15.03.2026 / Entrevista PA

Hernán Confino: “En Argentina no hubo una guerra: hubo terrorismo de Estado”

A cincuenta años del golpe de 1976, el historiador Hernán Confino analiza cómo se construyen hoy los discursos que relativizan el terrorismo de Estado. En diálogo con Política Argentina, explica por qué en el país no predomina el negacionismo sino la justificación y advierte sobre el avance de una “memoria completa” impulsada por sectores de las nuevas derechas.




Hernán Confino es doctor en Historia por la IDAES-UNSAM, docente e investigador especializado en la historia reciente argentina. Es autor de trabajos fundamentales para comprender el período 1976-1983, entre ellos Contraofensiva: el final de Montoneros

En su libro más reciente, Anatomía de una mentira, escrito junto a Rodrigo González Tizón, Confino analiza el ecosistema de voces que, en pleno siglo XXI, cuestiona los consensos democráticos sobre la gravedad de las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura. Allí, los autores realizan una verdadera “anatomía” de los recursos retóricos y argumentativos de quienes relativizan o justifican la represión, desarmando lo que denominan sus cuatro “trincheras” ideológicas.

En vísperas de los 50 años del golpe cívico-militar, Confino conversó con Política Argentina sobre cómo estos discursos pasaron de la marginalidad a ocupar un lugar central en la llamada “batalla cultural” de las nuevas derechas y en la memoria oficial del gobierno de Javier Milei.

En el libro aseguran que en Argentina, a diferencia del Holocausto, es más preciso hablar de relativización o incluso de justificación antes que de negacionismo. ¿Por qué?

Para dar una respuesta lo más básica posible, podríamos pensar en las características que asumió la transición democrática en la Argentina, que hicieron que se pudiera conseguir un piso de verdad en torno a lo que fue, primero, la lucha de los organismos desde la dictadura, después la CONADEP y el Juicio a las Juntas. A partir de ahí nadie niega que hubo desaparecidos o centros clandestinos de detención. A diferencia de lo que puede pasar con los negacionistas alemanes o franceses sobre la Shoah, que hablan directamente de “la mentira de Auschwitz”. Por eso, en Argentina se apela a este ecosistema de la “memoria completa”. Nosotros planteamos que eso comprende a relativistas, revisionistas y justificadores del terrorismo de Estado. Que, justamente, tienen que apelar a otras maneras que no sean negar de plano a los desaparecidos o los centros clandestinos.

¿Y qué sostienen esos sectores que ocurrió?

Que hubo una guerra interna en lugar de terrorismo de Estado. Algunos dicen que fueron los militantes los que empezaron con sus acciones armadas, entonces se lo tendrían merecido. También cuestionan directamente el número y dicen que no fueron tantos. Yo creo que es una particularidad del caso argentino, y que tiene que ver con cómo fue la tramitación de la experiencia represiva, primero en la temprana transición, pero después también a lo largo del tiempo con distintas capas históricas de políticas que tienen que ver con la memoria, la verdad y la justicia.

¿En qué medida crees que el actual auge de estas extremas derechas se deba a revisiones del pasado reciente?

Yo invertiría los términos. Diría que en realidad no es que el auge de las extremas derechas se deba a su posición sobre los ´70, en este caso, sino que esa posición sobre los ´70 se ve de alguna manera incrementada en el espacio público por el auge de las extremas derechas. Para mí la particularidad con la que nos encontramos en este 50° aniversario del golpe de Estado de 1976 es la de una especie de cierre de ciclo histórico en donde lo que sucedió en los ´70, y podríamos pensar también en los ´80 o en los ´90, no es hoy en día un tema tan relevante. Creo que la potencia del revisionismo de la mirada sobre el pasado se asienta en que las nuevas derechas han sabido articular esa mirada sobre el pasado con otros tópicos antiprogresistas mucho más concretos que tienen que ver con el presente.

¿Por ejemplo con qué?

Ahí podríamos pensar desde el antifeminismo, las posiciones contra la legalización del aborto, incluso criticar a los ambientalistas y a los migrantes. Paradójicamente, podríamos decir que hay una extensión de los postulados del revisionismo sobre los ´70, pero cada vez hay menos cruzados en esa lucha. Es decir, personas que han construido toda su militancia en torno a esa causa.

En el libro mencionan “cuatro trincheras ideológicas” que reivindican esos sectores. ¿A qué se refieren? 

Nosotros nos referimos a cuatro trincheras que son, por un lado, pensar al terrorismo de Estado como una guerra interna. Por el otro, plantear que la memoria de esa experiencia ha sido una memoria “hemipléjica” o parcial que debería recuperar un otro lado, un supuesto otro lado, que serían las víctimas de las Fuerzas Armadas y las víctimas civiles de las organizaciones armadas. Una tercera trinchera está ligada a cuestionar el saldo de la masacre, es decir, los 30.000 desaparecidos. Y, finalmente, responsabilizar a las organizaciones armadas, no sólo de los delitos que cometieron, sino de los crímenes que padecieron también. Es relevante pensarlas como trincheras ideológicas porque son una especie de actos de guerra cultural. No hay un interés de construir una verdad polifónica que surja del intercambio sobre ese pasado. Ni siquiera hay una voluntad de conocer ese pasado, sino más bien de plantear una suerte de batalla cultural que hoy está muy de moda. Y que también entronca con la propia mirada que tenía lo que se llamó “la acción psicológica” de la mirada contrainsurgente, que localizaba al enemigo interno en el cuerpo de la sociedad.

¿Cuál les parece que fue la más efectiva para permear el sentido común y resquebrajar el consenso democrático?

La base de todo el edificio argumentativo es pensar al terrorismo de Estado como guerra interna. Que se apoya en localizar en dos unos supuestos contendientes que habrían asumido para sí las acciones armadas de los 70. Esto, por supuesto, invisibiliza que el terrorismo de Estado fue un plan de disciplinamiento que se abatió sobre sectores muy vastos de la población argentina, no sólo sobre las organizaciones armadas. Y además, en un segundo punto, también elude pensar cómo fue en las características de la represión. Que arrancó personas de sus casas, tiró personas drogadas al Río de La Plata, se apropió de sus hijos, etc. Entonces, hoy en día, lo que se trata de replantear en las intervenciones memoriales de todo lo que tiene que ver con el ecosistema de la “memoria completa” es tratar de volver a localizar en dos los bandos de la disputa y plantear que, en todo caso, podría haber habido “excesos”, y lo digo entre comillas, porque es una categoría de época, en ese combate a la “subversión”. Llama la atención la aceptación que tiene esta mirada que parte de vaciar históricamente el proceso.

¿Cómo se vacía el proceso?

Nos ponen un parte de guerra de Montoneros, o del PRT/ERP, y por sí solo la existencia de ese parte de guerra vendría a ser suficiente para justificar que, en realidad, el proceso todo fue una guerra. Y más allá de la autodefinición de los sujetos, lo que es importante es entender que hay determinadas características, podríamos decir, objetivas o que van más allá de esa mirada de los sujetos que hacen a una guerra.

¿Estuvieron esas características como para decir que hubo una guerra en Argentina?

No. Las organizaciones armadas no pudieron liberar parte del territorio para sus propias actividades, no hubo un aparato administrativo a modo de un Estado dentro del Estado, tampoco hubo población civil que les respondiera directamente y no hubo paridad alguna con las Fuerzas Armadas y de seguridad. Incluso en la década del ´70, tanto Montoneros como el ERP intentaron acogerse a los convenios de Ginebra para ser considerados fuerzas beligerantes y no lo lograron. Porque su desarrollo y las particularidades de su militancia no estaban comprendidas dentro de las leyes internacionales de la guerra. Cuando se habla de que hay que “completar la memoria”, se está diciendo que se completó de un solo lado. Y la idea de pensar en dos lados otra vez restituye el paradigma bélico. Entonces, creo que fundamentalmente lo que hay que hacer para contestar esos discursos es establecer, primero que nada, que el terrorismo de Estado no fue una guerra interna.

 

"La base de todo el edificio argumentativo de los revisionistas es pensar al terrorismo de Estado como guerra interna".
Hernán Confino



¿Qué riesgos ves en el futuro en el hecho de que desde el Estado se abandone el consenso sobre el terrorismo de Estado?

Esa es una pregunta que voy a contestar más como ciudadano preocupado que como historiador. Yo creo que hay un gran problema que tiene que ver con la relación entre cómo nos relacionamos con la violencia estatal del pasado y qué efectos puede tener ese tipo de relación con esa violencia en el presente. Yo creería que asumir la violencia ilegal del Estado, el terrorismo de Estado en particular, como algo que debió haberse hecho, que estuvo bien, que no había otra manera de conducir, genera hoy en día en el presente las condiciones para que la violencia ilegal sea aceptada y tolerada en el presente. Sobre todo cuando parte de los voceros oficiales de la “memoria completa” y de los grupos afines a este ecosistema, algunos de los cuales están directamente en el gobierno, sostienen una suerte de continuidad entre los llamados “enemigos subversivos” del ayer con los que no serían los argentinos de bien en el presente.

¿En qué lo ves eso?

Recuerdo intervenciones de la vicepresidenta, Victoria Villarruel, planteando hace dos o tres años que aquellas personas que en los ´70 habían sido parte de la “matriz del mal”, hoy estaban directamente militando en el ambientalismo verde o eran parte de “el lobby LGBT”. Me parece que hay que prestar mucha atención sobre la continuidad de estas amenazas, sobre todo cuando son amenazas que cobran sentido en una especie de reproducción ficticia de ese estado de alarma permanente que puede generar la aceptación de grados crecientes de excepcionalidad y de violencia ilegal. Por eso, sentar una posición frente a la violencia ilegal del Estado en el pasado, también comporta necesariamente una posición ética frente a violencias de características similares en el presente.

A cincuenta años del golpe de Estado, ¿cómo te imaginás este aniversario?

Creo que estamos frente a una paradoja que se cumplen 50 años en un momento en el que creo yo que la memoria del terrorismo de Estado es la más débil a lo largo de estos 50 años. Yo diría que va a ser un aniversario distinto a otras fechas redondas que hubo desde 1983 para acá, sobre todo porque también desde el gobierno se plantea una memoria oficial que también va en contra de la memoria del terrorismo de Estado que se fue construyendo sobre distintas capas de significación en las últimas décadas.

¿Qué se puede hacer frente a eso?

Creo que hay algo fundamental en seguir pensando en ese puente que une presente y pasado: la memoria. Seguir pensando en dimensiones de esa dictadura y lo que la dictadura generó en el cuerpo social para tenerlo presente, para tratar de evitar las repeticiones. Pero también creo que es fundamental pensar lo que fue la lucha por los derechos humanos, las distintas agencias que involucró, actores, países, organismos.

¿Por qué? 

Porque fue una dimensión histórica coral que involucró a muchas personas que llevaron a una construcción que no fue de un día para el otro. Que atravesó el Juicio a las Juntas, después las leyes de impunidad y los indultos. Y también eso nos puede dar la pauta de que hay que seguir pensando en clave democrática. Hay que seguir haciéndole preguntas al pasado, nunca se sabe cómo pueden seguir los procesos históricos. Espero que el momento este de conmemoración de los 50 años sirva de nuevo para volver a poner en un primer plano la memoria del terrorismo de Estado.