19.04.2026 / Estados Unidos

Nueva York va contra los millonarios ausentes: el impuesto que reabre la pelea por la ciudad

El alcalde Zohran Mamdani y la gobernadora Kathy Hochul impulsan un nuevo tributo sobre propiedades de lujo deshabitadas. Buscan financiar políticas sociales y contener el costo de vida en una de las ciudades más caras del mundo.



El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, junto a la gobernadora Kathy Hochul, lanzó una propuesta que busca gravar las propiedades de lujo que funcionan como segundas residencias en la ciudad. El impuesto, conocido como “pied-à-terre tax”, alcanzaría a viviendas valuadas en más de 5 millones de dólares cuyos propietarios no las utilizan como residencia principal.

La propuesta de gravar las segundas residencias de más de 5 millones de dólares en Nueva York no es solo una medida fiscal: es un gesto político. En una ciudad marcada por la desigualdad, el plan apunta contra una élite global que invierte en propiedades pero no vive en ellas. El debate ya expone tensiones económicas, ideológicas y urbanas de fondo.

La iniciativa apunta a un fenómeno cada vez más visible en Manhattan: departamentos de altísimo valor que permanecen vacíos gran parte del año, comprados por millonarios extranjeros o inversores que los utilizan como reserva de valor. Según datos citados por Reuters, este tipo de propiedades representa una porción significativa del mercado inmobiliario de lujo, pero contribuye poco a la vida económica cotidiana de la ciudad.



Un impuesto con objetivo social

El plan contempla una estructura progresiva: cuanto más alto el valor de la propiedad, mayor será la tasa impositiva. Los fondos recaudados estarían destinados principalmente a financiar vivienda asequible y programas sociales, en un contexto donde el costo de vida en Nueva York sigue en aumento.

La lógica política detrás de la medida es clara. Mamdani, que llegó al poder con una agenda centrada en reducir el costo de vida, busca consolidar una narrativa redistributiva: que quienes más tienen y menos aportan al tejido urbano contribuyan más. En palabras recogidas por distintos medios, la propuesta busca “corregir una distorsión” del mercado inmobiliario.

El trasfondo es una ciudad donde la crisis de vivienda convive con torres de lujo parcialmente vacías. La paradoja no es nueva, pero el intento de resolverla vía impuestos vuelve a poner el tema en el centro del debate público.

La resistencia del sector inmobiliario

Como era esperable, la iniciativa generó una rápida reacción del sector inmobiliario y de grupos empresariales. Críticos del proyecto advierten que un impuesto de este tipo podría desalentar inversiones, afectar el valor de las propiedades de lujo e incluso empujar capitales hacia otras ciudades.

Algunos analistas citados por Reuters señalan que medidas similares han sido discutidas y en algunos casos descartadas en el pasado, justamente por el temor a un impacto negativo en el mercado.

Sin embargo, los impulsores del plan sostienen que el argumento de la “fuga de inversiones” suele ser exagerado y que el problema de fondo es otro: una ciudad que se vuelve cada vez más inaccesible para sus propios habitantes.

Un debate global

La propuesta de Nueva York no surge en el vacío. Ciudades como Vancouver, Londres o París ya implementaron o discutieron impuestos similares sobre viviendas vacías o segundas residencias de lujo. En todos los casos, el objetivo fue el mismo: frenar la especulación inmobiliaria y recuperar parte del valor generado por el mercado urbano.

En ese sentido, el proyecto de Mamdani y Hochul se inscribe en una tendencia global que busca reequilibrar la relación entre capital financiero y derecho a la vivienda.

Más que un impuesto: una señal política

Más allá de su impacto concreto, el “pied-à-terre tax” funciona como una señal política en un momento de fuerte polarización sobre el rol del Estado. La medida interpela directamente a la concentración de riqueza y al uso de las ciudades como activos financieros.

El propio Mamdani, en línea con su discurso de campaña, viene impulsando una serie de políticas orientadas a reducir el costo de vida, desde supermercados públicos hasta regulaciones sobre alquileres. Este nuevo impuesto encaja en esa estrategia más amplia.

La discusión recién empieza y su aprobación no está garantizada. Pero el solo hecho de que esté sobre la mesa marca un cambio de clima: en la capital financiera del mundo, la idea de gravar a los más ricos ya no es marginal, sino parte central del debate político.