tipo de mirada crítica y reunirse con referentes del mundo editorial”.

“La sociedad argentina puede perder un entramado social y cultural muy fuerte que está dado por el funcionamiento de las librerías de barrio, ni hablar en la Ciudad de Buenos Aires, pero también en el interior del país”, advirtió Fanti, y agregó: “Todos los artículos que ellos proponen modificar de la Ley de Fomento del Libro y la Lectura también afectan este entramado porque justo lo que eliminan son los aportes estatales para la promoción del libro, la condición especial de la CONABIP”.

“Es de un nivel de locura pensar que una ley del libro tan discutida se puede derogar a la vez que se deroga una ley sobre los medicamentos, a la vez que se deroga una ley sobre las tierras de la Argentina. Es decir, el volver a reducir la cosa pública, la discusión, el debate. Conversemos sobre nuestras leyes y pensemos para mejorarlas”, reflexionó.

Por su parte, Dujovne consideró que “va a llevar mucho tiempo revertirlo porque va a implicar generar proyectos nuevos, que se debata en las Cámaras”.

“Todo esto es como un retroceso que va a llevar una energía enorme en el recurso del tiempo y en el medio vamos a haber perdido tiempo de desarrollo del mercado, tiempo de lectores. Un lector que está sentado, compra un libro, y si por un año no puede comprar un libro porque no hay una librería cerca o porque no le alcanza el sueldo, espera hasta el otro año para volver a comprar. Los hábitos se pierden, se pierden lectores y también lo que se va perdiendo es el poder adquisitivo porque está muy muy mala la situación económica”, concluyó.