09.05.2016 / Tras la decisión del Gobierno

Cinco palos verdes… ¿No será mucho?

Del “dólar blue” a la “libre” disponibilidad de divisas del macrismo. La semana pasada se conoció un nuevo aumento en el límite mensual para la compra: de 2 millones se pasó a 5 ¿Quiénes festejan?

por Darío Martelotti


En enero 2014, el kirchnerismo devaluó la moneda a pesar de que meses antes había advertido ante empresarios que si pretendían esa medida “iban a tener que esperar otro gobierno”.

  ¿Qué había pasado entonces para que en menos de un año ese desenlace se presentara como inevitable? ¿Cuál era la responsabilidad del oficialismo? El nuevo régimen de administración de divisas implementado en 2011 ante una feroz corrida cambiaria que le había significado al Estado una sangría aproximada de 7.000 millones de dólares, en apenas cuatro meses, ocupaba un lugar central en las disputas de aquel entonces.

  Entre los artículos periodísiticos y académicos, hay cierto consenso en que el “nuevo régimen” fue una política hija de la “emergencia” que había permitido cortar de cuajo las presiones sobre el Banco Central, aunque no está claro cuáles fueron sus efectos a futuro.

  Tras más de diez años en el poder, el kirchnerismo se encontraba a principios de aquel año inmerso en una típica situación de restricción externa (sencillamente, falta de dólares), que expresaba una profunda debilidad económica del gobierno – tornando evidentes ciertas falencias del modelo económico de la posconvertibilidad – pero también una política.

  En ese contexto crítico, los grandes grupos económicos lograron no solo torcer la política cambiaria del gobierno sino también, y con la ayuda de los medios masivos de comunicación, encolumnar detrás de sus intereses y demandas, a amplios sectores de la población descontentos con el kirchnerismo. El “cepo cambiario” y el “dólar blue” fueron la pegatina perfecta, los significantes privilegiados de esta unión. También, aunque en menor medida, la inflación y el impuesto a las ganancias.

  El dólar ilegal o mediáticamente construido “dólar blue”, con poca incidencia real en la economía,  se mostró entonces como un eficaz dispositivo político-cultural capaz de expresar no solo lo errada de la política cambiaria sino también el fracaso de un modelo económico. Hacia 2014, el nuevo régimen de administración de divisas no solo no había impedido la fuga de capitales de los “peces gordos” de la economía, que recurrieron a otras maniobras especulativas para hacerse de dólares y sacar provecho de una brecha cambiaria siempre en aumento, sino que además su indiferenciación entre dichos actores y pequeños ahorristas que buscaban escudarse en un contexto inflacionario resultó fatal.

  La flexibilización del “cepo cambiario” – otra eficaz construcción mediática – a partir de la compra de dólares para atesoramiento intentó corregir este rumbo a fines de enero 2014, pero ya era tarde. El dólar “blue” se había constituido en el elemento articulador por excelencia, capaz de unir a distintos sectores sociales, sindicales y partidos políticos en un mismo frente, cuyas demandas estaban lejos de beneficiar al conjunto de la población pero eran vistas como la salida a una situación macroeconómica crítica, y a una “falta de plan” del gobierno.

  En la crítica coyuntura de enero 2014, se configuraba el bloque de poder que llevaría a Mauricio Macri al sillón presidencial.

  El complejo agro-financiero-mediático había sembrado el camino. No le pudo dar al neoliberalismo un terreno abonado por una crisis terminal como en el 89 o en el 2001, pero había mostrado su enorme capacidad para generar e instalar exitosamente en la opinión pública un discurso opositor liberal y antiestatista que proclamaba la necesidad de un cambio de rumbo – alguno, la prensa hegemónica no especificaba muy bien cuál – que terminara con las “distorsiones” de lo público sobre lo privado y permitiera “liberar las fuerzas de la economía”. Que, en fin, terminara con ese “Estado arbitrario, venezolano y chavista”, enfrentado de manera directa con el establishment local desde el conflicto con las patronales agropecuarias o “con el campo”, de 2008.

  El cambio de rumbo no era un Estado ausente, que dejara de intervenir en la economía, como habitualmente se piensa, sino uno que modificara sustancialmente sus funciones y sus roles; que abandonara su lugar como árbitro en el complejo mapa de la distribución del ingreso y se posicionara claramente a favor del “núcleo duro” del empresariado – un conjunto de empresas mono u oligopólicas asentadas en la explotación y exportación de materias primas, y muchas de ellas extranjeras–; que abandonara sus pretensiones de autonomía y pusiese en marcha el programa económico que triunfa en el mundo desarrollado: la subordinación del aparato estatal a los grupos más concentrados del capitalismo.

  Las primeras medidas del macrismo, envueltas en el hashtag #revolucióndelaalegría, mostraron esta nueva orientación: brutal devaluación, quita de retenciones a las actividades cerealera y minera, y flexibilización del “cepo”. En un primer momento, formaron parte de la avanzada neoliberal de Cambiemos frente a la “pesada herencia”. Aun contradiciendo claramente las promesas del Presidente en campaña, eran necesarias para reencauzar el rumbo tras más de una década de populismo.

  Pasados cuatro meses de gobierno se conoció el aumento del límite de la compra mensual por persona de 2.000.000 de dólares a 5.000.000. ¿Somos más felices?