06.01.2026 / POLÉMICA

A diferencia de Iraq, Trump quiere el petróleo de Venezuela y reedita una lógica de ocupación económica


Tras la incursión militar y la detención de Nicolás Maduro, el expresidente estadounidense dejó en claro que su verdadero objetivo es apropiarse de las reservas petroleras venezolanas. Especialistas advierten que el plan implicaría altos costos, plazos extensos y una reedición del intervencionismo clásico de Washington.





Luego de la ofensiva militar en Venezuela, Donald Trump explicitó su intención de avanzar sobre las reservas petroleras del país caribeño, las más grandes del mundo. El exmandatario sostuvo que Estados Unidos “administrará” Venezuela hasta que se concrete una transición “segura”, con el objetivo de que empresas norteamericanas inviertan miles de millones de dólares para reactivar una industria hoy paralizada por años de sanciones y bloqueo.

Según planteó Trump, las compañías estadounidenses repararían la infraestructura petrolera “muy dañada” y comenzarían a “generar dinero para el país”, en una narrativa que recuerda a otros procesos de ocupación económica impulsados por Washington. La diferencia, remarcan analistas, es que en este caso el botín está claramente identificado: el petróleo venezolano.

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Sin embargo, expertos del sector energético advierten que el plan enfrenta obstáculos enormes. Reactivar la producción requeriría inversiones multimillonarias y un plazo que podría extenderse hasta una década para alcanzar volúmenes significativos. A esto se suma el deterioro de las instalaciones, la fuga de mano de obra calificada y el impacto persistente de las sanciones internacionales.

Venezuela cuenta con unas 303.000 millones de barriles de reservas probadas de crudo, pero su producción actual es limitada. Para los especialistas, la idea de un rápido retorno del petróleo venezolano al mercado global bajo control estadounidense resulta más una fantasía geopolítica que un proyecto viable en el corto plazo.

En ese marco, la avanzada de Trump reaviva el debate sobre la soberanía de los recursos naturales y el rol histórico de Estados Unidos en América Latina. Lejos de un discurso de reconstrucción, la estrategia aparece como una nueva versión del intervencionismo clásico, ahora con el petróleo como eje central y con Venezuela nuevamente en el centro de la disputa global.