23.08.2026 / Entrevista PA

Francisco Longa: “El movimiento piquetero está en una etapa de transformación y reflujo”

El politólogo e investigador del Conicet Francisco Longa analiza la transformación del movimiento piquetero tras la llegada de Javier Milei, el impacto de las políticas del Gobierno sobre las organizaciones sociales y los cambios que atraviesan los sectores populares. En diálogo con Política Argentina, también aborda la "batalla cultural", la crisis de la política tradicional y los debates que, a su juicio, definirán el futuro del país.





El movimiento piquetero atraviesa uno de los momentos de mayor transformación desde su surgimiento, a mediados de la década de 1990. Después de tres décadas de crecimiento, organización territorial e interacción con el sistema político, la llegada de Javier Milei al Gobierno abrió un escenario marcado por la reducción de recursos, una política más confrontativa frente a la protesta social y una menor capacidad de movilización de las organizaciones.

Francisco Longa es politólogo, doctor en Ciencias Sociales de la UBA e investigador del Conicet. Acaba de publicar "Historia del movimiento piquetero", donde analiza la excepcionalidad del movimiento piquetero argentino. En diálogo con Política Argentina, Longa analiza el impacto del gobierno de Milei sobre las organizaciones sociales y el actual período de "transformación y reflujo". Además, reflexiona sobre la denominada "batalla cultural", el desgaste de la política tradicional y la disputa por el modelo de sociedad que puede emerger de esta etapa.

¿Por qué el movimiento piquetero es una excepcionalidad argentina?

En realidad, porque países con altos grados de informalidad y desocupación sostenida en el tiempo, en América Latina, hay muchos: Perú, Paraguay y otros países. Pero en ninguno se ha visto que se haya consolidado en el tiempo con tanta vigorosidad, con tanto protagonismo y con tanto impacto en el sistema político como en Argentina. Entonces, lo que intento en el libro Historia del movimiento piquetero es explicar por qué pudo existir esa excepcionalidad en Argentina. Por qué algo que empezó desde abajo, de manera silvestre, como algo espontáneo, que fueron las protestas de personas que se quedaban sin trabajo en el ´96, ´97 en la periferia del país, con el tiempo se consolidó en un poderoso movimiento de presencia nacional. Con organizaciones, dirigentes, cuadros y bases, con una enorme capacidad de movilización y con interacción con el sistema político. Por eso considero que este pasaje que hicieron los grupos de desocupados transformándose en una especie de sindicato de los desocupados o sindicatos de los informales es algo que no se ve en muchos lugares de América Latina.



¿Qué cambió para las organizaciones sociales con la llegada de Milei?

Claramente es un antes y un después. De hecho, en 30 años de historia nunca se había vivido un gobierno tan confrontativo con las organizaciones de desocupados. El gobierno eligió a las organizaciones de informales, de la economía popular, como uno de sus blancos privilegiados, como uno de sus tantos enemigos que ha elegido el gobierno de La Libertad Avanza. Para ponerlo en hechos concretos, al poco tiempo de que asumió, de la mano de Patricia Bullrich se elaboró un protocolo antipiquete que fue promocionado por diversos canales. A la gente le llegaban mensajes en sus aplicaciones de celular de que si cortaba la calle o si participaba de un piquete no iba a cobrar más su plan social. Ese protocolo daba la orden de desalojar las protestas casi de manera automática. Eso es un cambio muy significativo para las organizaciones de desocupados. Es decir, se vive un clima mucho más amenazante y represivo que en años anteriores, por lo menos desde 2003 en adelante, porque la primera etapa del movimiento piquetero sí es una etapa caracterizada por fuertes represiones, incluso con muertos; eso afortunadamente todavía no pasó y esperemos que no pase. Pero claramente desde 2003 que no se vivía un gobierno tan represivo y confrontativo con la protesta en general y con las organizaciones de desocupados en particular. En segundo lugar, congeló el monto del principal programa de empleo para informales, que en su momento se llamaba Potenciar Trabajo, los famosos “planes sociales” para desocupados. Los mismos 78.000 pesos que cobraban en diciembre de 2023 fueron los mismos que se cobró durante todo este tiempo, lo cual obviamente hizo que perdiera poder adquisitivo producto del efecto inflacionario y dejó de pagarlo ahora hace apenas unos meses. También dejó de enviar comida a muchos de los comedores de las organizaciones sociales. Bueno, fue como un ataque en toda la línea: hubo una amenaza económica, una amenaza represiva y también una amenaza judicial. El gobierno se montó en algunas causas de denuncias que había contra dirigentes sociales e hizo un énfasis publicitario muy grande en eso y, en una connivencia importante con algunos jueces, avanzaron de manera muy acelerada, casi en tiempo récord, y de hecho algunos dirigentes sociales están a punto de ser llevados a juicio oral en apenas dos años.

¿Qué queda hoy del movimiento que nació en las rutas en 1996?

Es un momento en el que el movimiento está en transformación, en una etapa, como dicen los actores, de reflujo, de retracción; está muy golpeado. El gobierno de Milei lo ha golpeado en todos los frentes, entonces hoy su capacidad de movilización se redujo, su presencia en los territorios se redujo. Lo que queda es una especie de readaptación, una táctica de encontrar cómo readaptarse a este momento, tal vez recostándose en los activistas y en los militantes más comprometidos que estaban en el movimiento también por un convencimiento ideológico y no únicamente por la necesidad económica de obtener algún recurso o algún subsidio o el alimento.

¿En qué ves esa transformación?

Por ejemplo, algunos comedores se han volcado a cierto emprendedurismo pyme: muchos se transformaron en empresas de catering o en cooperativas que brindan servicios de alimento de distinto tipo. Están en un proceso de readaptarse para entender las nuevas coordenadas de este tiempo y también, de alguna manera, esperando que pase el temporal, esperando y viendo si los tiempos de la política traen un escenario mejor y más amigable para la interacción con el sistema político, que para estas organizaciones es clave para obtener recursos, para obtener reconocimiento público, para obtener poder, para poder manifestarse en el ámbito público sin recibir las amenazas y la represión. Te diría que están en un momento de revaluación y de pensar cómo una nueva etapa se puede proyectar en un tiempo en el que la política parece estar cambiando, que los consensos parecen estar siendo otros, donde el Estado no goza de prestigio y donde el gobierno quiere imponer un discurso sobre el individualismo, la competencia. Todo eso va en contra de los principios que motorizan la organización comunitaria y, si sigue instalándose esta idea o la uberización de la economía por un lado y la idea de una sociedad de individuos que compiten entre ellos en una especie de sálvese quien pueda, todo eso no favorece las chances de que los desocupados y los informales vuelvan a organizarse colectivamente. Es muy probable que cada uno lo vaya tramitando de manera individual, y eso lesiona la capacidad organizativa del movimiento de desocupados.

En este contexto, ¿qué hacer?

Creo que para pensar qué hacer hay que partir de una buena evaluación sobre de qué momento estamos hablando. No es sencillo hacer esa evaluación porque la llegada de Milei de alguna manera quemó todos los papeles. "Se nos queman los papeles", dice el viejo refrán cuando la teoría que tenías en la mano no te sirve para explicar lo que estaba pasando. La verdad que ni politólogos, ni politólogas, ni sociólogos pudieron anticipar la irrupción de un gobierno que no tenía chances de ganar si uno lo pensaba con la biblioteca que teníamos a la mano: una persona que tenía dos años en política, que le ganó a todo el peronismo unido, es algo que realmente sorprendió a todos. Entonces, hay que entender cuánto de esa sorpresa, cuánto de esto de optar por un outsider tiene que ver con que la sociedad está pidiendo un cambio de etapa más profundo y más de mediano plazo, o si fue únicamente como una especie de acto de desesperación y la sociedad en realidad no está experimentando cambios socioculturales tan profundos.

¿Qué te parece que expresó esa elección?

En nuestro campo, en la sociología política, hay un debate sobre esto: si Milei expresa una sociedad que es otra, que cambió, o si es solamente un ave de paso y fue solo un momento y luego la gente va a volver a optar por la oferta política tradicional. En función de esa evaluación creo que se desprenden las acciones sobre qué hacer. Creo que para entender qué hacer habría que prestar mucha atención a las transformaciones en la politicidad, sobre todo de los sectores populares. Es evidente que hay un cambio sociocultural en la Argentina o por lo menos que hay una moneda en el aire, que el gobierno llama batalla cultural. Hay una disputa de sentido que hoy en día está más abierta que nunca y depende de cómo se desarrolle esa disputa serán las posibilidades en las que el campo político puede operar.

¿En qué sentido ves una batalla cultural?

Te doy un ejemplo: hoy parecería haber una especie de gran consenso acerca de que el déficit estatal es muy pernicioso. Tal vez ese consenso en unos pocos años se erosiona y vuelve a haber otro consenso. Pero leer qué está viendo la sociedad y qué está queriendo o, por ejemplo, si la aversión a los gestos de la casta, a los modos de la casta, sigue estando tan presente como en 2023, es clave para entender qué hacer. Porque si la sociedad sigue tan ávida de outsiders o tan enojada con los políticos profesionales como lo estuvo en el 2023, bueno, entonces es evidente que ofrecer una oferta político-electoral tan asociada a la política tradicional no va a tener mucho efecto. Por lo pronto, creo que es importante incidir en esa especie de disputa cultural, incidir por abajo en no creer que la idea de que la Argentina necesitaba un cambio nos lleve puestos a los mejores aspectos de la sociedad argentina. Si bien es evidente que la sociedad en algún momento puede tomar nota de que el modelo, por decirlo de una manera general, estaba agotado, bueno, que en ese cambio de rumbo no se pierdan los aspectos más luminosos que hicieron de la Argentina lo bueno de la Argentina. La educación pública, la posibilidad de la movilidad social ascendente, cierto impulso igualitario que caracterizó a nuestra sociedad respecto de otras sociedades latinoamericanas, la idea de una Argentina que tiene cierta soberanía en algunos aspectos de su economía. Defender y dar la disputa por esos aspectos luminosos de la historia de la Argentina es clave en un momento donde seguramente se está pensando en un reseteo de la sociedad, de la política, del mercado y del perfil productivo del país. Dar una discusión acerca de qué modelo de país queremos, cuál es el modelo de desarrollo, cómo el modelo de desarrollo se piensa en relación a la soberanía en el concierto del mundo actual - que es un concierto muy volátil, muy convulsionado, donde China y Estados Unidos parecerían plantear modelos sobre los cuales es muy difícil plantear una tercera posición. Creo que dar esos debates más de mediano y largo plazo es clave para que el reperfilamiento, si se quiere, de la sociedad argentina no se lleve puestos los mejores aspectos de nuestra historia, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo e incluso de nuestro Estado.

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