Uno de los temas centrales de la agenda será la situación en Irán y el impacto regional del conflicto tras los ataques realizados por Estados Unidos e Israel a fines de febrero. La crisis se profundizó con el bloqueo del estrecho de Ormuz, una vía clave para el transporte mundial de petróleo, lo que volvió a presionar sobre los precios internacionales de la energía y encendió alarmas en los mercados globales.
La administración republicana intentará además que Beijing utilice su influencia sobre Teherán para reducir la escalada militar. China mantiene una relación estratégica con Irán y continúa siendo uno de los principales compradores de petróleo iraní. En paralelo, funcionarios estadounidenses expresaron preocupación por los vínculos entre el gobierno chino y Rusia, especialmente por el intercambio de bienes tecnológicos y componentes considerados de “doble uso”.
Las tensiones sobre Taiwán también ocuparán un lugar clave en la reunión. Beijing volvió a cuestionar el respaldo militar y político que Washington sostiene sobre la isla, mientras el gobierno chino incrementó en los últimos meses su presencia militar en la región. Desde la Casa Blanca ratificaron que la política estadounidense respecto de Taiwán no cambiará, pese al malestar expresado por las autoridades chinas.
Otro de los ejes estratégicos será la disputa tecnológica y el avance de la inteligencia artificial. Tanto Washington como Beijing buscan consolidar posiciones en sectores sensibles vinculados a la producción de chips, el desarrollo de sistemas de IA y el control de tecnologías críticas. La cumbre aparece así como un intento de estabilizar una relación marcada por la competencia económica, la tensión geopolítica y la disputa por el liderazgo global.