Cecilia Abdo Ferez es licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y doctora en Filosofía por la Universidad Humboldt de Berlín. Es profesora asociada de Teoría Política y Social II en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, investigadora independiente del CONICET y directora del Instituto de Investigaciones “Gino Germani”. Su trabajo se enfoca en la filosofía política de la modernidad temprana, especialmente en el pensamiento de Spinoza, y en el análisis feminista de las nociones de libertad, sujeto e individuo.
Su libro más reciente,
Libertad y cuerpo: Escapes de la libertad autoritaria presente, propone una tesis central:
la pandemia marcó un quiebre en la forma en que se piensa la libertad. En ese marco, analiza cómo ciertas tradiciones filosóficas se reactivan en el presente y cómo discursos políticos contemporáneos logran apropiarse de esas transformaciones.
En esta entrevista con
Política Argentina, desarrolla la idea del gobierno como “experimento”, analiza el carácter teológico del discurso del sacrificio, explora el impacto de la pandemia en la subjetividad y reflexiona sobre la disputa política por el concepto de libertad.
¿Por qué definís al gobierno de Javier MileI como un experimento?
En el último tiempo se habló mucho del gobierno de Milei como laboratorio o como experimento en el sentido en el que Chile tuvo durante los economistas de la Escuela de Chicago. Como algo que adelanta y prueba opciones e hipótesis que después se van a ver a nivel global.
Yo no lo uso en ese sentido sino en el sentido de la división que tuvo la modernidad entre experiencia y experimento, en detrimento de la experiencia. O sea, pensar, por ejemplo que nuestros sentidos engañan, pensar que peor para el que piensa que la Tierra está fija porque en realidad gira. Ese detrimento de la experiencia en beneficio del experimento - que sería lo comprobable, lo científico, lo verificable - me parece que alude a la idea de cuerpos que no tienen sensibilidad.
¿Y por qué te pareció útil pensarlo así?
Uso esa división entre experiencia y experimento para pensar un gobierno en el cual es difícil contraponer la experiencia cotidiana. Por ejemplo: no llego a fin de mes, hay represión todos los miércoles, sube la inflación o siento que las cosas empeoran. Ese sentir está visto como algo a negar en beneficio de supuestos datos duros de la economía. Entonces,
el gobierno me parece que utiliza mucho esa idea de una experiencia que es no contrastable - y por lo tanto no es importante - en beneficio de un experimento que tendría una validez científica. Es un gobierno que tiene una idea de técnica, pero también de verdad científica como verdad única, muy importante. Y eso va en detrimento de lo que se podría plantear como experiencia cotidiana de las mayorías. Esa experiencia ya se va a enterar que la inflación baja, que este es el camino correcto. O sea, hay que esperar y esa experiencia se va a negar. Por lo tanto, hay una fuerte disociación en la experiencia cotidiana entre lo que efectivamente se siente y lo que supuestamente estaría pasando en términos científicamente comprobables.
¿Por qué logra volverse creíble un discurso que asocia la libertad al sacrificio?
Hay una idea de sacrificio como la idea mística, de revelación, de una verdad única que va a imponerse sí o sí. La idea de los argentinos de bien versus los argentinos del mal. Esa idea de moral nueva que quiere plantear el gobierno - que en realidad no es tan nueva - tiene un fuerte arraigo teológico.
Es una idea que todo el tiempo permea el discurso público: hay que esperar un futuro en el cual se va a redimir este presente de sufrimiento. De que hay que esperar 30 años para ser una potencia. Es una especie de compás de espera que describe el presente en beneficio de un futuro que va a redimir. Es una idea muy teológica que pone a jugar el gobierno. Y me parece que es un discurso público que juega mucho con la idea de infinito.
¿Por qué de infinito?
Porque la espera es infinita en algún sentido.
El plazo no está claro: no se sabe si es este semestre o son 30 años. El infinito es una idea muy fuerte de la política y también de la teología. El ajuste, la espera, la deuda, es infinita. Y esa idea de algo que siempre se corre como plazo indefinido de tiempo, que nunca supone la redención. Nunca hay un punto en el cual ya está, ya alcanzó y pasamos a otra cosa. Es una idea muy potente, muy teológica, que describe cómo el gobierno pone a andar esa matriz en el discurso público.
¿Por qué resulta creíble?
Porque la matriz teológica está muy anclada en los cuerpos de la Argentina y en general en América Latina. Es una matriz que conocemos y que sabemos cómo funciona. Pero son ideas que deben ser criticadas porque tienen un componente muy antidemocrático. Una sociedad democrática liberal es aquella en la cual conviven muchos tipos de verdades, de argumentos verosímiles, razonables, que sostienen distintos sujetos e intereses. Es una sociedad - dicho por Robert Dahl, no por mí - en la cual partimos de la idea de que no hay una verdad por encima de las otras, sino que esas tienen que encontrar algún punto de convivencia.
La forma en la cual se deslegitiman las otras verdades, pensando que hay un solo camino y que lo único que hay que hacer es sufrir y esperar infinitamente, es uno de los componentes más antiliberales del presente político argentino.
¿Por qué la libertad volvió a ser una palabra en disputa después de la pandemia?
La pandemia es un hito biográfico y social central, equivalente a la guerra en otras generaciones, un parteaguas. Cuando relatamos qué pasó hacemos un antes y después en la pandemia. Hay algo ahí de trauma, pero también de rearmado de ciertas formas de la subjetividad colectiva que son muy importantes y que no nos atrevemos un poco a develar del todo. Yo creo que hay algo del aislamiento que todavía persiste, no sólo en los lazos, sino en buscar ese aislamiento, buscar cierta forma de la individualización extrema. Me parece que en la pandemia empezaron a jugar algunas ideas de libertad muy clásicas.
¿Cómo cuáles?
Por ejemplo, la demanda de libertad de movimiento, que es una idea de libertad clásica del siglo XVII, de Thomas Hobbes. Que nada me entorpezca como obstáculo a la libertad del cuerpo de moverse. Esa idea se conjugó con otras que ya venían estando presentes en el caldo político argentino, como la idea de que el Estado era una especie de sujeto de coerción. Que había que sacarle el pie de encima a ciertas potencias sociales irredentas, que una vez que le sacases el pie de encima, esas potencias iban a crecer solas, espontáneamente. Aparece la idea de un Estado conjugado a la ciencia - esta idea del “gobierno de los científicos” - como el que coartaba esa libertad de movimiento o esas potencias irredentas. Y también una vieja idea de libertad como asociada a la desregulación: impositiva, de las potencias sociales que crecerían económicamente, políticamente, etcétera. La pandemia fue un caldo de cultivo de esas nociones de libertad. Algunas ya se venían cosiendo, otras son nuevas, pero fueron radicalmente individualizadoras y conservadoras.
¿En qué sentido individualizadoras?
La idea de una libertad en la cual cada quien se salva solo en un presente que se piensa como una selva, una guerra de todos contra todos. Y en esa guerra hay algunos elementos sacrificables: los que no pueden sustentarse por sí mismos y necesitan de la regulación social o del Estado manteniendo algunas de sus condiciones de vida. Son sacrificables los viejos, las viejas, las mujeres, aquellos que están endeudados indefinidamente, la administración pública o los “kukas”. Cada vez hay más elementos sacrificables en una lógica de competencia sin límites, sin regulación.
La pregunta sobre cómo se puede pensar a una sociedad como la argentina, con una historia de solidaridad social y lucha, siendo complaciente con esta idea de sacrificio sólo se puede responder a través de la pandemia.
¿Por qué?
La pandemia impuso unas condiciones de "finalmente yo me debo salvar a mí mismo", que no hubieran podido darse en otra situación. Condiciones de aislamiento, de percepción de ser finalmente el que está a cargo de la lucha sobre sí. Una sensación de una sociedad que está en un estado de naturaleza, en una guerra social sin regulación. Y que, a diferencia de lo que suponía la teoría política clásica, que la guerra en algún momento debía terminar para dejar lugar a la convivencia social pacífica - no se plantea con una promesa de fin.
Es una especie ver cuánto soporta la sociedad argentina el experimento de estar a la intemperie.
¿Por qué planteás que las derechas lograron apropiarse del término libertad mientras que las izquierdas lo abandonaron?
Es una hipótesis de Wendy Brown que yo retomo en el libro, que las derechas se apropiaron del concepto de libertad en un sentido determinado. En detrimento de las izquierdas que, sobre todo a partir de la crisis del estado de bienestar, se tuvieron que poner en la posición de defender cierto estado de cosas. Sobre todo reivindicar las pocas cuestiones de seguridad social que quedaban en detrimento del riesgo, la libertad, el sálvese quien pueda. O la idea de libertad como autonomía individualizadora, que es una idea tan patriarcal también.
Entonces las izquierdas se pusieron del lado de la seguridad y dejaron un flanco muy grande con este concepto de libertad.
La pregunta sobre cómo una sociedad como la argentina está siendo complaciente con esta idea de sacrificio sólo se puede responder a través de la pandemia
Cecilia Abdo Férez
¿Y eso qué provoca?
La libertad convive en el imaginario político occidental con la idea de individuo de un modo muy positivo. Es una idea que no hay que regalar porque se puede leer de muchísimas maneras, no siempre de la manera que está jugando ahora, que es una idea profundamente conservadora. Las izquierdas muestran cierto bloqueo de cómo pensar un futuro. Un bloqueo de la imaginación política. Se vieron en esta situación de tener que defender derechos sociales en un contexto en el que efectivamente esos derechos se caían o se hacían cada vez más restringidos para las personas. Entonces debieron defender algo que sonaba a privilegio de quienes tenían empleos en blanco, registrados y que por lo tanto accedían. Eso desdibuja la idea de derecho social como algo universal. Y ese flanco es algo que todavía en algún sentido pagamos. Porque
dejar la libertad en manos de las derechas, dejar la imaginación política en manos de las derechas y dejar la imagen de futuro, implica una restricción muy grande de las posibilidades de acción política para las izquierdas.
Decís que hay una ruptura entre libertad y liberación. ¿Qué implicaría volver a unirlas hoy?
La liberación supone un proceso concreto de ir contra algo que sujeta, que interpone una servidumbre, un dominio. Entonces, la liberación es un proceso concreto respecto de algo. En ese sentido, lo que quiero decir es que la liberación supone un límite, una cuestión fija. Y el límite me parece que es lo que se desdibuja en una idea de libertad como absoluto. La idea de libertad como absoluto, como infinito, son ideas que finalmente se muerden la cola. Eso ya aparecía mucho en la teoría política: ideas que en su absoluto no aceptan ningún límite como algo que las satisfaga. En cambio,
la liberación vuelve a poner la idea “ir contra esto”, que es lo que genera una experiencia cotidiana de tanto malestar social. Creo que hay que volver a pensar en revalidar esa experiencia cotidiana social como social, no como individual.
¿Cómo sería?
Empezar a politizar y socializar estas experiencias de que no hay derecho al ocio, que no se puede pensar el futuro, llegar a fin de mes, tener pluriempleo, o estar endeudado indefinidamente. O sea,
politizar las experiencias como aquello respecto de lo cual hay que liberarse. Tenemos que plantear estrategias de cómo nos liberamos de esto que finalmente sujeta. Entonces, desdibujar la idea de absoluto de la libertad en función de una liberación de cuestiones que ya no son individuales sino que son sociales y que tienen causas muy específicas. Volver a pensar cómo revalidar la experiencia, la cotidianidad y que los problemas no son problemas individuales, sino que son problemas que describen un presente social y político determinado.