
Robert, uno de los perros del presidente argentino Javier Milei, murió en las últimas horas, según informaron fuentes cercanas al mandatario. La noticia generó numerosas reacciones en redes sociales entre seguidores del presidente y usuarios que seguían de cerca la relación del jefe de Estado con sus mascotas. El perro formaba parte del grupo de mastines ingleses que acompañan a Milei y que el propio presidente ha mencionado en distintas entrevistas como una parte importante de su vida personal. A lo largo de los años, el mandatario ha hablado públicamente sobre el vínculo que mantiene con sus perros, a quienes considera parte de su entorno más cercano.
Según consignó Noticias de Perfil, el líder libertario lo llamó Robert en homenaje a Robert Lucas y para Milei el animal ocupaba un lugar especial: dentro de ese consejo de asesores esotérico/perruno que creía tener, Robert era el encargado de “ver sus fallas y contenerlo emocionalmente a la vez que pelea contra la oscuridad”. Para mediados de febrero Robert estaba por cumplir ocho años: ese es el tope de vida que se calcula para los perros clonados.
El Presidente siempre sostuvo que sus perros son parte central de su equilibrio emocional y hasta de su “consejo” personal. La muerte de Robert, uno de los clones de Conan, reaviva preguntas sobre cuánto pesa ese universo esotérico y personal en la conducción del país. La historia personal de Javier Milei, atravesada por episodios que él mismo relató sobre una infancia violenta y una profunda soledad, se convirtió en una pieza clave para entender no solo su ascenso político sino también varios rasgos de su forma de gobernar. En el centro de ese universo aparecen sus perros y la pregunta que surge es ¿Hasta dónde la estabilidad política de un país depende de la buena salud de las mascotas presidenciales?
CONAN
Milei adoptó a Conan en 2004. Con el tiempo, el animal se transformó en algo mucho más que una mascota. Según contó el propio Presidente en numerosas entrevistas, el perro ocupó el lugar de contención emocional que nunca había encontrado en otros vínculos personales. El economista describió más de una vez a Conan como su “verdadero y más grande amor”. El apego era tal que, según relató, en una ocasión llegó a arriesgar su vida cuando se incendió su departamento para rescatarlo. Cuando el animal comenzó a transitar el final de su vida, Milei tomó una decisión inusual: mandó a extraer una célula para clonarlo. Conan murió en octubre de 2017 y al año siguiente, tras un proceso realizado en Estados Unidos que costó unos 50 mil dólares, llegaron al país cinco clones del perro original.
LOS CLONES, EL TAROT Y LA POLÍTICA
El antecedente de la muerte de Conan, según el propio Milei, es el episodio que lo empujó a acercarse al mundo esotérico. En ese camino, que incluyó consultas con médiums y especialistas en espiritualidad, el economista afirmaba haber tenido durante la pandemia una conversación con Dios que lo convenció de lanzarse a la política. Hasta ese momento, Milei repetía públicamente que jamás participaría de la política partidaria, pero poco tiempo después comenzaba su carrera electoral que lo llevaría primero al Congreso y luego a la Casa Rosada. Por eso, para muchos observadores, el universo espiritual y el rol que Milei atribuye a sus perros no son un detalle menor sino una parte central de su narrativa personal.
El tema siempre fue extremadamente sensible para el entorno presidencial. Un ejemplo ocurrió cuando trascendió información sobre la cantidad real de clones que convivían con Milei en la Quinta de Olivos. Antes de que se publicara una investigación periodística que señalaba que el mandatario vivía con cuatro de los cinco clones —y que el quinto no estaría físicamente con él—, el asesor Santiago Caputo advirtió que difundir esa información sería “una declaración de guerra”. Poco después, el propio Milei atacó públicamente al grupo editorial que había investigado el tema y el conflicto escaló hasta derivar en varios litigios judiciales.
LA MUERTE DE ROBERT, SOSTÉN EMOCIONAL
La preocupación sobre las consecuencias de este evento reciente es lógica, conociendo los antecedentes: uno de los clones de Conan murió en las últimas horas. La cirugía a la que se había sometido al can fue exitosa, pero murió durante la recuperación, menos de 48 horas después de la intervención. La muerte de Robert abre una nueva incógnita: el Presidente ya había decidido volver a clonar a Conan el año pasado: en abril llegó “Junior”, tras otro proceso realizado en Estados Unidos. Por ahora, sin embargo, el clima en la residencia de Olivos es de duelo.
El episodio vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: cuánto influye la vida personal del mandatario en su comportamiento público. Durante la campaña presidencial, Milei prometió moderar su tono y abandonar los insultos, en un intento por mostrar una imagen más calmada. Ese giro duró poco. En los primeros meses de este año retomó los ataques personales contra empresarios y opositores, además de protagonizar escenas de fuerte agresividad política, como ocurrió durante la apertura de sesiones en el Congreso. La pregunta que sobrevuela ahora es inevitable: si el propio Presidente afirma que uno de sus perros cumplía la función de “contenerlo emocionalmente”, ¿qué pasará con la ausencia de esta figura?