Lo afirma el ex director del Argerich, Donato Spaccavento. En la nota que le concedió a Politicargentina, el médico especializado en obstetricia -uno de los principales sanitaristas del país-, habló sobre la epidemia del dengue, hizo duras críticas al sistema de salud argentino, explicó los conflictos que tuvo con el Gobierno porteño y explicó la importancia de la juventud militando en política.
¿Cómo fue tu salida del Hospital Argerich?
Se produjo a partir de una denuncia pública que hice sobre la política sistemática del gobierno macrista de centralizar las compras y así producir un vacío de insumos en los hospitales. Esto puso y pone en riesgo la vida de muchos pacientes y el trabajo de médicos que, muchas veces, no cuentan con los elementos necesarios para salvar la vida de un paciente. Sobre todo en un hospital como el Argerich que, por su alta complejidad, siempre se debate entre la vida y la muerte.
Por esta situación hice un abrazo al hospital y ante la pregunta de los periodistas, respondí con la verdad. Dije que el problema se había originado por este intento del Gobierno porteño de centralizar las compras y que, una vez enterados de la gravedad del caso, la situación empeoró cada vez más.
A vos te aceptaron una renuncia, ¿no es así?
Sí, una renuncia que a todos los directores de hospitales nos habían coaccionado para presentar por escrito, a través de un memorándum y después de una nota. La intención era que hubiera selecciones o concursos. Yo presenté mi renuncia, pero después de las declaraciones que hice me llamaron para que firmara la aceptación de la dimisión. Es decir, me la habían aceptado.
¿Qué sentiste en ese momento?
Sentí que habían abusado de mi buena fe, porque me habían incitado a presentar la renuncia exclusivamente para la selección. La renuncia siempre debe ser a voluntad, nunca fruto de una presión. Un patrón no puede exigirla y menos por escrito. Y además me discriminaron, porque no me dejaron presentarme oficialmente en el concurso.
Si bien la justicia sentenció que yo lo gané -según las normas publicadas y según el puntaje de la junta de notables- ellos agregaron un ítem que no estaba en el reglamento del concurso y por cual yo no podría participar.
¿De qué se trataba ese ítem?
Era un curso que encima yo ya había hecho. Un ítem que nunca figuró por escrito. Se trata de condiciones básicas que yo cumplo. Porque es un curso que había que hacer y yo lo había hecho. Esto desembocó en que iniciara una demanda, no tanto por mí, sino para sentar precedente y que no se avasallaran los derechos de ningún funcionario o trabajador. Acá se avasallaron los míos y el juicio está caminando.
¿Cuál la situación actual en materia de salud en la ciudad de Buenos Aires?
No hay una política de salud, sino de enfermedad. Es decir, las inversiones que se realizan son para construir, hacer obra y curar enfermedades. No hay una política de prevención, ni de promoción de la salud. La promoción sanitaria es hecha por equipos interdisciplinarios de profesionales que buscan gente aparentemente sana, pero que por el factor social se sabe que se va a enfermar a mediano o corto plazo. Entonces se promueven vidas y hábitos saludables antes de que se enfermen físicamente. Así funcionan los sistemas de salud. Aquí hay hospitales y centros de salud donde la gente que va, ya está enferma. Por lo tanto no se puede hablar de un sistema de salud.
¿Qué se necesita para mejorar el sistema sanitario?
Personal capacitado, que lo hay. Insumos, que no hay. Equipamiento adecuado a la complejidad del hospital, que tampoco lo hay, porque está vetusto, no funciona. Lo tenemos desde el año ’70. Ya no se puede arreglar más.
No hay –tampoco- inversión para reparar la enfermedad del todo. Existen distintos edificios con gente que trabaja con toda la mística posible –la cual se va cayendo, porque ya están cansados de trabajar así- para curar enfermedades y no para promover la salud. El negocio de la enfermedad beneficia a sectores económicos privados. En cambio la salud no, porque no necesita un resonador magnético, ni medicamentos. Los remedios y el equipamiento son carísimos y representan un gran negocio. Y este gobierno (el de Macri) está dirigiendo su política hacia esta línea, la de la enfermedad.
¿Un ejemplo?
Privatizó áreas muy sensibles de los hospitales como la facturación de los pacientes con obras social y prepagas. Esto va a terminar haciendo que en los hospitales públicos sólo se puedan internar quienes posean una obra social. El administrador -el que financia el hospital- gana dinero si le cobra a la obra social del paciente internado, por lo tanto, el jefe de un servicio o el director de un hospital para poder tener elementos y financiamiento va a cumplir con el requisito de esa empresa privada.
¿De qué se trata el Dengue y en qué no trabajó el Gobierno Nacional para prevenirlo?
Es una enfermedad social. Lo produce un virus que lo trasmite un mosquito hembra que pica a un ser humano que ya tenía el virus del dengue y, al picar a otro ser humano, se lo transmite. Es una enfermedad grave. Hay distintos tipos de dengue: el hemorrágico es prácticamente mortal y aún no se han detectado casos. Pero lo más importante es que tanto el dengue, como la fiebre amarilla, la tuberculosis o el paludismo son enfermedades sociales. Oriundas de la pobreza. Y para que se dé una epidemia como la que hay ahora, tienen que haber como requisito miseria o una situación social paupérrima o crónica. En pocas palabras, en la avenida Callao y Quintana nunca va a haber una epidemia de dengue -aunque haya picado el mosquito- porque la gente que vive ahí come bien, tiene más proteínas y no está tapada de basura. Esto es una enfermedad de la indigencia.
Es terrible que los gobernadores nieguen la existencia de esta epidemia, porque tiene una connotación política, económica y social muy fuerte, porque quiere decir que la plata de la situación argentina que mejoró desde el 2003 a la fecha no llegó a los sectores más pobres. Al núcleo duro de la pobreza. Por eso es en los sectores que están inmunocomprometidos -es decir, que tienen las defensas bajas porque comen mal, porque viven mal, porque están llenos de tachos de basura donde se crían los mosquitos- donde se puede producir una epidemia. Si no hay condiciones sociales malas, no se produce.
Y esa es la razón por la cual no la denuncian, porque tiene un costo político demostrar que la plata no va a dónde tiene que ir. Atrás del dengue viene la fiebre amarilla, que la trasmite el mismo mosquito. Que está siendo tapada por esta epidemia de dengue, pero también está en la puerta. Hay brotes epidémicos de fiebre amarilla, como de tuberculosis en el noroeste argentino. El problema es que los gobernadores no lo comunican.
¿Qué pensás de los jóvenes que vuelven a involucrarse en política?
La juventud es un elemento esencial en un movimiento nacional. Es el dispositivo dinamizador, que subvierte los valores que tenemos los más grandes, a los que la vida nos va haciendo más burgueses, desgraciadamente en este sistema capitalista. El joven sigue manteniendo esa pureza de ideales y por lo tanto sigue exigiendo al Estado y al Gobierno una sociedad que no esté tan desequilibrada entre la burguesía y la gente más pobre. Esa que no tiene acceso a proyectos ni a trabajo.
Creo que un joven definido de esta forma no pueda votar a Macri. Hoy hay quienes -si bien tienen poca edad- piensan más a la derecha aún que el jefe de Gobierno. Son jóvenes, pero con un nivel de madurez muy bajo. Por eso imitan a los adultos o son funcionales a la política. Y tener una juventud que sea funcional a un diputado o al discurso de un político, no es la que necesita el movimiento nacional y popular. Por el contrario precisa una que luche por una sociedad que como jóvenes quieran que exista. Es importante que las nuevas generaciones sean consecuentes en su accionar. Que no trabajen para un dirigente como pasa ahora, que son los pibes de tal dirigente. Yo empecé a militar con los Padres Palotinos en la Parroquia de San Patricio en el área social y después en la Juventud Peronista. En ese entonces teníamos un proyecto de país y de sociedad. Incluso muchos peronistas que tenían otra visión nos llamaban zurdos o nos tildaban de no-peronistas. Y sin embargo nosotros disputábamos política y poder como jóvenes. No éramos los pibes del tal dirigente. Yo lo que veo hoy y me resulta grave es que hay agrupaciones juveniles manejadas por algún político grande que los usa para sacar provecho de una negociación.
¿Qué querés de los jóvenes?
Quiero sentir una juventud política que me haga pensar: ‘estos pibes qué zurdos que son’, aunque yo esté a la izquierda del peronismo. Quiero que ellos estén a mi izquierda, y no yo a la izquierda de ellos.
La falta del Estado en áreas como la educación y la salud puede haber influido.
En primer lugar hay una generación de treinta mil compañeros que fueron asesinados y que eran lo mejor de ese momento. Las personas más puras, más transparentes. Eran una juventud que daba todo por sus ideales. Después vino el liberalismo, donde se dejó a los jóvenes venir a militar a un local partidario y pedir un contrato a cambio. No por solidaridad. Esto va cambiando. Creo que la actitud de los más chicos reproduce la ideología hegemónica de una sociedad en un momento determinado. Mientras cambie el pensamiento de la sociedad irá mutando la actitud de los jóvenes ante la política. No se pueden esperar pibes muy revolucionarios cuando la sociedad todavía está atravesada por las pautas culturales de los ’90. Esto es algo progresivo, paulatino. Aún así, no hay que contaminar a los jóvenes con vicios de la vieja política que llevó al desastre a este país.
Escrito por Facundo Alé.