Según trascendió en los pasillos del encuentro, la decisión generó murmullos y burlas entre delegaciones europeas y latinoamericanas. “No es la lengua del país”, repetían diplomáticos, sorprendidos por una elección que rompe con una tradición fuertemente arraigada en foros multilaterales, donde cada representante suele expresarse en su idioma oficial cuando está reconocido.
El episodio no pasó desapercibido en un contexto donde el propio presidente Javier Milei había protagonizado una situación similar en Estados Unidos, al disculparse ante Donald Trump por tener que hablar en español. En Ginebra, la escena pareció repetirse, reforzando una lógica de alineamiento cultural que generó incomodidad en ámbitos diplomáticos.
Además de la cuestión idiomática, fuentes presentes en la cumbre señalaron sorpresa por la composición de la comitiva argentina. En particular, se cuestionó el bajo rango del funcionario designado como segundo por Brun, una decisión que atribuyen más a vínculos de confianza que a criterios de trayectoria o experiencia internacional.
El trasfondo del episodio vuelve a poner en discusión el perfil de la política exterior del Gobierno, en un escenario donde los gestos simbólicos y las formas adquieren un peso específico. Lejos de pasar inadvertido, el episodio en la OMC expuso tensiones sobre identidad, representación y alineamientos en la escena global.