09.08.2026 / UNIÓN EUROPEA

Europa busca independizarse de Palantir: el gigante de los datos que preocupa a gobiernos y agencias de inteligencia

Francia, Alemania y otros países europeos impulsan alternativas propias a la empresa estadounidense que procesa información para servicios de inteligencia, fuerzas de seguridad, ejércitos y sistemas de salud. El desafío expone hasta qué punto funciones estratégicas de los Estados dependen de las grandes tecnológicas de Estados Unidos.



Mientras las acciones de Palantir se disparan en Wall Street y la compañía acumula contratos millonarios con gobiernos y empresas, en Europa crece un movimiento en dirección contraria: reducir la dependencia de una firma estadounidense que logró instalarse en algunas de las áreas más sensibles de los Estados.

La discusión ya no pasa solamente por la calidad de sus herramientas. Francia, Alemania, España y otros países comenzaron a preguntarse hasta qué punto la seguridad, la defensa, la inteligencia o incluso los sistemas públicos de salud pueden depender de tecnologías desarrolladas y controladas fuera del continente.

El caso de Palantir se convirtió así en una prueba decisiva para un objetivo que la Unión Europea repite desde hace años pero que encuentra enormes dificultades para llevar a la práctica: alcanzar una mayor soberanía digital.

¿Qué es Palantir y por qué se volvió tan poderosa?

Fundada por un grupo que incluyó al actual CEO Alex Karp y al multimillonario Peter Thiel, Palantir construyó buena parte de su prestigio trabajando dentro del aparato de seguridad nacional de Estados Unidos.

La compañía desarrolla plataformas capaces de integrar y procesar enormes cantidades de información proveniente de distintas fuentes. Su tecnología permite transformar esas bases de datos en herramientas para detectar patrones, realizar análisis y asistir la toma de decisiones.

Esa capacidad explica por qué sus productos resultan especialmente atractivos para organismos de inteligencia, fuerzas armadas y agencias de seguridad, pero también para sistemas sanitarios y grandes compañías privadas.

Palantir se expandió en Europa mucho antes del actual boom de la inteligencia artificial. En Francia, por ejemplo, desembarcó después de los atentados terroristas de París de noviembre de 2015, en momentos en que los organismos de seguridad enfrentaban fuertes cuestionamientos por no haber podido anticipar los ataques. En 2016, la inteligencia interior francesa contrató sus servicios.

La empresa también consiguió penetrar en algunos de los principales grupos industriales europeos. Airbus utiliza Foundry, una de las principales plataformas de Palantir, como parte de su infraestructura de datos, mientras que compañías como BMW y British Petroleum recurrieron a sus herramientas para optimizar diferentes procesos.

La irrupción de la inteligencia artificial no hizo más que potenciar ese modelo. Palantir comenzó a integrar los nuevos modelos de IA a su infraestructura y logró posicionarse como una de las compañías mejor ubicadas para trasladar esa tecnología a áreas críticas de gobiernos y grandes empresas.

Europa empieza a buscar una salida

Pero el éxito comercial de Palantir comenzó a transformarse también en un problema político.

Francia y Alemania anunciaron recientemente planes para avanzar en una "columna vertebral digital soberana europea", una iniciativa interpretada dentro de la industria tecnológica y de defensa como parte de una estrategia para disminuir la dependencia de compañías estadounidenses.

El movimiento ya comenzó a producir decisiones concretas. Los servicios de inteligencia franceses optaron por la compañía local ChapsVision como alternativa a Palantir, mientras que desde España se avanzó para limitar la participación de la empresa estadounidense en futuras contrataciones de compañías respaldadas por el Estado.

Otros países también comenzaron a explorar soluciones desarrolladas dentro de Europa. Bélgica, Alemania, Luxemburgo, Rumania y Países Bajos mostraron interés en Artemis AI, una herramienta desarrollada por la francesa Thales para el Ejército de ese país.

El objetivo es disponer de tecnologías compatibles con los estándares de la OTAN pero cuyo funcionamiento y control permanezcan dentro del continente.

"Como el azúcar en la Coca-Cola"

El principal problema para los gobiernos europeos es que incluso muchos de los críticos de Palantir reconocen la calidad de su tecnología.

"El producto de Palantir es muy bueno y genera dependencia, es prácticamente como el azúcar en la Coca-Cola", resumió el francés Philippe Latombe, uno de los defensores de una mayor soberanía digital europea.

La comparación permite entender la dificultad que enfrenta Europa. Reemplazar una plataforma de estas características no consiste simplemente en dejar de pagar una licencia y contratar otro proveedor.

Con el paso de los años, organismos enteros adaptan sus procedimientos a un determinado software, capacitan trabajadores para utilizarlo, conectan diferentes bases de datos y construyen nuevas herramientas alrededor de esa infraestructura.

Cuanto más importante se vuelve la plataforma para el funcionamiento cotidiano de una institución, más costoso y complejo resulta abandonarla.

Por eso, incluso funcionarios europeos favorables a construir alternativas reconocen que las compañías locales todavía no alcanzaron la escala, la experiencia ni el historial acumulado por Palantir. El propio almirante Pierre Vandier, comandante supremo aliado de Transformación de la OTAN, admitió que actualmente la alianza no dispone de una alternativa equivalente para algunas de las tecnologías de inteligencia artificial utilizadas en el campo de batalla.

La dimensión política de Palantir

A la discusión tecnológica se suma el particular perfil político de sus fundadores.

Peter Thiel fue uno de los principales empresarios de Silicon Valley en respaldar a Donald Trump, mientras que los contratos de Palantir con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) y con el Ejército israelí provocaron cuestionamientos de organizaciones de derechos humanos.

Karp, por su parte, defiende abiertamente que la compañía debe contribuir a preservar la superioridad tecnológica de las democracias occidentales frente a sus adversarios.

Desde Palantir rechazan que sus vínculos políticos sean incompatibles con la protección de derechos civiles y remarcan, entre otras cuestiones, el papel que desempeña su tecnología en apoyo a Ucrania frente a la invasión rusa.

Sin embargo, para buena parte de sus críticos europeos, el problema excede las posiciones ideológicas de Karp o Thiel.

La pregunta es más estructural: ¿puede un Estado considerar soberanas sus capacidades de inteligencia, defensa o seguridad si las herramientas utilizadas para procesar sus datos estratégicos dependen de una empresa extranjera?

La gran prueba de la soberanía digital europea

El problema Palantir funciona, en ese sentido, como una muestra de una dependencia mucho mayor. Buena parte de la infraestructura tecnológica mundial se encuentra concentrada en compañías estadounidenses, desde los servicios de computación en la nube hasta los grandes modelos de inteligencia artificial y componentes esenciales de hardware y software.

Europa intenta desde hace años reducir esa dependencia, pero construir alternativas requiere algo más que regulaciones.

Olivier Dellenbach, CEO de ChapsVision, sostuvo que su empresa se benefició de un "rechazo visceral" hacia Palantir en algunos sectores europeos, pero advirtió que reemplazar proveedores estadounidenses exige convertir la soberanía digital en una verdadera política industrial y utilizar las compras públicas para desarrollar empresas locales.

Ahí aparece el verdadero alcance del experimento europeo.

Si los Estados consiguen reemplazar una plataforma tan integrada en sus estructuras como Palantir, podrán demostrar que existe un camino para recuperar autonomía sobre tecnologías estratégicas. Si no pueden hacerlo, quedará expuesta la profundidad de la dependencia construida durante las últimas décadas.

Y el desafío recién comienza. La nueva generación de inteligencia artificial promete integrarse todavía más profundamente en los procesos mediante los cuales gobiernos y empresas analizan información y toman decisiones.

Por eso, detrás de la disputa europea con Palantir aparece una discusión que excede ampliamente a una compañía: en la era de la inteligencia artificial, la soberanía ya no depende únicamente de controlar un territorio, una infraestructura energética o unas Fuerzas Armadas. También depende de quién controla los datos, los algoritmos y las tecnologías con las que un Estado decide.